Daniel Libeskind:

Un arquitecto para la memoria

Los primeros días de noviembre, en el marco de un congreso de arquitectura, visitó Chile el arquitecto Daniel Libeskind, autor del Museo Judío de Berlín y del Plan Maestro “Zona O” de Manhattan, entre otras obras que rescatan la memoria. Libeskind plantea cómo dar respuesta a la imposibilidad de relatar el horror.

Nadie puede describir lo que en verdad significa vivir “el frío” ante la muerte y el invierno en las mazmorras de Auschwitz. Tampoco se podría narrar la sensación del polvo y ruido que acompañó al derrumbe que cubrió las calles de Manhattan una mañana de septiembre. Ese frío y esa polvareda no tienen posibilidad de ser descritas. Sin embargo ocurrieron. Fueron acontecimientos tremendos.

Ante ese asombro silencioso del horror, el arquitecto judío-polaco, luego nacionalizado norteamericano, Daniel Libeskind, reacciona. Dice él que la arquitectura es finalmente un lenguaje que tiene la capacidad de contarnos sin palabras una cierta historia, pues intercambia lo que sería una lectura literal o el presto oído a un relato hablado, por la experiencia del recorrido, la evocación que producen las formas y el asombro ante el espacio.

Libeskind, tuvo la posibilidad de mostrar en su arquitectura aquello que para muchos fue su última experiencia de vida. Llegó a Estados Unidos huyendo de la Guerra y como lo señala en su ameno diálogo ante un salón repleto y expectante acá en Santiago, comprendió en ese arribar, el valor material y tangible que posee la palabra libertad. Estudió música en Israel y posteriormente arquitectura en Nueva York e Inglaterra. Entendió que no es posible un gesto arquitectónico sin un pensar que lo sustente. Ello lo acerca a la filosofía de otros luminosos pensadores también judíos como Walter Benjamin o Derrida, con quienes compartió la experiencia de esa persecución, hija de la intolerancia.

Esta vida propia y heredada y su particular visión sobre la arquitectura, la demuestra en un número significativo de obras que tienen la particularidad de ser sitios de memoria: el Museo de Guerra de Dresde que recuerda uno de los más cruentos bombardeos aéreo del que se tenga registro; o bien los Museos y Memoriales a la Shoá (Holocausto) en Berlín, San Francisco, Copenhague; o el Plan Maestro para la Zona 0 en Nueva York. En fin, en todos ellos se expresan mediante la forma y el espacio, los gestos que permiten pensar en las sensaciones que deben haber sentido quienes vivieron y sufrieron los acontecimientos recordados.

A propósito de uno de estos edificios -el Museo Judío de Berlín- indica Libeskind que “quería crear un edificio que en el momento en que uno lo usa, abriese un texto que nos conduce hacia otras direcciones y perspectivas”, pues claro, más allá de una muestra museográfica de por sí conmovedora, recorrer las angostas escaleras y terminar en un espacio de 20 metros de altura iluminado por una estrecha abertura superior rememorando la vivencia del Holocausto, logra que el visitante reconozca en ese nuevo “texto-muro” la desesperanza, el desaliento y el silencio, aunque nunca nosotros revivamos lo que aquellos presenciaron. Sin embargo esta experiencia abre la mente a una reflexión que es la que puede garantizar el aprendizaje y la reparación.

Similar emoción surge de la sensación de vacío de quien sobre lo alto y enfrentados a muros de filosos ángulos, observa un Dresde ahora re-ordenado en el Museo de Guerra de dicha ciudad. O bien en el Memorial de la Zona 0 de Manhattan, en donde se experimenta la apretura luminosa que cruza al espacio urbano desconociendo de toda regla geométrica, tal como los fatídicos aviones marcaron un trayecto imposible solo interrumpido en el derrumbe de las Torres, todo ello conviviendo con la presencia prístina de la torre mayor que majestuosa y bella repone la imagen que impactó durante años a los migrantes europeos que vieron en el skyline newyorkino, la materialización de la libertad y hoy una renovada esperanza de futuro.

En fin, Daniel Libeskind no es un arquitecto más. Recuerda, tal vez porqué hereda, a los viejos cabalistas del Safed, que por allá por los siglos XIV y XV, buscaron a través de un reordenamiento de letras y palabras, poder llegar a los niveles profundos de una espiritualidad que las más de las veces se nos oculta. Y en estos días en los que conmemoramos el Kristalnacht, la noche de los cristales y corazones rotos por el odio, el “Maguen David” desarticulado en las formas del Museo Judío de Berlín, indica que lo que nunca debe hacer un judío, es olvidar. Esa es la herencia que recoge y ese el mensaje que nos regala.

Museo judío de Berlín, Alemania.

 

Museo judío de San Francisco, EEUU.

Por Marcelo Carvallo Ceroni, Arquitecto Universidad de Chile.