Por Gachi Waingortin

¿Quién es sabio?

La pregunta es relevante porque una buena definición de sabiduría nos permitiría adoptarla como modelo de conducta. En PIrkei Avot 4:1 Ben Zomá afirma que es sabio quien aprende de todos los demás: “¿Mi hu jajam? Halomed mikol ejad”. La respuesta sorprende porque, normalmente, nos dicen que es sabio el que sabe mucho, el que enseña a los demás, el que ya nada tiene que aprender. La definición de Ben Zomá va en sentido contrario.

Solemos establecer una especie de ranking donde los primeros pueden enseñar y los últimos deben aprender. Ben Zomá afirma que debemos estar dispuestos a aprender de todos, aun de los que suponemos inferiores en conocimiento, rango social o bagaje cultural. Debemos aprender de todos y de todo: de lo bueno y de lo malo que nos sucede.

Estamos hablando de sabiduría y no de erudición. Se puede ser un gran erudito, pero un bruto como ser humano; o se puede, aun siendo analfabeto, ser una persona sabia. En erudición, podríamos aceptar que, al especialista mundial sobre un tema específico, no haya quien pueda enseñarle nada. (Aunque, a veces, surgen ideas de errores, de “casualidades”, de comentarios al azar, o simplemente de la intuición. Quizás sí, se pueda aprender siempre de todos, aun en lo intelectual). Pero, en cuanto a la verdadera sabiduría, no hay techo. Quien siente que no tiene nada que aprender, deja inmediatamente de ser sabio.

La definición de Ben Zomá no es la única. El Talmud (Tamid 32 a) vuelve a encarar la pregunta, ofreciendo otra respuesta. “¿Mi hu jajam? Haroé et hanolad”. ¿Quién es sabio? El que puede prever lo que se avecina. No estamos hablando de clarividencia, sino de sentido común. Muchos conflictos se producen porque fallamos a la hora de barajar las posibles reacciones que pueden generar nuestros actos. Detenernos antes de hablar o de actuar para evaluar las posibles consecuencias es una forma de sabiduría.

Hay más. Tratando de describir las siete actitudes que caracterízan al hombre sabio, Pirkei Avot 5:7 plantea que: “El sabio no habla delante de quien lo supera en sabiduría. No interrumpe a su compañero. No se apresura en responder. Pregunta acerca del mismo tema que se está hablando y responde correctamente. Trata los temas en orden de aparición. Admite su eventual ignorancia. Reconoce la verdad. Todo lo contrario, se da en el inculto”.

El hecho de que todas las conductas se refieren al estudio indica la importancia que este tiene para los jajamim y para nosotros. Todo suena lógico, aunque muy a menudo lo olvidamos. Todos hemos padecido o hemos hecho estas cosas: interrumpir al que habla, opinar delante de expertos, hacer comentarios desubicados, negarnos a decir las dos palabras más sabias de nuestro vocabulario: “No sé”.

Analicemos cada rasgo del sabio: No hablar delante de quien nos supera en sabiduría implica, antes que nada, aceptar que otros pueden saber más que uno, que no somos expertos en todos los temas. No interrumpir a nuestro interlocutor puede ser un gran desafío. Completar la frase con nuestras propias palabras, rebatir una idea antes de que el otro la defienda correctamente, dar ejemplos de cosas que también nos pasaron a nosotros o a algún conocido, son actitudes demasiado comunes. Todas comparten una falta de atención hacia la otra persona. Nuestra opinión aparece siempre como la más importante. Nos gusta más escucharnos a nosotros mismos que a los demás.

Quien no se apresura en responder muestra una actitud reflexiva que, por una parte, demuestra respeto hacia el otro, pues admite el peso a sus palabras y no las toma a la ligera. Detenerse para meditar una respuesta implica reconocer que la pregunta es importante, pero a la vez muestra que uno no tiene miedo a que piensen que no lo sabe todo. Preguntar acerca del tema que se está hablando demuestra que estamos prestando atención, o que tenemos la inteligencia suficiente para comprender la conversación. La alternativa, si no estamos a la altura, es reconocerlo y guardar silencio. Responder correctamente y tratar los temas en orden de aparición también nos habla de una persona ubicada que, si no sabe, opta por escuchar antes de hablar.

La sexta característica del sabio admite diferentes traducciones. El texto en hebreo es: “De lo que no escuchó, dice: No escuché”. El verbo “lishmoa”, escuchar, puede traducirse también como “aprender”. De ahí, que el rabino Edery traduce: “admite su eventual ignorancia”. Si no lo sabe, no teme decir: “No sé”. Se echa de menos este gesto de sinceridad y valentía en todo tipo de personas. A veces creemos que admitir nuestra ignorancia nos disminuye: Pirkei Avot afirma que nos dignifica.

Pero Bartenura y otros exégetas traducen de otra manera. De lo que no escuchó, dice: “No escuché” significa que, si pensó algo por su cuenta, que no diga: “Esto lo escuché de mis maestros”. En estudios talmúdicos, es más valiosa una opinión emitida por un sabio conocido que una opinión propia. Hoy, el problema es inverso: escuchamos y decimos “se me ocurrió”. Plagiar ideas, no citar nuestras fuentes, es pan de todos los días. Lo que nos está diciendo la mishná es que el sabio cita sus fuentes cuando las tiene y asume la autoría de sus propias ideas.

Finalmente, el sabio reconoce la verdad. Esto vale para todo en la vida. Cada mañana decimos en nuestras tefilot que nos comprometemos a una conducta ética y a reconocer la verdad: ambas cosas aparecen casi como sinónimos.

Todas estas actitudes denotan sabiduría, no conocimiento. Inteligencia emocional más que académica. Si pudiéramos hallar un común denominador para lograr una definición unificada de sabiduría, sería la honestidad, el respeto al otro, la falta de soberbia. La aceptación de las capacidades de los demás y no solo las propias. Aparentemente, la sabiduría viene de la mano de la humildad.

Por Gachi Waingortin