Por Gachi Waingortin:

¿Por qué existe la mitzvá de honrar a nuestros padres?

Kaved et avija veet imeja. Honra a tu padre y a tu madre. Es el quinto Mandamiento, el que hace de bisagra entre los Mandamientos hacia D´s, a los que pertenece, y los que atañen a nuestra relación con el prójimo. Para algunos, algo obvio y natural; para otros, un esfuerzo sobrehumano. ¿Qué significa que esta mitzvá exista? ¿Debe ser cumplida bajo toda circunstancia? ¿Puede alguien estar exento?

Deberíamos analizar este tema a partir de varias definiciones básicas, muchas de ellas obvias pero no por ello asumidas de manera consciente. La primera: la humanidad es diversa. Hay personas buenas y no tanto; mental y espiritualmente sanas y no tanto; agradables y no tanto. Hay personas tóxicas y hay seres humanos encantadores. La segunda: ninguna de estas características tiene relación de causa o efecto con la tasa de fertilidad. Esto significa que nuestros padres pueden calificar en cualquiera de tales categorías. (Lo que no deja de ser una buena noticia, pues si solo la gente buena, mental y espiritualmente sana, agradable y encantadora fuera fértil, quizás ninguno de nosotros tendríamos hijos). Con estos datos debemos asumir que, pasada la primera infancia en la cual los padres son seres perfectos en un pedestal, debemos aceptar que todos los padres, todas las madres, tienen sus falencias. Importante recordarlo.

Sigamos con más definiciones básicas. Todas las mitzvot cumplen las siguientes cuatro condiciones: A. Las mitzvot son órdenes, no sugerencias: el cumplimiento de las mitzvot no está condicionado a que sea fácil o grato. B. Las mitzvot no son naturales: si la mitzvá existe es porque no es algo que todo ser humano haría siempre. No existe una mitzvá que nos obligue a respirar. C. Todas las mitzvot son factibles: no existe una mitzvá que nos prohíba respirar. D. Todas las mitzvot son por nuestro bien: aun las que aparentan beneficiar solamente a los demás, como la tzedaká, o las que no aparentan beneficiar a nadie en absoluto, como encender velas antes de Shabat, todas benefician a quien las cumple. Pirkei Avot 4:2 dice “Sjar mitzvá, mitzvá”, el beneficio de la mitzvá es la mitzvá misma. Solamente acercar a D´s a nuestra agenda nos hace bien.

Deberíamos intentar responder nuestra pregunta con estas cuatro premisas en mente. Si honrar al padre y a la madre no es una sugerencia, debemos llegar a la conclusión de que la honra a los padres no es un bono por buen desempeño. No honramos a nuestros padres porque lo merecen sino porque es una mitzvá. Si consideramos que lo merecen, lo haremos con más gusto, lo disfrutaremos, será fácil. Si consideramos que no lo merecen, esta mitzvá se nos hará más difícil pero no por ello menos obligatoria.

Saber que las mitzvot no son naturales puede ser un gran consuelo para quienes encuentran difícil honrar a los padres. No eres mal hijo porque te lo cuestiones; si la mitzvá existe es porque no siempre es obvia. Las dificultades que un hijo pudiera tener están contempladas en el mismo hecho de que la mitzvá exista.

Más complejo es saber que todas las mitzvot son factibles. Porque en algunos casos el hijo puede llegar a sentir que honrar a sus padres (o a uno de ellos) resulta totalmente imposible. Acá entra en juego el delicado equilibrio entre el deber y el autocuidado. La Torá nos presenta un caso desgarrador donde este equilibrio se pone en juego. Leemos en Bereshit 21:15-16 que Agar deambula en el desierto con su hijo Ishmael y el agua se les termina. La madre entonces deja al niño debajo de un arbusto y se aleja de él pues no quiere verlo morir. En una situación tan dramática podemos comprender que Agar no quiera ver morir a su hijo. Pero Ishmael ve que su madre lo abandona y eso no es aceptable. A veces el sentido del deber tiene que sobreponerse al imperativo del autocuidado. Debemos aprender estrategias de autocuidado que no impliquen necesariamente descuidar al otro. Y debemos ser creativos a la hora de decidir cómo haremos para cumplir esta mitzvá. Cada caso será distinto.

Quizás la cuarta de nuestras premisas sea la más relevante. No honramos a los padres por su bien sino por el nuestro. Porque si como dijo Nelson Mandela, odiar es como tomar veneno esperando que sea el otro quien muera, en el caso de los padres es 100% cierto que el veneno nos mata a nosotros. Tenemos 46 cromosomas, de los cuales 23 provienen de nuestra madre y 23 de nuestro padre. Odiar, guardar rencor o resentimiento contra los padres es hacerlo contra uno mismo. La clave acá no es necesariamente reconciliarse con el padre (a veces ya no está, a veces nunca estuvo, a veces no hay con quién hablar) sino reconciliarse con la imagen del padre. Para lograr aceptarnos a nosotros mismos y construirnos como seres humanos completos debemos internalizar, asumir, perdonar y aceptar a quienes nos dieron la vida. Un buen ejercicio es hacer una lista de nuestras cualidades positivas y rastrear de cuál de nuestros progenitores heredamos cada una. Quizás así el resentimiento se pueda transformar en gratitud. Otra tarea importante es repasar sus historias de vida para intentar comprender por qué fueron como fueron o hicieron lo que hicieron. Y recordar que la resiliencia es un don precioso pero muy, muy escaso.

Cuando somos niños los padres son seres perfectos parados sobre un pedestal. En algún momento de la adolescencia los padres caen de su pedestal y se quiebran bajo nuestros pies. La tarea del adulto es reconstruir los ídolos rotos pieza por pieza y volver a ponerlos de pie, pero esta vez no sobre un pedestal sino en el piso, a nuestro mismo nivel, como seres humanos. Todos los padres, todas las madres, tienen sus falencias. Es importante recordarlo para construirnos a nosotros mismos. Y porque si también nosotros somos padres, debemos ser ejemplo para nuestros hijos.

Por Gachi Waingortin