Por Gachi Waingortin:

¿Qué es la verdad?

¿Qué es la verdad? ¿Existe la verdad?, ¿hay una sola verdad, o cada uno tiene la suya? No está mal que nos sintamos seguros de nuestras convicciones. Pero eso, ¿excluye la validez de las convicciones ajenas? La pregunta es relevante porque la posesión de la verdad es quizás la madre de todas las guerras, de todos los odios.

El relato de Adán y Eva en el jardín del Edén puede ayudarnos a dilucidar una respuesta. Sabemos que los primeros humanos son expulsados del Paraíso por haber comido del fruto prohibido. Pero, ¿qué tendría de malo que el ser humano comiera del fruto del conocimiento del bien y del mal? ¿Por qué D’s habría de prohibirlo?,¿acaso no se nos dice constantemente que debemos saber distinguir entre el bien y el mal? Todos los días, tres veces por día, pedimos y agradecemos en nuestra Amidá por tener “deá, biná vehaskel”, conocimiento, inteligencia y discernimiento. ¿No es eso el libre albedrío, la capacidad de elegir entre el bien y el mal?

Rubén Preiss suele enseñar que el rabino Joseph Soloveitchik se hace eco de estas interrogantes y propone que D’s creó a Adán y Eva con la capacidad de conocer la verdad absoluta, de distinguir entre verdadero y falso. El ser humano primordial tenía acceso directo a la verdad y podía reconocer cuando esta faltaba. D’s hablaba directamente con ellos, caminaba junto a ellos en el jardín y compartían ese conocimiento.

D’s no quería que comieran del árbol del conocimiento del bien y del mal porque significaba un descenso. Así, al comer del fruto prohibido cayeron, perdiendo esa capacidad suprema que tenían y quedándose solamente con esta otra capacidad, más limitada, de distinguir entre lo bueno y lo malo. Los seres humanos, después de la expulsión del Paraíso, ya no podemos concebir la verdad absoluta, sino que apenas tenemos una percepción subjetiva de la verdad.

El rabino David Hartman plantea que la verdad es como un haz de luz blanca que los seres humanos no somos capaces de ver: al expulsarnos del Paraíso, D’s colocó un prisma entre Él y nosotros: ahora la luz blanca se refracta sobre el prisma y solo podemos ver los colores refractados.

Por eso, cada pueblo tiene su verdad, que es parte de la verdad de D’s. Cada pueblo ve un color de este arcoíris y solamente la sumatoria de todos los colores podrá reconstruir el color blanco original. Lo interesante de esta idea es que, si sacamos uno solo de esos colores, ya nunca podremos obtener nuevamente la luz blanca.

La consecuencia obvia de que cada pueblo tenga su propia percepción de la realidad es que crea firmemente que la suya es la correcta. Para nosotros, el judaísmo es nuestra verdad y debemos vivir de acuerdo con ella (y a veces nos han hecho morir por ella). Yo no cambio mi verdad por nada y cada cual debería sentir lo mismo por la suya. Pero sin tolerancia y aceptación del otro, el mundo no podría subsistir. Cada pueblo es un color del arcoíris. Ninguno puede faltar, porque perderíamos la posibilidad de recuperar aquella luz blanca original.

Esto, que vale para los pueblos, vale también para los individuos y también para todo tipo de diversidad, aun la que hallamos dentro del pueblo judío. Debemos entender que cada corriente del judaísmo tiene su parte de la verdad. Cuando Hilel y Shamai (las dos clásicas escuelas de pensamiento talmúdico) discuten, los rabinos deben votar para decidir cuál va a ser la halajá. El Talmud se cuestiona si es correcto que haya dos posturas tan diferentes y ofrece una respuesta: “Elu veelu divrei Elo-him jaim”, Estas y aquellas son las palabras del D’s viviente. Todas las posturas del judaísmo tienen parte de la verdad, todas son la palabra del D’s viviente. Debemos elegir una y vivir de acuerdo con ella.
Antes de cada una de nuestras acciones, siempre deberíamos preguntarnos: ¿Qué pasaría si todos actuaran como yo? Si estoy por cometer una pequeña trasgresión, muy pequeña, casi insignificante, ¿qué pasaría si todos actuaran como yo? ¿Qué pasaría si todos trataran mal a la gente, o si todos se quedaran con un vuelto equivocado, o si todos se desentendieran ante la injusticia?

Por otra parte, antes de cometer una pequeña buena acción, muy pequeña, casi insignificante, deberíamos preguntarnos: ¿Qué pasaría  si todos actuaran como yo? ¿Qué pasaría si todos dijeran gracias con una sonrisa, o si todos devolvieran lo que encuentran, o si todos ayudaran a los que necesitan? En ambos casos, el mundo sería distinto. Debemos sentir que el mundo está exactamente equilibrado entre el bien y el mal y que cada una de nuestras acciones debe inclinar la balanza hacia el lado correcto.

Por lo tanto, antes de sentirnos dueños de la verdad, deberíamos pensar: ¿Qué pasaría si todos hicieran lo mismo? Si considero que los demás deben cambiar o deben morir porque no aceptan mi verdad, ¿qué pasaría si todos pensaran igual? No es posible que nos consideremos los únicos dueños de la verdad. Necesariamente, tenemos distintas percepciones de ella. Existe la Verdad, pero ningún humano puede conocerla. Si así fuera, si pudiéramos conocerla, estaríamos en el Paraíso. ¡Y qué lejos estamos!

Por Gachi Waingortin.