Por Gachi Waingortin:

¿Puedo dejar de rezar por un ser querido cuando sé que está sufriendo y no va a mejorar?

La santidad de la vida humana es uno de los valores más universales que el judaísmo introdujo al mundo occidental. No siempre los humanos hemos considerado que la vida es sagrada. Los sacrificios humanos han sido frecuentes en las más diversas culturas desde tiempos inmemoriales. El hecho de que se asesinara a niños o jóvenes vírgenes en honor a los dioses demuestra que la divinidad superaba a la vida humana en todos los aspectos. La potestad de vida o muerte de un padre sobre su hijo o de un amo sobre su esclavo nos demuestra que el valor de la vida humana ha estado supeditado a las pirámides de poder en casi todas las sociedades antiguas. Por eso, cuando hoy hablamos de la santidad de la vida como valor universal, debemos recordar que esto no es algo natural; no es un valor inherente al ser humano sino una pauta cultural que fue introducida por la Torá y aceptada por las tres religiones que de ella surgen.

El relato bíblico de la Creación a partir de un solo ser humano es visto por el Talmud como la justificación teórica de la sacralidad de la vida. Cuando Caín mata a Abel y D´s lo increpa preguntándole dónde está su hermano, Caín responde: “No lo sé; ¿acaso yo soy el guardián de mi hermano?”. A lo que D´s contesta: “Las sangres de tu hermano claman a Mí desde la tierra”. El plural llama la atención de los sabios, quienes explican: Claman a D´s desde la tierra la sangre de Abel y las sangres de todos sus descendientes que nunca nacieron (Sanhedrin 4:5) De donde sigue el concepto de que matar (o salvar) a un hombre equivale a matar (o salvar) a toda la humanidad.

Dos son los caminos posibles cuando una enfermedad pone en riesgo la vida humana. El primero es entender que si D´s manda la enfermedad, luchar contra ella es un acto de rebeldía contra Él. Ridícula como pueda parecernos, es la actitud de muchos en diversas religiones, incluso en algunos grupos judíos ultraortodoxos. El otro camino es recurrir a tratamientos médicos para salvar al enfermo. El Talmud (Baba Kama 85 a) autoriza los tratamientos médicos basándose en el versículo de Shemot 21:19 que dice “rapó ierapé”: sanar lo habrá de sanar. Es así que siempre que un médico tenga la posibilidad de salvar una vida, debe hacerlo independientemente de consideraciones sobre si el paciente merece o no ser salvado.

Pero lamentablemente, a veces la ciencia médica es derrotada y en ese caso surgen las preguntas más apremiantes. ¿Hasta cuándo está permitido alargar la vida si el sufrimiento es mucho y la esperanza nula? ¿Es legítimo suspender procedimientos que, en lugar de alargar la vida, en realidad lo que alargan es la muerte? Y desde lo más íntimo: ¿podemos dejar de rezar por una mejoría que no llegará cuando nuestro ser querido está sufriendo? ¿Es eso falta de fe? ¿Es eso desamor? En el segundo tomo de “A Code of Jewish Ethics”, Joseph Telushkin trae una anécdota muy interesante del Talmud (que alguna vez estudié como ejemplo de la inteligencia emocional de las mujeres):

El día en que Rabí Yehuda estaba muriendo, los rabinos declararon un ayuno público y ofrecieron plegarias para que D´s se apiadase y lo salvara. La criada de Rabí Yehuda subió al tejado y elevó esta plegaria: “Los ángeles en el Cielo desean que Rabí Yehuda se les una, y los mortales en la Tierra desean que permanezca con ellos. Sea Tu voluntad que el poder de los mortales supere al de los ángeles”. Sin embargo, al ver cuánto sufría Rabí Yehuda, volvió a rezar diciendo: “Sea Tu voluntad que el poder de los ángeles supere al de los mortales”. Como los rabinos seguían sus incesantes plegarias, la criada tomó un jarrón y lo arrojó desde el tejado. El ruido asustó a los rabinos, quienes por un instante dejaron de rezar y el alma de Rabí Yehuda partió. (Ketuvot 104 a)

La historia de la criada de Rabí Yehuda tiene dos aristas. Desde lo personal, cuando un ser querido sufre, nuestro instinto es rezar por que eso no ocurra. Pero cuando el cese del sufrimiento implica el cese de la vida, nos sentimos frente a una encrucijada. Desde lo más egoísta de nuestro ser lo queremos con nosotros; pensando en su bienestar, queremos que parta. Ese pensamiento nos atormenta porque conlleva una gran contradicción interna y un fuerte sentimiento de culpa. En esta historia vemos a una mujer que, desde la piedad y el cariño que siente por Rabí Yehuda, reza a D´s para que se lo lleve. No es traición, es compromiso. No digo que debamos hacerlo, sino que no sintamos que estamos traicionando si lo hacemos.

Pero la criada hizo algo más que rezar, y eso nos lleva a la segunda arista del relato: un dilema ético que involucra la acción. ¿Hasta qué punto es lícito intervenir médicamente para alargar la vida? Al principio, la mujer reza para que Rabí Yehuda viva. Pero cuando se da cuenta del gran sufrimiento que está padeciendo y de lo inevitable de su muerte, toma dos decisiones: primero reza para que D´s se lo lleve; luego asusta a los rabinos para que dejen de rezar. Ella acelera la muerte de su rabino eliminando aquello que estaba impidiendo su partida. El Talmud no condena a la criada por su comportamiento, más bien considera que fue un acto de misericordia.

A partir de esta historia y otras similares se interpreta que está permitido suspender terapias o procedimientos que postergan innecesariamente la muerte, como respiradores artificiales u otros. Obviamente cada caso es diferente y se debe tener muchísimo cuidado en la toma de tales decisiones. Pero prolongar la vida a costa del sufrimiento del enfermo cuando no hay ninguna posibilidad de recuperación, a veces parece más un signo de soberbia por parte de los médicos que de piedad y compromiso con el paciente.

Por Gachi Waingortin