La Cosmogonía Visual y el Retorno de Mauricio Avayú
Hay una voz interna que guía la mano de Mauricio Avayú, un mandato que trasciende la técnica y se sumerge en las profundidades de la mística judía. Para este artista visual, cada lienzo es una exégesis, una forma de corregir errores históricos y una búsqueda incansable de la excelencia. "Donde la mano no trabaja con el alma en conjunto, no hay arte", suele decir citando a Da Vinci, pero en su caso, esa alma está impregnada de la sabiduría milenaria del Tanaj y la Cábala. Su vínculo con el arte sagrado comenzó mucho antes de los grandes formatos y las exposiciones internacionales, ya en el Instituto Hebreo, dibujó a Abraham destruyendo los ídolos de su padre, una imagen potente que terminó en el anuario escolar y que marcaría su primer contacto con el dibujo bíblico. Sin embargo, el camino hacia la consagración no fue lineal. Avayú se formó como diseñador industrial, una carrera que hoy se manifiesta en la lógica estructural de su obra. "Yo hago una armadura y tiene los pernos y los remaches en los lugares que tiene que estar", explica, subrayando que en su obra el realismo no es solamente visual, sino también conceptual y espiritual.El Rigor de la Línea y el Hemisferio DerechoLa verdadera transformación de Mauricio ocurrió bajo la tutela de Hernán Valdovinos, un maestro de disciplina extrema. Tras años de búsqueda, el encuentro se produjo de manera casi providencial en las afueras de Santiago. Valdovinos lo sometió a seis meses de tirar únicamente líneas rectas. "Lo que hace es que alineas tu mano perfecta con tu ojo", relata Mauricio, pero el trasfondo era mayor: se trataba de silenciar el hemisferio izquierdo —el del ego, el hambre y el miedo— para abrir el derecho, donde reside la intuición y la conexión con el alma. Este proceso dio paso a lo que él llama "errores divinos", uno de los conceptos más importantes dentro de su lenguaje artístico. En su obra sobre la Escalera de Jacob, actualmente en Taiwán, pintó el viento en direcciones opuestas entre el cielo y la tierra sin darse cuenta. Al percatarse, estuvo a punto de borrarlo, hasta que comprendió la profundidad del error: en los cielos la energía es puro Jésed (bondad, derecha), mientras que en el mundo material la energía fluye distinto. "Estaba perfecto. Si lo hubiera pensado, jamás se me hubiera ocurrido", confiesa, contando que su obra es a menudo una co-creación con una energía superior. Corrigiendo a los Gigantes: El Mural de la ToráLa ambición de Mauricio se cristalizó al observar las imprecisiones teológicas en las grandes obras del Renacimiento. Al ver la Capilla Sixtina, notó que Miguel Ángel, aunque genio de la anatomía, desconocía los detalles de la Torá. "Están cambiando la historia", pensó al ver representaciones que no se ajustaban al texto sagrado. Así nació su proyecto de vida: el Mural de la Torá, una obra monumental de 50 metros de largo. Cada uno de sus paneles responde a la proporción matemática de 2,5 por 1,5, basada en las medidas que, según la Torá, Dios entregó a Moshé para la construcción del Arca de la Alianza. Sus lienzos replican esta geometría sagrada, permitiendo que el espectador, al observar los 40 paneles, recorra los ciclos espirituales necesarios para recibir la revelación. Es un trabajo donde la libertad nace de la limitación: "Cuando tú tienes tantas limitaciones, es cuando más libre eres". Para pintar el árbol del conocimiento, por ejemplo, Avayú no apela a la fantasía, sino a los textos que sugieren que era una higuera, basándose en que Adán y Eva se cubrieron con sus hojas. Un Embajador del Arte Judío en el MundoDesde su galería en Aventura, Florida —una zona con una de las mayores concentraciones de vida judía fuera de Israel—, Mauricio ha llevado su mensaje a las más altas esferas. Sus obras han sido recibidas por líderes como Benjamín Netanyahu, Javier Milei, Michelle Bachelet, Vicente Fox; la Vicepresidencia de Taiwán, Hsiao Bi-khim; el Alcalde de Jerusalem, Moshe Lion; el ex Rabino en Jefe de Israel, Meir Lau y el animador chileno Mario Krrutzberger. El Papa Francisco, León XIV, al recibir una imagen de Abraham albergando a los ángeles, destacó la transparencia de los ojos, un detalle que el artista considera vital porque "es lo que le da vida a un cuadro". Pero más allá de los mandatarios, es el impacto en el espectador común lo que define su éxito. Mauricio recuerda a un prominente abogado chileno llorando frente a uno de sus cuadros, o a una familia en el Museo Rivera de México que se detuvo en silencio absoluto, conmovida por la conexión emocional de la obra. "El arte tiene esa capacidad que va más allá... te humaniza", reflexiona frente al avance de la inteligencia artificial. El Retorno al MercazEl próximo 30 de junio, el Mercaz del Círculo Israelita se convertirá en el epicentro de este reencuentro. Para Mauricio, este espacio representa su origen: él mismo diseñó la