Por Gachi Waingortin:

¿Quién fue el rabino Neil Gillman?

Hace algunas semanas falleció el rabino Neil Gillman, profesor de Teología del JTS (Jewish Teological Seminary, la escuela rabínica del Movimiento Masortí). Autor de varios libros, entre ellos Fragmentos Sagrados, realizó un aporte invaluable a la renovación del judaísmo.

Neil Gillman nació en un pueblo pequeño de Canadá, en el seno de una familia judía tradicional. Estudió en la Universidad McGill, en Montreal, donde se fascinó con la filosofía universal y llegó a la conclusión de que el judaísmo era algo simpático, agradable, bueno para sus padres y abuelos, pero totalmente irrelevante.

Un evento inesperado le cambió la vida: asistió a una conferencia de Will Herberg donde descubrió la filosofía judía. Descubrió filósofos judíos que le hacen el peso a los filósofos universales en todos los ámbitos del pensamiento: existencialistas, racionalistas, místicos. Fue así que decidió unir su identidad con su pasión y comenzó a estudiar en el JTS, donde llegó a ser rabino y profesor de Teología.

El nombre de su libro más notable, Fragmentos Sagrados, se basa en uno de los relatos más conocidos de la Torá. Cuando Moshé sube al monte Sinaí a recibir las Tablas de la Ley, el pueblo se impacienta y comienza a adorar al Becerro de Oro. Al bajar del monte y ver lo que estaba sucediendo, Moshé rompe las tablas de piedra que traía en sus manos donde D´s mismo había grabado los Diez Mandamientos. Poco después leemos que D´s le dice a Moshé: “Lábrate dos tablas de piedra como las primeras, y sube a donde estoy Yo, en el monte. Hazte también un arca de madera. Yo escribiré en esas tablas las palabras que había sobre las tablas primeras que quebraste, y las pondrás en el arca” (Deuteronomio 10: 1- 2). El Midrash discute a qué tablas se refiere cuando dice “y las pondrás en el arca”. ¿Qué es lo que debe ser depositado en el arca? ¿Solo las tablas nuevas, o también “las tablas primeras que quebraste”?

El Talmud plantea que Moshé debía guardar las tablas nuevas junto a los fragmentos de las tablas rotas. Aquellas primeras tablas, que Moshé había destrozado en su enojo hacia los israelitas que adoraron el Becerro de Oro, debían guardarse junto a las tablas nuevas. Y es que los fragmentos retuvieron su santidad y no podían ser abandonados. Debían ser preservados en el sitio más sagrado de la vida religiosa. Eran fragmentos sagrados.

Neil Gillman afirma que para muchos judíos en la actualidad, algunas de las imágenes tradicionales que caracterizaron al judaísmo desde la antigüedad, han sido irreparablemente destrozadas. El nuevo individualismo, la nuestra conciencia histórica y el temperamento crítico de nuestros tiempos, han hecho lo suyo. El sistema de creencias que acompañó a nuestros antepasados hacia la modernidad ya no funciona para ellos, y no tienen deseo alguno de recapturar esa configuración mental en su formato original. Gillman propone que el judío perplejo moderno debe tallar sus propias tablas, pero sin olvidar los fragmentos sagrados de las viejas tablas rotas, para no perder la identidad con el pasado y el sentido de comunidad.

Este proceso de reconstruir algo significativo a partir de preguntas nuevas a un texto que no serviría si no nos diera nuevas respuestas, se llama Midrash. El Midrash es, tradicionalmente, la interpretación talmúdica que amplía la palabra, los versículos o la narrativa bíblica con el objeto de darle un significado nuevo que dé respuesta a las nuevas preguntas que se hace el lector.

Un claro ejemplo de Midrash es lo que sucede con Esav, el hermano mellizo de Jacob. La Torá lo presenta como un buen hijo, un muchacho sencillo, sin grandes luces pero trabajador y empeñoso. La Torá dice que él es Edom, y posteriormente la tradición establecerá que Edom es Roma. Al judío del siglo I, la descripción bíblica de Esav no lo satisface. Están en plena revuelta contra Roma. Roma es el opresor, que tortura a los sabios lacerándolos con rastrillos incandescentes. No es posible que ese monstruo esté representado en la Torá como una buena persona. El Midrash viene a dar una nueva respuesta que sea satisfactoria para esa realidad específica. Es por eso que cuando ambos hermanos se reencuentran y la Torá dice que Esav se echó sobre el cuello de su hermano y lloró, el Midrash aclara: No quiso besarlo sino morderle la yugular; D´s obró un milagro y convirtió el cuello de Jacob en mármol, Esav se rompió los dientes y por eso lloró. Es la manera de entender que el conflicto con Roma es un conflicto eterno, donde ellos son los malos y nosotros los buenos.

Gillman dice que Mordejai Kaplan solía enseñar la Guía de los Perplejos de Maimónides, o su propio libro (Judaism as a Civilization) como una forma de midrash, es decir, una relectura global de toda la tradición recibida hasta el momento. Y es que cuando Maimónides escribe lo hace para los perplejos de su generación, para quienes abandonaban el judaísmo porque encontraban que la filosofía aristotélica lo había superado con creces. Lo que hace Rambam es tomar los fragmentos sagrados de la tradición anterior y mezclarlos con la filosofía; hace un midrash y renueva el judaísmo.

El Midrash, dice Gillman, es el proceso de enfrentarse a un texto desafiándolo con un nuevo conjunto de preguntas y la subsiguiente lucha por extraer de él nuevas respuestas. Es lo que el judaísmo ha hecho desde siempre y debe seguir haciendo. Es la tarea imprescindible que le toca a cada generación, de enfrentar lo nuevo sin abandonar lo viejo. Quizás allí esté el secreto de la supervivencia del judaísmo.

Neil Gillman formula respuestas inteligentes a preguntas desafiantes. Hace un diagnóstico brillante de la perplejidad que aqueja al judío moderno, poniendo en palabras aquellas interrogantes que, de no tener una salida aceptable, significarían la pérdida de la identidad judía para muchos. Construye un midrash nuevo, preservando aquellos fragmentos sagrados que garantizan la continuidad. Vale la pena leerlo.

Por Gachi Waingortin.