Por Susana Baron

Sin Palabras

Parado a un costado de la valla, los observo. Caminan con gesto cansino, arrastrando los pies como si pesadas cadenas amarraran sus tobillos. Aferrada a la mano llevan una pequeña maleta. Nadie habla, ni siquiera se escucha un murmullo, ni un lamento.

En mi ingenuidad me pregunto: ¿Qué hacen ahí? ¿Por qué usan la misma camisa a rayas? ¿A dónde se dirigen? ¿Qué les espera?

Son hombres y mujeres de mirada triste, perdida, desamparada, como si no les quedaran más lágrimas por derramar.

¡Ay! y esos niños que me miran de frente como preguntándome: “¿Qué hago aquí a estas horas? ¿Por qué no voy camino a mi escuela? ¿Es éste mi nuevo uniforme?

Los veo tranquilo desde mi lugar de privilegio. Nadie a mí alrededor hace algo, ni un movimiento, solo observan. Yo tampoco hago nada.

Se presentan como espejismos, seres inanimados, fantasmas que perdieron la ilusión de volar libremente y son empujados por un viento implacable, que ahora los arrastra hacia un destino cruel e insospechado.

Un silencio sobrecogedor invade el lugar, la desesperanza acampa por doquier, las palabras ya no tienen valor.

Más allá asoman unas barracas de madera en perfecta alineación y muy al fondo veo un edificio de ladrillos cuya chimenea emite día y noche un humo gris de un olor extraño y demasiado desagradable.

Hay soldados por todas partes con temibles perros a su lado, sin embargo, los canes me parecen mansos comparados a los uniformados, que vociferan y apuntan sus fusiles en contra de esos seres maltrechos.
La gente dice que es un campo de trabajo. ¿Niños trabajando? ¿Estaré soñando?

Desaparecen atravesando la enorme reja ante mi mirada incrédula. Arriba con letras mayúsculas se anuncia: “Arbeit macht frei” – “El trabajo te hace libre”.

Por Susana Baron