Por Robert Funk:

Una dosis de realismo sobre Jerusalén

La declaración del presidente de los Estados Unidos reconociendo a Jerusalén como capital de Israel, y anunciando que la embajada de ese país se trasladará, no ha dejado a nadie indiferente. En el espectro de reacciones se encuentra, por un lado, Bibi Netanyahu, quien se desdobló por agradecer a su amigo Trump, llamando la decisión ‘un momento primordial en la historia del sionismo’, y por el otro, Heraldo Muñoz, Canciller de Chile, que usó el anuncio desde Washington para hablar de ‘la ocupación ilegal de Israel’.

Ninguno de los dos extremos le hace bien a Israel ni a la posibilidad de llegar a una resolución al conflicto entre Israel y sus vecinos. Para ello, conviene una dosis de realismo.

Una actitud realista hacia el estatus de Jerusalén empezaría al comienzo. Demás esta, en este espacio, repasar la historia de la ciudad. Existe amplia evidencia arqueológica e histórica que revela la milenaria presencia judía en Jerusalén, y el uso de la ciudad como capital, no solamente desde 1948 sino que durante siglos previos al exilio de 70 AD. Todos los imperios que gobernaron el territorio, con la excepción de unos períodos romanos (y especialmente después de la destrucción de Jerusalén en el año 70) usaron Jerusalén como centro administrativo y político. El más reciente fue Gran Bretaña, que le entregó la responsabilidad a la ONU, la que a la vez, en noviembre de 1947, votó por la partición del territorio en uno judío y uno árabe (Chile fue de los pocos países que se abstuvieron).

Esa resolución, la 181, aceptada por Israel y rechazada por todos los países árabes, designaba a Jerusalén como ciudad compartida con status internacional (En las negociaciones en Taba en el año 2000, Israel aceptó el control compartido de Jerusalén. Arafat al final no estuvo dispuesto a firmar el acuerdo.) Entre el 48 y el 67Jordania ocupa Jerusalén, destruye sitios judíos, e impide el acceso a los lugares sagrados incluyendo el Muro de los Lamentos.

Es solo después de 1967 que la capital logra operar completamente desde Jerusalén, pues luego del triunfo en la Guerra de los Seis Días se quiebra el estado de sitio que los jordanos habían mantenido. La anexión israelí de Jerusalén se hace en el contexto de la experiencia de los 19 años anteriores; no se confiaba en la posibilidad de una ciudad compartida. Se abren los espacios religiosos a todos, condición que se mantiene hasta la fecha.

Existe, sin duda, una serie de resoluciones de la ONU criticando la anexión de Jerusalén y la expansión urbana sobre territorio ocupado. Pero la postura de la comunidad internacional y las Naciones Unidas se verían muy fortalecidas si junto con esa legítima preocupación por el destino de las comunidades árabes, árabes israelíes y palestinos, expresaran también, con la misma vehemencia y frecuencia, preocupación por la situación de árabes sirios, iraquíes, yemenitas, y muchos otros siendo masacrados por sus propios gobiernos. Según UNWatch, solamente en su sesión actual, la Asamblea General de las Naciones Unidas ha visto 20 resoluciones criticando a Israel, y 6 criticando a algún otro país. Visto de esta manera la ONU estaría contraviniendo los principios de igualdad de trato contenidos en el Artículo 7 de su propia Declaración Universal de Derechos Humanos.

La ansiedad de la comunidad internacional también sería mucho más creíble si no cayera en la limpieza étnica de la historia, como lo intentó hacer la UNESCO, o como actualmente lo está haciendo el gobierno alemán que ha sugerido ante la posibilidad de que viajen a una exposición en Alemania, que los rollos del Mar Muerto podrían ser considerados como propiedad palestina. La realidad, entonces, es que mientras todos los países deben cumplir con sus deberes bajo el derecho internacional, Israel tiene motivos para sospechar de un trato discriminatorio.

Una segunda dosis de realismo surge de un repaso de la historia más reciente. Llama la atención la poca originalidad de los argumentos usados tanto por amigos como críticos de Israel. Pero el realismo nos insta a reconocer que el mundo de hoy es muy distinto al del 48 o del 67, y el Medio Oriente es casi irreconocible, política y socialmente. Es de esperar que la evolución de la región tendría un impacto en el conflicto. Y así ha sido.

