¿Qué es el Talmud? Parte 6 y final.

En su libro “Introducción al Talmud”, Adin Steinsaltz explica cómo se siguió desarrollando el Talmud tras su edición final y su expansión por todo el mundo judío. Como ya hemos explicado, el estudio talmúdico presenta muchas dificultades, tanto por el idioma como por su estilo y los temas tratados. Para ayudar a los estudiantes, los sabios babilónicos de Sura y Pumbedita, llamados gueonim, respondían las preguntas que llegaban de todas las comunidades de la diáspora. De estas responsa solo quedan algunos restos.

La descentralización tenía que suceder. Gradualmente, surgen academias fuera de Babilonia, y cuando esta ciudad comienza a declinar en el siglo XI ya existían dos grandes centros de estudio. Uno en España y el norte de África; otro en Italia, Francia y Alemania. Ambas realidades fueron tan distintas que desarrollaron culturas judías muy diferentes. Los primeros originaron la cultura sefaradí. Mantuvieron por más tiempo los lazos con Babilonia pues ambos centros vivían en una cultura árabe musulmana, recibiendo la rica influencia de la filosofía, ciencia y poesía árabes. Los comentarios talmúdicos más conocidos son los de Maimónides (s. XII), Najmánides (s. XIII) y Rabi Shlomo Ben Adret (s. XIV).

Las comunidades europeas, por su parte, generan la cultura ashkenazí. Más relacionados con Palestina a través de Grecia e Italia, vivieron en la oscuridad cultural de la Edad Media, debiendo construir su propia vida espiritual sin influencia del mundo exterior. Los comentaristas más connotados son Gershom de Mainz (960-1028) conocido como Rabeinu Gershom Maor Hagolá, y Rabi Shlomo Itzjaki de Troyes, más conocido como Rashi (1040-1105). Este último explica casi cada frase en un hebreo puro y conciso haciendo del Talmud de Babilonia un texto accesible tanto para especialistas como para legos. La obra de Rashi constituye la explicación más acabada y universal del Talmud. Si bien fue editada en fascículos, hoy los comentarios de Rashi se presentan en la misma hoja talmúdica como parte inseparable del texto.

Rashi no tuvo hijos hombres, pero sus yernos, nietos y bisnietos continuaron su obra, formando una de las dinastías más impresionantes de la historia. Durante los siglos XII y XIII generaron un cuerpo de literatura exegética llamada Tosafot (agregados), un “Talmud sobre el Talmud”.

Dos nietos de Rashi destacan entre los “baalei tosafot” (tosafistas): Shmuel ben Meir (Rashbam) y su hermano menor Jacob ben Meir, conocido como Rabeinu Tam, uno de los sabios más connotados de todos los tiempos. La actividad de este grupo se caracteriza por un análisis crítico extraordinario que marcó el estudio talmúdico hasta el día de hoy. El sur de Francia se conforma como un centro equidistante (tanto física como espiritualmente) entre Ashkenaz y Sefarad, combinando la exégesis textual y lingüística ashkenazí con los resúmenes halájicos de la erudición sefaradí. Este centro sería destruido en el siglo XII con la expulsión de los judíos de Francia y nunca fue reemplazado. Finalmente, entre los últimos comentaristas clásicos encontramos a Rabí Meir de Lublin, Shlomo Luria o Samuel Edels, conocido como Maharshá, en la Polonia del siglo XVI.

Conseguir una copia completa del Talmud fue siempre algo tremendamente complicado. Desde la dificultad inherente a la copia (estamos hablando de unos dos millones y medio de palabras), las persecuciones, la prohibición de llevar libros durante las expulsiones, las quemas de ejemplares, todo apuntaba a que fueran pocos los que poseían un ejemplar completo. Podemos entender, entonces, que la invención de la imprenta fue muy atractiva para los judíos. El primer ejemplar impreso del Talmud, del cual solo se han preservado algunos fragmentos, apareció en Guadalajara, España, en 1482. Diez años más tarde, todos los libros judíos serían confiscados con motivo de la expulsión ordenada por los Reyes Católicos.

Tras muchos años de prohibición, en 1520 el papa León X autorizó la publicación y, en la imprenta del editor cristiano Daniel Bomberg en Venecia, aparece el primer Talmud Babilónico completo no manuscrito. Bomberg diseñó el formato de las páginas que conocemos hasta el día de hoy, el número de hojas y la ubicación de los comentarios principales en cada página. El texto talmúdico se ubica en el centro de la página, con los comentarios de Rashi de un lado y los Tosafot del otro. Para distinguir entre el texto y los comentarios, el primero va en letras cuadradas y los segundos en cursiva (letra que se dio en llamar “escritura de Rashi”). Las hojas se numeran en orden consecutivo y cada carilla se distingue como “a” o como “b”.

En 1553 el papa Julio III vuelve a prohibir la publicación del Talmud y ordena la quema de todos los ejemplares existentes. El patrón se repitió muchas veces durante la historia, por lo que existen ediciones parciales y dispersas en el tiempo, como la edición de Basilea de 1578, la de Amsterdam de 1644 o la de Vilna en 1835.

A través de los siglos la Iglesia Católica estableció una feroz censura que generó la mutilación del texto, la eliminación de párrafos y hasta tratados enteros, el reemplazo de palabras y la consecuente producción errores que se han perpetuado hasta nuestros días, sobre todo a causa de la realización de ediciones fotografiadas. Academias modernas como la que dirige Adin Steinsaltz están tratando de corregir esas anomalías para recuperar el texto original.

¿De qué sirve saber cómo es que el Talmud llega a nuestras manos? Para valorarlo como muestra empírica de la vocación evolutiva y pluralista de nuestro pueblo. Siglos de discusiones y estudios donde todas las opiniones quedan registradas, nos hablan de un respeto por la diversidad que nunca debemos perder de vista. El Talmud nos enseña flexibilidad, pragmatismo y un profundo amor por nuestras fuentes y por nuestra identidad cultural. Todos elementos tan esenciales hoy como lo fueron antaño.

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