estructura que hoy permite exhibir arte en el Hall de las Sinagogas. En esta ocasión, traerá una propuesta variada que incluye Originales y "Prints" intervenidos: Reproducciones en tela sobre las que el artista vuelve a pintar para darles un carácter único. Impresiones en seda: Obras que adquieren un brillo y una intensidad de color excepcional, entregadas recientemente a alcaldes en Florida y Jerusalem. Esculturas de corazones: Piezas tridimensionales que incorporan el nombre de Shadai, funcionando como códigos de protección y guardianes de las puertas de Israel y, Simbología viva: El León de Judá y retratos como "El escriba a través del espejo", donde el espectador debe usar un reflejo para leer correctamente el texto, simbolizando la conexión entre el mundo material y el espiritual. La exposición no será solo una muestra pasiva. Mauricio estará presente para dialogar con los asistentes y revelar las múltiples capas de significado ocultas en cada composición. "Es una exposición de arte que se explica y se aprende mucho de Torá", afirma. Cada piedra en el piso de sus paisajes, cada dirección del viento y cada tono de color cuenta una historia de nuestra sabiduría. Es una invitación a buscar sentido en un mundo que a menudo parece haberlo perdido, un viaje desde el pincel de un hombre hacia el corazón de un pueblo. -------------------------------------El Escriba a Través del EspejoEn esta obra, Mauricio Avayú representa a un sofer escribiendo un Sefer Torá en el instante inicial del Bereshit. El personaje posee una inquietante particularidad: al caminar frente a la pintura, el escriba no solo sigue al espectador con la mirada, sino también con el movimiento completo de su cabeza, generando una presencia casi viva.El secreto espiritual de la obra se revela a través del espejo. El texto hebreo del Sefer Torá fue escrito deliberadamente al revés, de izquierda a derecha. Solo al reflejarlo puede leerse correctamente. En ese instante ocurre una transformación simbólica: el escriba, originalmente diestro, pasa a verse como zurdo. Para Avayú, esto representa la activación del hemisferio derecho, asociado a la intuición, las emociones y la dimensión espiritual del ser humano.La composición guarda además un detalle oculto: la pluma del escriba apunta exactamente hacia la palabra “Or”, que en hebreo significa “Luz”, aludiendo al primer acto de la creación y a la idea de que toda revelación espiritual comienza iluminando aquello que permanece oculto.Am Israel ChaiLa obra “Am Israel Chai” de Mauricio Avayú presenta al León de Yehudá emergiendo con fuerza y solemnidad desde una estructura de piedra ancestral, rodeado por el Shema Israel flotando a su alrededor como un campo espiritual de protección sobre el pueblo judío. El león representa a Yehudá, origen del nombre Yehudim, recordándonos que la identidad judía nace de esa tribu y de su conexión directa con la fuerza espiritual y la continuidad de Israel.En la parte superior de la obra aparece una secuencia aparentemente simple de ladrillos: cinco, cuatro y uno. Sin embargo, detrás de esta composición se esconde un complejo código místico. El número 541 corresponde a la gematría de la palabra Israel, situada justo debajo de los bloques. A su vez, el cinco representa la letra Hei, el cuatro representa la letra Dalet —Delet, “puerta” en hebreo— y el uno simboliza a Dios. La composición revela entonces una idea central: la Hei se transforma en la puerta hacia lo divino.La simbología se profundiza aún más al observar el nombre Yehudá. Si a Yehudá se le retira la letra Dalet, la “puerta”, permanece el Nombre Sagrado: Yud Kei Vav Kei. De este modo, la obra plantea que Yehudá contiene en sí mismo el acceso espiritual hacia Dios.Pero quizás uno de los secretos más ocultos de la pintura aparece cuando el espectador contempla la estructura completa: el marco de piedra y ladrillos que rodea al león forma discretamente la silueta de un ojo de cerradura. Entonces todo cobra sentido. El León de Yehudá no es solamente un símbolo de fuerza y supervivencia; es también la llave espiritual capaz de abrir la puerta hacia la luz, la identidad y la conexión divina.El Toro de JerusalemEl Toro simboliza el peso y la fuerza de las tradiciones del pueblo judío. Su armadura desgastada representa las innumerables batallas, persecuciones y desafíos que han debido superarse a lo largo de la historia, mientras que sobre ella se encuentra grabado el versículo del Salmo 137:«Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, que mi diestra pierda su destreza».Las piedras del suelo forman la secuencia 7-5-7-7, cuya suma es 26, el valor numérico del Nombre Divino, y las ocho piedras del Kotel que aparecen al fondo evocan la eternidad y la alianza inquebrantable entre Dios y Su pueblo.Más que un símbolo de poder, esta obra es un homenaje a la fe, la memoria, la resiliencia y la esperanza de un pueblo cuya historia continúa viva.