El eco de las voces: Poner palabras al horror
Hay acontecimientos que podemos contar.Podemos decir dónde ocurrieron, cuándo, quiénes estaban, qué pasó primero y qué pasó después. Podemos ordenar los hechos y construir un relato.Y hay experiencias frente a las cuales las palabras llegan tarde.Experiencias que, por su intensidad, no pueden ser inmediatamente inscriptas, ligadas, narradas, significadas.Y eso es, en parte, lo que llamamos el trauma.El trauma no es solamente aquello terrible que ocurrió. Es también aquello que, por su intensidad, no pudo ser inscripto, ligado, narrado, significado en el momento en que ocurrió.El 7 de octubre pertenece, para muchos, a ese territorio difícil de nombrar.Fue el horror. Fue una masacre. Fue ese día que quebró tantas vidas.Pero ¿cómo se cuenta algo que, para quienes lo vivieron, desbordó las posibilidades habituales de comprender y de significar?Esta pregunta estuvo muy presente en la conmemoración que realizamos en el Instituto Hebreo a propósito del tercer aniversario del 7 de octubre. Y estuvo acompañada por un libro que acaba de llegar a nuestra comunidad: Un día en Octubre. 40 héroes. 40 historias de Yair Agmon y Orya Mevorach.El libro reúne cuarenta testimonios de personas que vivieron en primera persona aquel día. Cuarenta relatos. Cuarenta voces. Cuarenta historias de personas que, en medio del horror, tuvieron que decidir, actuar, cuidar, proteger, resistir, sobrevivir.Cuarenta testimonios de héroes por un día.Y quizás no sea casual que un libro de testimonios haya sido el eje de nuestra conmemoración.Porque Un día en Octubre no pretende explicar el 7 de octubre. No intenta encontrar una explicación para aquello que, en muchos sentidos, todavía resulta inexplicable.Nos propone algo diferente.Nos invita a preguntarnos qué hacemos los seres humanos cuando algo irrumpe de tal manera en nuestras vidas que rompe nuestras posibilidades habituales de darle sentido.¿Qué hacemos cuando las palabras no alcanzan?Cuando aquello que ocurrió es demasiado grande, demasiado violento, demasiado inesperado para poder ser inmediatamente comprendido, narrado, elaborado.Cuando algo puede ser narrado, podemos empezar a construir una representación de ello.Esto ocurrió.Fue en tal lugar.A tal hora.Yo estaba allí.Después pasó esto.Luego aquello.El relato empieza, de alguna manera, a poner cierta distancia entre nosotros y el acontecimiento.Pero hay experiencias frente a las cuales las palabras llegan tarde.Y entonces puede aparecer el cuerpo, que recuerda antes que la conciencia.Una imagen vuelve.Un sonido.Un olor.Una escena.Un miedo que aparece sin que sepamos por qué.Una pesadilla.Un ataque de pánico.Una reacción del cuerpo.Una imposibilidad de hacer algo que antes era cotidiano.Porque aquello que no pudo ser elaborado puede aparecer de otra manera: como repetición.Hay una idea del psicoanálisis que resulta especialmente signifi cativa para pensar esto: recordar, repetir y reelaborar.Aquello que no puede ser recordado y pensado puede, muchas veces, aparecer como repetición.Y elaborar no signifi ca simplemente recordar para dejar atrás.No se trata de olvidar.Se trata de poder recordar sin quedar nuevamente atrapados dentro de aquello que se recuerda.Quizás allí Un día en Octubre adquiere, para mí, un signifi cado todavía más profundo.Los cuarenta testimonios de este libro son, de alguna manera, cuarenta intentos de poner palabras donde hubo horror.No porque las palabras alcancen para explicar lo sucedido. Probablemente nunca alcancen.Sino porque narrar es una de las formas que tenemos los seres humanos de empezar a darle una forma a aquello que, cuando ocurrió, no tenía forma.Cada testimonio intenta hacer algo con lo vivido.Y lo hace de una manera singular.Gali Eilon cuenta: “Intenté ayudar todo lo que pude”. Una historia atravesada por la necesidad de actuar frente al otro cuando todo alrededor se