Por Sally Bendersky

¿Valora usted de igual manera lo masculino y lo femenino?

Hace un tiempo atrás, en una reunión de directorio de una fundación de profesionales a la que pertenezco, su presidente propuso nombres para integrar nueve comisiones cuyo objetivo sería el de proponer candidatos a recibir premios por distintos logros y méritos. El directorio está compuesto por treinta miembros, de los cuales tres son mujeres. La propuesta del presidente incluyó a las tres como únicas integrantes de la comisión para buscar candidata a un premio que se otorga exclusivamente a mujeres. Las otras ocho comisiones estarían integradas sólo por hombres. Inmediatamente me surgió el pensamiento de que probablemente, como todos los años anteriores, el único premio que tendría una ganadora mujer sería aquel creado con el fin de otorgarlo a una mujer. Y como si eso fuera poco, serían sólo mujeres las que la elegirían.

No pude evitar que mi cuerpo sintiese una sensación de agobio que se ha repetido muchas veces durante mi vida profesional y que surge cuando me siento objeto, no sujeto, de discriminación. En ese instante, observé cómo se levantaba mi brazo para indicar que quería solicitar la palabra. Fue concedida. Me escuché diciendo que la distribución propuesta para las distintas comisiones mantendría a las mujeres entre ellas, es decir, entre nosotras, separadas del resto en razón del género, y alejando la posibilidad de integrarnos como cualquier miembro en las actividades del directorio. Dije, también, que agradecía el hecho de haber sido incluida y que en razón de lo expuesto consideraba como deber renunciar a mi participación, siempre y cuando yo fuese reemplazada por un varón.

Se produjo un corto silencio que sentí largo. Las otras dos mujeres que había en la sala no se pronunciaron. Finalmente, el presidente del directorio esbozó una sonrisa, puso cara de asombro y dijo:

-¡Yo estaba seguro de que ustedes tres estarían felices con esto!

De nuevo se produjo un silencio algo embarazoso para mí, puesto que la reacción general a este incidente fue sólo este silencio. A continuación el presidente propuso a una persona que había pertenecido a la misma comisión el año pasado. Él aceptó, el resto de los presentes asintió con la cabeza y la sesión prosiguió normalmente, como si nada hubiese sucedido.

Al término de la reunión me acerqué al presidente del directorio para ofrecerle mis disculpas en caso de que haya pensado que fui algo ruda. Sonrió abiertamente esta vez y me dijo:

-¡Por el contrario! Yo te agradezco que me hayas mostrado algo que nunca hubiese visto por mí mismo. Siempre hay algo que aprender.

No he comentado este episodio con las otras dos mujeres, aunque tengo el propósito de hacerlo. Según lo que vi, ellas parecían estar tan sorprendidas como el presidente del directorio cuando hablé frente a todos.

¿Por qué he querido contar este pequeño incidente?

La razón es que estamos condicionados de tal manera que no nos damos cuenta de hasta qué punto nos parece natural establecer diferencias de roles entre hombres y mujeres en todos los espacios donde participamos, ya sea en el área familiar, laboral, social o político. Al establecer esas diferencias, se hace inevitable jerarquizar el valor del aporte posible. Cuando las mujeres “hacen cosas de mujeres” en esos espacios, es muy fácil llegar a observar la valoración inferior que tiene el trabajo femenino, incluso para las propias mujeres. Yo llegué a pensar que si se instituyese la participación sólo de mujeres en el comité de búsqueda de la mujer a ser premiada, dentro de algunos años este premio se vería absolutamente desprestigiado.

La inexistencia de mujeres en el resto de los comités explica, al menos en parte, que jamás se haya concedido premio alguno distinto del específico para mujeres, a una mujer.

Yo misma he calificado de “pequeño” el incidente relatado. Sin embargo, me parece necesario esclarecer cada instancia de discriminación, por pequeña que ésta sea, ya que, como vemos, si no ponemos atención, nos seguirá cayendo el peso de la brecha de género.

Estamos aún lejos de un cambio cultural que modifique la forma de percibir lo femenino y masculino, reconociendo el valor igualitario de la diversidad entre ambos, tanto en hombres como en mujeres. En algunos casos, existe un rechazo abierto al cambio y en la mayoría, se trata, simplemente, de una ceguera provocada por la habitualidad de nuestra socialización temprana.

Sin embargo, el mundo requiere de la participación activa de todos sus habitantes y no sólo de la mitad. Esta es una necesidad del presente, no sólo del futuro. Es por eso que parece tan necesario afinar la atención, parar la discriminación de género, educar y educarse, e integrar en nuestro quehacer las fortalezas de lo femenino y lo masculino; lo mejor de la mujer y del hombre.