Por Gachi Waingortin:

Vacunar a nuestros niños, ¿una obligación religiosa?

Frente a la tendencia global de padres que se niegan a vacunar a sus hijos, ¿cuál es la posición halájica del judaísmo? El rabino Joseph H. Prouser presentó en 2005 una responsa que analiza este sensible tema. Comienza indicando que Proverbios 23: 12 aconseja a los padres “dedicar su corazón a la instrucción, sus oídos a las palabras de conocimiento”. Ibn Ezra y Ralbag deducen que este versículo exige a los padres cuidar a sus hijos espiritual y físicamente, estableciendo la obligación de circuncidarlo, enseñarle Torá, casarlo y enseñarle un oficio. Algunos agregan enseñarle a nadar, para que no muera en un eventual naufragio. Esto implica darle herramientas para su sustento físico y espiritual y protegerlo, en la medida de lo posible, del peligro. En este sentido, la vacunación es un eficiente método de prevención de enfermedades infecciosas. Los planes nacionales de vacunación inmunizan a los niños de hasta dos años contra unas 12 enfermedades infecciosas potencialmente mortales, entre ellas difteria, tétanos, tos ferina, poliomielitis, paperas, rubeola y hepatitis B. Debido a su éxito en erradicar la viruela y reducir drásticamente la incidencia de otras enfermedades como sarampión, difteria, paperas y polio, las prácticas de vacunación están consideradas entre los diez mejores logros de salud pública.

La vacunación obligatoria pasa a ser un principio fundamental del pacto social entre un país y sus ciudadanos de que todos aportarán al bien común, la protección, la seguridad, la prosperidad y la felicidad de las personas. El impacto de las inmunizaciones obligatorias en la salud pública ha sido profundo. Además de la erradicación del sarampión, varicela y viruela, no se informó polio en los Estados Unidos durante 25 años. Este notable récord de prevención permaneció intacto hasta 2005, cuando se diagnosticaron cuatro casos producidos dentro de la comunidad Amish, quienes se niegan a inmunizarse por motivos religiosos.

La creciente negativa de grupos de padres de vacunar a sus hijos ha hecho recrudecer enfermedades como la varicela, tos ferina o polio. Margaret Cortese, epidemióloga médica del Programa Nacional de Inmunización de EEUU, discute el peligro inminente de la disminución en la vacunación: “El grupo de personas susceptibles se ha acumulado de manera que solo se necesita un enfermo para comenzar un brote grave”. En el clima epidemiológico actual, la inmunización oportuna de bebés y niños es crítica. “Retrasar las inoculaciones incluso por una o dos veces puede hacer que los niños sean más vulnerables”. Los beneficios y objetivos de la inmunización trascienden la protección individual. Cada persona inmunizada contribuye al logro de la inmunidad colectiva, capaz de romper la cadena de transmisión de una enfermedad infecciosa. Negarse a inmunizar amenaza los beneficios de la inmunidad colectiva, faltando a la responsabilidad por la salud y seguridad de otros.

Una razón que esgrimen los padres para no vacunar a sus hijos es la asociación del Timerosal con problemas de autismo. Como las vacunas programadas se administran en el mismo período de la aparición de los primeros síntomas, muchos padres de niños vacunados ven una relación de causa efecto. Pero investigaciones rigurosas no hallaron evidencia científica de correlación entre ambos hechos. Otro motivo es la objeción religiosa, la cual plantea que toda intervención médica interfiere con la Providencia. La idea es compartida por comunidades fundamentalistas cristianas, musulmanas y judías por igual.

La objeción a toda intervención médica como obstrucción a la Providencia es ajena a la ley y la tradición judías (médicos famosos como el mismo Rambam lo atestiguan). Midrash Shmuel 4:1 relata un encuentro de rabí Akiva y rabí Ishmael con un agricultor que cuestionó el tratamiento médico como una transgresión a la voluntad divina. Basándose en el salmo 103:15 (“Los días del Hombre son como la hierba”) le responden que si una planta no es fertilizada y regada finalmente muere; el cuerpo es como la planta: el fertilizante es la medicina y el granjero es el médico. Encontramos ideas semejantes que refuerzan la obligación de prevenir riesgos a la salud, en Jovot Halevavot (Bajia ibn Pakuda, siglo XI), en el Shulján Aruj, Mishné Torá de Maimónides, Mishnah Berurah, entre otros. En cuanto a la kashrut de los ingredientes (muchas vacunas se confeccionan a base de hígado de cerdo o células humanas) esto no afecta la permisibilidad de ninguna medicación debido a Pikúaj Nefesh: la salvación de la vida anula todas las mitzvot.

El rabino Prouser cierra su responsa estableciendo que la preservación de la vida y la salud es una obligación primordial de la ley y la tradición judías, que prevalece sobre cualquier otro interés u obligaciones en conflicto. Estamos obligados no solo a preservar nuestra propia salud, sino a intervenir para salvar vidas cuando están en peligro (Entre muchas otras fuentes, leemos en Levítico 19:16 “No permanezcas impasible ante la sangre de tu hermano”). Tenemos la obligación adicional de identificar los riesgos previsibles para la salud pública y actuar eficazmente para eliminarlos. Los padres tienen un deber religioso y moral primario de proteger a sus hijos de la enfermedad y el peligro con los medios más efectivos y apropiados a su disposición. Las enfermedades infecciosas de la infancia, y los portadores potenciales de dichas enfermedades, representan un peligro que pone en riesgo la vida, amenazando a innumerables víctimas potenciales. En palabras del rabino Elliot Dorff, la obligación parental de asegurar la inmunización de los niños contra las enfermedades infecciosas es inequívoca: “Sería una violación de la ley judía que un judío se rehúse a ser inoculado, menos cuando la inoculación tiene un historial comprobado de eficacia. Tenemos el deber positivo, la mitzvá, de vacunarnos y vacunar a nuestros niños contra enfermedades siempre que la medida preventiva sea segura y esté disponible”.

Por Gachi Waingortin.