Por Ricardo Israel:

Trump y el Medio Oriente

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Tal como es habitual en victorias electorales basadas en promesas y que reflejan por sobre todo un voto de protesta, los casi dos meses que lleva Trump en la Casa Blanca han estado caracterizados por ajustes, errores no forzados, y por una reacción de la institucionalidad a través de los tribunales y críticas surtidas en los medios de comunicación.

Las intervenciones que aspiran a fijar políticas y que no se han expresado a través de Twitter han sido fundamentalmente dos: el discurso en su juramento y una intervención -esta vez totalmente leída- en el Congreso. A pesar que la segunda tuvo mucho más contenido que la primera, esencialmente se dijo lo mismo: que iba a cumplir todo lo que ofreció en la campaña, atribuirle los males al gobierno anterior y que se necesitaban cambios profundos y radicales que marcaran un nuevo inicio. En el formal, Israel fue mencionado solo una vez.

Por cierto, nada nuevo para países como los latinoamericanos, pero un antes y un después en relación a la tradición norteamericana.

Es en ese contexto que casi todo ha estado vinculado a política interna, incluyendo el tema internacional que ha tomado mayor preponderancia, el de Rusia, el cual viene desde la campaña, y donde es evidente la filtración de información desde las agencias de inteligencia , y una exagerada importancia atribuida a contactos con la Embajada Rusa, que son habituales entre los embajadores y las candidaturas que tienen posibilidades de triunfo.

Es decir, un periodo marcado por algo tampoco habitual en Estados Unidos: división y polarización, como si la contienda electoral no hubiera terminado, quizás mayor que muchos otros países.

Todavía no se presentan proyectos de ley, y por lo tanto, hay mucha nebulosa e incertidumbre acerca de cómo va a concretar sus ofertas electorales.
En lo internacional, mientras en Twitter se ha dicho una cosa, en reuniones con sus aliados sus enviados han asegurado que la situación no variará mayormente, salvo en dos puntos: los acuerdos comerciales y el de la agresividad con México.

Trump eligió el mismo camino que Obama al final de su mandato, el de los Decretos (Executive Orders), que han encontrado en ambos casos, oposición y rechazo, sobre todo en estrados judiciales en las materias más sensibles como la inmigración. En otras palabras, más allá de la retórica en tan breve plazo, EE.UU. sigue funcionando esencialmente como funcionaba el día anterior al juramento de Trump.

Expresión de ello ha sido el Medio Oriente. Así, a pesar de haber incluido a Irán en la lista de ciudadanos cuya inmigración era suspendida, el acuerdo nuclear no ha tenido modificaciones. Recibió en forma muy amistosa a Netanyahu, pero ya ha extendido invitación formal a la Casa Blanca al Presidente de la Autoridad Palestina. En Siria, más allá de las palabras, la situación de ventaja para Bashir Al Assad no ha cambiado. En Irak, a un par de centenares de tropas especiales que ya estaban allá se les ha permitido tener presencia física en Mosul, en una batalla que parece ser una derrota para el Estado Islámico.

En relación a Israel, además de la visita de Netanyahu, gestos de apoyo fueron el compromiso con el carácter judío del país y la conferencia de prensa de la nueva Embajadora ante la ONU, extraordinariamente crítica de este organismo y su promesa de total “intolerancia ante el sesgo anti-israelí”, pero por otro lado, no se ha vuelto a escuchar del traslado de la Embajada a Jerusalén. Definió como prioridad absoluta la derrota del Estado Islámico, pero ello depende más de otros países de la región y de un acuerdo estratégico con Rusia que de Israel.

En el pasado no ha habido desde la Guerra de los 6 Días, administración norteamericana que no haya tenido un plan de paz para Israel y los palestinos, y por cierto han existido gobiernos muy favorables y otros mucho menos (como Carter o Obama).

En resumen, demasiado poco tiempo para algo más. Hay un clima bueno para la relación bilateral, pero hay que ponerla en el contexto donde los intereses estratégicos de EE.UU. se han movido desde el Medio Oriente y Europa hacia Asia (China). No hay duda que hay una simpatía personal, pero al igual que otros Presidentes no puede arriesgar la relación especial que también tiene con los países árabes sunitas. Además, Trump es una personalidad cambiante.

¿Cuál es la novedad entonces? Una e importante. Por primera vez, un Presidente de Estados Unidos ha dicho que la potencia no se siente amarrada al compromiso de los dos Estados como única solución al conflicto, pero salvo esa frase, todavía no hay nada concreto que nos permita saber qué significa lo anterior, cuál sería la alternativa, ni en qué se traduciría, ya sea para los palestinos o para los israelíes.

Por Ricardo Israel.