Por Rabino Ariel Sigal

Una Vaca mágica

La vaca roja es el más misterioso de todos los mandamientos. Esta práctica debe suscitarse en el campo. Y si bien es incomprensible el ritual en sí mismo desde su visión racional, más difícil lo torna que sea una práctica fuera del servicio sagrado del Tabernáculo. “Y aquél se purificará a sí mismo de su inmundicia con el agua al tercer día y al séptimo día, y entonces quedará limpio; pero si no se purifica a sí mismo al tercer día y al séptimo día, no quedará limpio” Bamidvar 19:12.

El Midrash Pesikta Rabati 14 plantea que hay algo absurdo en este ritual. Allí, un no judío le exclama a Rabí Iojanán ben Zacái que el rito de “pará adumá” –vaca roja- se asemeja “maasé keshafím” – actos de magia: traen una vaca, la queman, la convierten en ceniza. A una persona impurificada por contacto con un muerto le vierten dos tercios de agua con cenizas y le dicen: ¡Eres puro!

Desde la lógica un animal muerto no podría purificar. Una persona impura por contacto con muerte no debería sumar más impureza con los restos de un animal, si su aspiración es recuperar la pureza. Pero esta lógica contradice los Jukim, aquellas mitzvot que no tienen explicación racional.

Lo que aprendemos es que ni el muerto impurifica ni la vaca purifica. “¿Quién puede sacar algo puro de lo impuro? ¿Acaso no es Él, el Único?” – Iov 14:4. Más bien el ritual es quien ordena para hablar de limitaciones, disciplina y comprender responsabilidades en las deliberaciones. No sabemos los fundamentos finales, pero sí las intervenciones. La vista exterior lo asemeja a un ritual de magia, la mirada interna debe llevarnos a consolidar fundamentos. Esa vaca roja que no se entiende, es la aspiración de los tiempos mesiánicos. Aquello que se le atribuye a la magia y a la ruptura de la misma razón, es lo develado en los tiempos futuros.

Por Rabino Ariel Sigal