Por Rabino Ariel Sigal:

Vas bien, ¡fracasado!

Maimónides s.XII, en su introducción a Pirkei Avot, sostendría que aquel que se equivoca tiene la verdadera posibilidad de mejorarse y entender de sus decisiones. Solo aquel que erra, entiende que su camino de ascenso hacia la profecía es real y el contacto con lo divino más cercano. En esta línea, el talmud en M. Guitin 43a argumenta que no aprende el ser humano enseñanzas de Torá si no fracasa. En los Tehilim, ese camino defectuoso se hace presente: “Cuarenta años estuve disgustado con la nación, Y dije: Pueblo que divaga de corazón, y no han conocido mis caminos. Por eso, juré en mi indignación no entrarían en mi reposo” 95:10-11.

La sentencia no es determinante sino condicionada. En esa condición, aparece la libertad para elegir. La herencia del libre albedrío, inquiere el yerro como posibilidad superadora. El tamaño del desacierto es la medida exacta del encuentro con La Verdad. Y por ello, el profeta lo expresa: “me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada” Irmihau 2:2. En tiempos de inmoralidad, Jeremías reconoce la destrucción final de Iehuda por los babilonios. Pero al mismo tiempo, recuerda románticamente el compromiso del pueblo en el desierto.

El profeta analiza el desierto como un tiempo de amor. Pero el Rey David, en los salmos, como una manifestación de disgusto. Así, el fracaso se vuelve relativo porque siempre necesito un punto de comparación. El fracaso es producto de una lectura, y por ello, siempre estará condicionada. Enfatiza el Talmud, “en el camino que una persona quiera ir, será guiado” Makot 10b. La gravedad no está en la caída, sino en No levantarse. Ser imbatible es transitar por el camino equivocado. La oda de la generación del desierto son sus desaciertos en pos de sus intentos. Y su éxito en llegar a la Tierra Prometida no fue un logro, sino sólo un camino.

Por Rabino Ariel Sigal.