Por un lado Israel se encuentra más poderoso que nunca, no solamente por razones militares sino económicas. Su PIB per cápita llega a casi $40,000, el doble de lo que fue en el 2000. En materia de investigación y desarrollo lidera el mundo. El país que hace un cuarto de siglo se mantenía económica aislada del mundo hoy tiene un comercio integrado con las principales economías. Turquía, cuyo presidente no pierde la oportunidad de criticar las acciones políticas israelíes, importa casi mil millones de dólares de productos de Israel.

Los intereses comerciales coinciden con cambios políticos en la región, de manera que los Emiratos Unidos Árabes y Arabia Saudita se acercan cada vez más. Si bien no existen relaciones diplomáticas, Israel abrió una representación frente la Agencia Internacional de Energías Renovables en Abu Dhabi, y las fueras aéreas de ambos países incluso han colaborado durante ejercicios militares en EEUU y en Grecia, acercamiento que tiene nombre y apellido: Irán.

En la medida que el gran conflicto regional sea cada vez más uno entre sunitas y chiitas, a través de los dos estados que más representan estas dos ramas del islam, Arabia Saudita e Irán, el conflicto entre Israel y sus vecinos se hace cada vez menos relevante. De hecho, el singular poder militar de Israel para enfrentar la amenaza iraní ha reorientado el antagonismo histórico de los países árabes que se ven amenazados por Irán. Y lamentablemente los palestinos, especialmente a través de sus representantes en Gaza, se han alineado con Irán.

La realidad es que el nuevo escenario en el Medio Oriente ha significado que el boicot económico y político de Israel, que se empezó a desmoronar luego de la firma del tratado de paz con Egipto, siga perdiendo vigencia. Queda, o quedaba, el boicot de Jerusalén como capital (boicot a medias, porque Canadá, España, Gran Bretaña y Turquía, entre otros, han ubicado representaciones en Jerusalén…. pero son representaciones ante la Autoridad Palestina, lo que no parece causar ninguna objeción a nivel internacional).

Pero aún ahí, no todo es lo que parece. Donald Trump no es el primer presidente norteamericano en reconocer a Jerusalén como capital. Obama, Clinton y muchos otros lo han hecho. Trump tampoco se alejó de la ya tradicional insistencia en que Israel y los palestinos deben negociar las futuras fronteras de sus dos estados, incluyendo la forma en que divide su capital. “No estamos tomando posición sobre temas de estatus final, incluyendo las fronteras específicas de la soberanía israelí sobre Jerusalén,” dijo el presidente. Para Trump, Jerusalén no es indivisible.
Tal como Trump ha reconocido la nueva realidad de la región y la realidad de una capital que ha funcionado como tal durante sesenta y ocho años, el presidente debiera reconocer otra realidad: Su anuncio tiene consecuencias.

Que la comunidad internacional considere que EEUU esté tomando partido debilita su rol como facilitador en un (eventual) proceso de paz. Esto, a la larga, no le conviene ni a EEUU ni a Israel. Claro está, además, que lo que motiva al gobierno actual norteamericano a tomar la decisión tiene poco que ver con las preocupaciones de Israel y todo que ver con su política doméstica; la necesidad de mantener el apoyo evangélico, sus problemas con la investigación de Robert Mueller, y el desprecio que su base electoral le tiene al mundo musulmán.

Tampoco queda claro, si es que el enemigo común es Irán, que el debilitamiento de Fatah y Abu Mazen, y consecuente fortalecimiento de Hamas, sea una estrategia muy bien pensada. Llama la atención que desde Gaza la reacción hasta el momento haya sido tan tranquila, pero algunos observadores han sostenido que Hamas está esperando que Cisjordania explote por cuenta propia.
Ser realista implica no sobrereaccionar ni dejarse llevar con amenazas, no entusiasmarse con simbolismos y palabras, y tampoco taparse los ojos frente las posibles consecuencias de las acciones. En los últimos días, lamentablemente, ni los gobiernos, ni la prensa, ni los actores involucrados parecen estar dispuestos a albergar una sana dosis de realismo.

Por Robert Funk.