Del libro “Napoleón en Vilna y otros cuentos judíos”:

Un paseo por Vitacura

La otra noche tenía una “maise”(1) atravesada y no la podía enhebrar. Salí a caminar después de comida. Alguna vez hacerlo es sano. Mi señora tenía sueño y no me acompañó. Debo estar muy viejo, porque es takeh(2) celosa y no se opuso.

Lo primero, llegando a Vitacura desde Paul Claudel, es agarrarme ese trauma que me persigue desde la niñez.

En 1922 mis padres consiguieron tres de las últimas visas a Estados Unidos ya que el Congreso de ese país había aprobado una ley antiinmigratoria, especialmente limitando la entrada de judíos pero, como siempre, disfrazándolo. Estableció pequeñas cuotas para Rusia, Rumania, Polonia, Hungría y países bálticos, donde había gran población israelita y altas cuotas para Gran Bretaña, Canadá, Australia, etc.

El último trámite era la revisión médica en el consulado norteamericano en Vilna. Allí descubrieron que yo, un bebé de seis meses, sufría de tracoma, una enfermedad infecciosa ocular que era frecuente entre los niños pobres, también entre los judíos. Por mi culpa mis padres no pudieron viajar a Estados Unidos, porque cuando mis ojos sanaron las visas estaban vencidas y no las renovaron por la ley maldita. Tal vez mi padre habría llegado a ser un gran escritor o periodista. Todo por “mi culpa”.

En 1933, durante la persecución nazi hasta el Holocausto, repitieron esta desgracia. ¿Se imaginan a Estados Unidos con cinco millones de judíos más? Jamás Japón los habría sobrepasado, perdonen la modestia. ¡Qué inmigración de lujo se perdieron! Como Elohim es tardo en la ira, miren “iene” (3) de inmigrantes ilegales que llegan ahora…

Para huir de estos malos pensamientos, cambio totalmente el ejercicio mental. Estoy obsesionado por el año el 2020. Pienso en quienes serán en ese año los siete grandes en potencia económica. Ustedes saben que hoy los siete más fuertes son Estados Unidos, Japón, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia y Canadá, en orden de importancia. Un país oriental, dos norteamericanos y cuatro europeos.

Como para el año 2020 seguramente no estaré vivo, le lego a mis nietos la siguiente profecía: Primero China. No tengo dudas al respecto. Son mil quinientos millones (o más en el 2020) ansiosos de consumir. Son trabajadores y muy hábiles empresarios, si tienen la oportunidad. Un ejemplo: en Indonesia son el 4% de la población y se llevan el 60% de la torta económica. El único vicio que tienen es que son jugadores compulsivos. Pero eso los hace ser más arriesgados.

El segundo país será Estados Unidos, porque la libertad individual de la que gozan, les permite a los más hábiles ser muy ingeniosos. El tercero será Japón, sin comentarios; lo mismo para el cuarto, Alemania unificada.

Quinto, creo que estará el resto de los 16 países de la Comunidad Europea. Ahora viene lo más arriesgado: sexto Corea, unificada o no y por último Indonesia con su sufrida población que alcanzaría en el 2020 a unos trescientos millones de habitantes. En el séptimo lugar he pensado también en India y Brasil, pero apuesto a Indonesia, porque sus ciudadanos están acostumbrados al autoritarismo.

Después, mientras camino, pienso en los políticos. El menor de los males Como decía Abba Eban, “las decisiones las toman por intereses nacionales o políticos y después las traducen al altruísmo”.

Voy llegando a Los Acantos cuando se aparece, detrás mío, un joven bien vestido y me grita:

Don Beny, don Beny.

¿De dónde conoce mi nombre?

Es que leo sus cuentos en La Palabra Israelita. Además está tan metido en la “chuchoca” comunitaria, que todos lo conocen.

Yo, en cambio, no sabía quién era. Parecía menor de cuarenta años. Me mira enojado y me dice:

No quiero ser judío, el asunto me tiene enfermo.

Bueno -le contesto- ahora que vivimos en democracia, usted es libre de hacer lo que quiera.

Se pone furioso. Me agarra de las solapas y exclama:

-Soy chileno, pago mis impuestos, soy bombero y voto por Renovación Nacional.
Me parece bien -le digo-.

-Tengo en mis venas sangre aramea, de Babilonia, de Asiria, de Egipto, griega, mora, tártara, española, polaca y rusa -me responde en forma ácida-. No sé una palabra de hebreo y tal vez tres palabras en idish. Hablo castellano con un acento “pituco” que ya se lo quisieran los Errázuriz. Escucho a Beethoven, Bach y Mozart. Mi casa es tan buena como la de cualquier gentil, manejo un Mercedes y juego al bridge.

-Conforme -le dije.

-No creo en Dios ni en la Biblia. Menos en los diez mandamientos. Como ostras, jamón con huevos y no como más langostas porque están muy caras. No respeto el shabat ni voy al templo. En resumen soy un agnóstico. Soy un hombre moderno -termina con saliva apareciendo en sus labios-.

-¿Qué quiere que le diga?

-Soy vicepresidente de un banco goy, mis socios son gentiles. Soy miembro del Club de la Unión, del Rotary, del Club de Golf Los Leones. Mi mujer es cristiana, mis hijos son rubios, ojos azules y narices rectas. Mi hija estudia en las monjas francesas, mi hijo en el Santiago College. Soy masón. No quiero ser judío y asunto terminado.

-Conforme —le digo.

Estamos llegando a Alonso de Córdova y el hombre está cada vez más furioso.

-¿Quién es usted para decirme lo que soy? Si quisiera podría ser tan buen judío como usted.

Asustado, le digo:

-Okey.

Empiezo a correr hacia Las Nieves. Oigo un fuerte ruido y observo una nube, o tal vez humo, pero no veo a nadie junto a mí o a mi alrededor. La avenida está vacía. Parece que el individuo hubiera hecho explosión de rabia, con sus ojos desorbitados.

Miro el reloj. Van a ser las once. Regreso a mi departamento mirando las estrellas, ya que no hay smog.

1) Historia, cuento.
2) Verdaderamente.
3) El tipo.

Por Benny Pilowsky Roffe.