Por Gachi Waingortin:

¿Para qué necesitamos mujeres rabinas?

Hace unos días, la serie de encuentros “Empodérate” del CIS presentó un debate acerca de la incorporación de la mujer en el rol rabínico. Se habló de Regina Jonas, la primera mujer de la historia que recibió la ordenación rabínica. Regina Jonas nació en Berlín en 1902 en el seno de una familia ortodoxa. Su padre le enseñó Talmud al igual que a su hermano y desde pequeña surgió en ella la pasión por el judaísmo. Su amor por los textos y una fuerte vocación por servir a su pueblo le hicieron desear ser rabina. Pese a la fuerte resistencia, finalmente fue ordenada por un rabino reformista en 1935. Cuando comenzó la guerra, todos los rabinos escaparon de Alemania o fueron deportados. Regina se negó a abandonar su comunidad y se hizo cargo de los pocos judíos restantes. Finalmente ella misma fue deportada a Theresienstadt y luego a Auschwitz, donde, junto al psicólogo Viktor Frankl, siguió guiando espiritualmente a los prisioneros hasta su muerte el 12 de diciembre de 1944.

Si bien su historia fue olvidada durante décadas, el camino de Regina Jonas no fue abandonado. La primera rabina reformista, Sally Preisand, fue ordenada en 1972. La primera rabina reconstruccionista, Sandy Eisenberg Sasso, recibió su hasmajá en 1974. Amy Ellberg se transformó en la primera rabina del movimiento masortí en 1985, mientras que Naamah Kelman fue la primera en recibir la ordenación rabínica en Israel, en 1992. Tres mujeres recibieron la hasmajá personal de rabinos ortodoxos: Mimi Feigelson en 1994, Evelyn Goodman-Tau en 2000 y Haviva
Ner-David en 2004. Desde septiembre de 2009 funciona en New York Yeshivat Maharat, institución que forma rabinas para servir en el mundo ortodoxo; Yeshivat Har’el hace lo propio en Jerusalem. El mundo judío hoy es mucho más amplio y diverso de lo que creemos.

El mundo judío de ayer también era mucho más amplio y diverso de lo que creemos. Elana Sztokman explica que la historia judía está repleta de mujeres que sirvieron como rabinas informalmente y sin ser ordenadas, antes de las divisiones denominacionales que hoy conocemos, y da algunos ejemplos. Jana Rojel Wernermacher (1805-1888) fue “rebe” de Ludmir. Pearl Shapiro (1768-1848), la hija del Maguid de Koznitz, rezaba con talit y tefilín y dirigió una corte como cualquier otro rebe. Merish, hija de Eliezer de Lizhensk, sirvió como rebe en su comunidad, como lo hicieran Freida y Devora Leah, las hijas de Rabi Shneir Zalman Liadi, el fundador del movimiento Jabad.

La discusión del encuentro Empodérate derivó hacia el tema de la inclusión de la mujer en la vida sinagogal con preguntas sobre si las mujeres pueden formar parte del minián o ser llamadas a leer la Torá. Si bien no existe ningún impedimento halájico al respecto, queda claro que a mucha gente le choca ver mujeres en roles tradicionalmente masculinos. Y si bien esto es solamente cuestión de costumbre, concordamos en que hay que darle tiempo al tiempo, confiando más en la evolución que en la revolución. No se puede obligar a nadie a asumir un rol que no desea ni a activar en un entorno que no le es amigable. Todos debemos sentirnos a gusto en nuestras comunidades y ninguna comunidad puede darse el lujo de perder miembros por ese motivo ni por ningún otro. Lo que sí podemos y debemos hacer las mujeres (y también los hombres en lo que les toca) es reasumir el cumplimiento de las mitzvot. Shabat, kashrut, taharat hamishpajá y mikve, tefilá, son la puerta de entrada a la pertenencia y a la inclusión. La igualdad de derechos se obtiene asumiendo la igualdad de obligaciones y responsabilidades.

Pero hubo una pregunta del público que es la que quiero responder: ¿Para qué necesitamos mujeres rabinas? La respuesta que se esbozó estuvo relacionada con las diferencias entre géneros. Necesitaríamos mujeres rabinas porque ellas serían más sensibles que los hombres. Una mujer se sentiría más cómoda consultando sus dificultades personales con la Rabina que con el Rabino. Problemas de pareja, con los hijos, de autoestima, se charlarían mejor entre mujeres. Todo eso es verdad. Entre mujeres nos entendemos mejor, hay temas que pensamos mejor juntas. El judaísmo siempre lo ha entendido. Es necesaria una mujer que sea guía espiritual, que pueda acoger las dificultades de las mujeres de su comunidad, escucharlas con una mirada de género, aconsejar comprendiendo la manera específicamente femenina de ver las cosas. Ese rol ya existe: es la Rebbetzn. No hay nombre para la esposa del ingeniero, del abogado ni del médico. La esposa del Rabino sí tiene nombre, porque posee una función específica. No necesitamos rabinas para eso, ya las tenemos.

¿Para qué necesitamos mujeres rabinas? Por las mismas dos razones que necesitamos ingenieras, abogadas, médicas, empresarias o emprendedoras. Por una parte, porque quizás sea verdad que tenemos una sensibilidad distinta a la de los hombres. Dicen que somos más detallistas, más preocupadas por el lado humano de las cosas, más pacientes, que imprimimos un sello especial a nuestro quehacer. Puede ser. Pero necesitamos mujeres rabinas porque el concepto de inclusión implica no negarle a ningún ser humano la posibilidad de realizarse profesional o personalmente desarrollando su vocación. Y ya casi todo el espectro del mundo judío ha reconocido que la vocación de liderazgo espiritual, educación, inspiración, de amor por Am Israel, no tiene por qué estar restringida solo a la mitad del pueblo judío.

El judaísmo ha sido siempre punta de lanza en los mayores temas éticos y sociales de la humanidad. La santidad de la vida, la igualdad ante la ley, la libertad, la responsabilidad social, son solo algunos de los avances que la influencia judía imprimió en el mundo occidental. En una sociedad donde las mujeres ocupan roles protagónicos en todos los ámbitos, siendo gobernantes, legisladoras, economistas, gerentes de empresas, y activas en las profesiones más diversas, deberíamos evaluar muy seriamente el rol de las mujeres en el liderazgo espiritual de nuestro pueblo.

Por Gachi Waingortin.