desmorona.Tali Hadad nos acerca al poder de la maternidad, a ese vínculo primario que puede convertirse en fuerza y refugio incluso en las circunstancias más extremas.Michaela Koretzki afi rma: “Mi propósito es traer vida al mundo”. Una frase que adquiere una enorme potencia cuando es pronunciada en medio de la muerte y la destrucción.Shlomo Ron nos ofrece algo diferente: “El exacto opuesto de todas esas historias de héroes”. Una historia de miedo, de fragilidad, de límites, de impotencia. Y quizás también una historia necesaria, porque no todos pudieron ser héroes. No todos pudieron actuar. No todos pudieron salvar. Ser humano también es tener miedo, quedar paralizado, no saber qué hacer.Netta Epstein nos trae una historia de amor: “¿Quién se enamora en la primera cita?”. Porque detrás de cada persona asesinada había una vida, vínculos, proyectos, conversaciones, amores. Personas que amaban y eran amadas.Yadin Gellman cuenta “Dos cosas me mantuvieron con vida”, una historia que nos lleva a preguntarnos qué puede sostener a una persona cuando todo parece perdido.Y Emily y Thomas Hand nos conmueven con “Gracias, papi, por estar vivo”: el reencuentro de un padre y su hija después del horror, y con él, la posibilidad de que la vida vuelva a abrirse paso.Siete historias.Siete vidas.Siete maneras diferentes de atravesar aquel día.No siete explicaciones.No siete respuestas.Siete voces.Y hay algo que me conmueve especialmente de la decisión de llevar estas historias a través de las voces de nuestros estudiantes: ellos no vienen a hablar en nombre de quienes las vivieron.Vienen a prestar su voz.A acompañar esas historias.A hacerlas circular.A impedir que el silencio sea la única respuesta posible frente al horror.Y aquí aparece algo profundamente arraigado en nuestra tradición judía: la construcción de comunidad, la memoria colectiva.Nuestra historia está construida alrededor de relatos que contamos una y otra vez. Relatos que pasan de una generación a otra. Relatos que no contamos solamente para recordar qué ocurrió, sino para transmitir quiénes somos.Recordamos para no olvidar.Recordamos para transmitir.Para enseñar.Para cuidar.Para hacer presente a quien ya no está.Y nuestro pueblo también sabe acerca de la elaboración colectiva.El duelo se acompaña.Decimos los nombres.Contamos las historias.Nos hacemos presentes.Por eso, tres años después del 7 de octubre, creo que nuestra tarea no es solamente recordar lo ocurrido.Es también preguntarnos qué hacemos con esa memoria.Cómo la transmitimos a nuestros niños y jóvenes.Cómo logramos que recordar no sea quedar atrapados en el horror, sino construir una memoria que permita reconocer el dolor, honrar a quienes ya no están, acompañar a quienes sobrevivieron y sostener la vida.No podremos encontrar palabras capaces de explicar todo lo que ocurrió aquel 7 de octubre.Quizás algunas cosas permanezcan para siempre más allá de nuestras posibilidades de comprensión.Pero sí podemos hacer algo.Podemos escuchar.Podemos recordar.Podemos acompañar.Podemos cuidar las historias de quienes todavía están intentando encontrar una manera de vivir con aquello que les ocurrió.Podemos hacer que sus voces circulen.Y podemos hacerlo juntos.Porque quizás elaborar el trauma no sea solamente encontrar palabras para aquello que nos pasó.Quizás sea también encontrar a otros con quienes podamos sostener esas palabras.Y tal vez eso sea lo que una comunidad puede ofrecer cuando el horror irrumpe:Un lugar donde la historia pueda ser contada.Un lugar donde la memoria pueda ser sostenida.Un lugar donde el dolor no tenga que ser llevado en soledad.Porque las alegrías se viven en colectivo.Y las tristezas también se elaboran en colectivo.Así construimos comunidad.Así sostenemos nuestra memoria.Así, como pueblo judío, seguimos contando nuestras historias.Y mientras podamos seguir poniéndoles palabras, sus historias seguirán viviendo.