Por Gachi Waingortin:

¿Para qué hay tantas religiones diferentes? ¿No sería mejor una sola religión universal?

Hace unos meses tuve la oportunidad de escuchar una conferencia de Xabier Azkoitia Zabaleta, teólogo español que se dedica, entre otras cosas, a la humanización de la medicina. Se trataba de un encuentro pluricultural sobre acompañamiento espiritual al enfermo, donde cristianos de distintas denominaciones, judíos, musulmanes y mapuches aportaban su experiencia en este tema. Parte de la ponencia de Xabier Azkoitia Zabaleta versó sobre cómo potenciar para el bien el contacto interreligioso. ¿Hay una sola religión válida? ¿Podemos convivir las distintas religiones? ¿Podemos tolerarnos o debemos respetarnos? La posmodernidad trae una profundización de los arraigos culturales que genera cada vez más odio e intolerancia. ¿Podemos encontrar el aporte específico e irreemplazable de cada una de las religiones? ¿Cómo podemos honrar nuestras diferencias?

Azkoitia Zabaleta planteó la existencia de cuatro riesgos de deshumanización, contrastados con cuatro claves humanizadoras. El primer riesgo es la negación del otro. Al invalidar al otro, considero que nada de lo que hace es legítimo. Simplemente, no existe. La negación del otro nos lleva al segundo riesgo de deshumanización, que es la apropiación del absoluto. Es asumir que solo lo mío es correcto. Es sentirse el único dueño de la verdad.

Una causa probable de esta apropiación del absoluto sería lo que constituye el tercer riesgo de deshumanización: confundir ícono con ídolo. Un ícono es un signo que representa a un objeto, pero no lo es. Un ídolo, por su parte, es una imagen que representa lo divino, pero a la cual se rinde culto como si fuera la divinidad misma. En un cuento jasídico, el rabino señala a la luna y pregunta a sus estudiantes qué es lo que ven. La respuesta es unánime: “Un dedo”. El dedo apunta a la luna pero no es la luna. Solemos enfocarnos en los ritos como si ellos mismos fueran lo esencial, cuando no son más que dedos que apuntan a algo que está más allá. En esta confusión entre ídolo e ícono, ponemos énfasis en lo que nos separa sin darnos cuenta de que lo que nos une es mucho más profundo de lo que creemos. Hay muchos dedos distintos, pero si todos apuntan a lo trascendente, apuntan todos a lo mismo.

El cuarto riesgo de deshumanización es el fácil sincretismo. El contacto entre las diversas religiones puede hacer que se desdibuje lo esencial de cada una y se intente asimilar particularidades de una cultura en otra. Un ejemplo claro es la absorción por parte del catolicismo de las religiones autóctonas africanas en Brasil. Los dioses africanos adquieren nombres de los santos católicos, con lo que los esclavos pierden su religión particular. Para que haya alteridad debe haber identidad.

Como antídoto, Azkoitia Zabaleta presenta cuatro claves humanizadoras. Tenerlas en cuenta y ejercitarlas es una buena herramienta para construir una sociedad inclusiva y respetuosa. La primera clave es valorar la espiritualidad. El antropólogo Javier Meloni plantea que no es lo mismo religión que espiritualidad. Podemos disentir en cuanto a la religión; no, en lo referente a lo espiritual. La analogía que ocupa es la diferencia entre el vino, la copa y la experiencia de beber. Hay vinos para todos los gustos y gran variedad de recipientes. Pero no es la copa ni el vino lo que importa. Podemos diferenciarnos en cuanto a qué vino o qué copa es mejor, pero lo que sí podemos compartir es la experiencia de beber.

La segunda clave humanizadora es el respeto por el otro. Esto se logra, según Meloni, haciendo silencio. En este sentido, silencio no es la ausencia de ruido, sino la ausencia de ego. Debemos escuchar al otro, intentar conocerlo y comprenderlo, porque los prejuicios y los odios se terminarán cuando cada uno pueda ver al otro como el otro se ve a sí mismo. Para eso hay que hacer silencio y aprender a escuchar.

La tercera clave viene como consecuencia y es la comprensión de que lo verdaderamente humano es la diversidad. Un antiguo relato cuenta que aparece un elefante en un pueblo de ciegos. Todos se acercan y lo palpan. Un grupo dice que el elefante es un gran globo suspendido en el aire, y discute con otro que afirma que se trata de un pilar grueso y rugoso. Otros plantean que están todos equivocados, pues el elefante es una especie de paño redondo; se les oponen quienes expresan que se trata de una soga. Un último grupo declara la guerra a todos pues el elefante es una gran aguja curva. Es inútil intentar convencer a los demás: todos tienen razón y ninguno la tiene. La verdad está en la diversidad, en la sumatoria de todas las percepciones.

Y esto nos lleva a la cuarta clave, el encuentro. La capacidad de comprender que somos una única humanidad en un único planeta y que cada visión diferente ofrece un aporte imprescindible. Podemos disentir, podemos ver el mundo de formas distintas. Pero viviríamos mucho mejor si cada uno tuviera su identidad clara y firme, aceptando a la vez que el otro tenga la suya. Como se sugiere en la película de Claude Lelouch, si cada uno es el otro para uno, y también somos uno para los otros, lo mejor es pedir ayuda a los otros.

Estas reflexiones podrían perfectamente extrapolarse a las diferencias internas entre miembros de un mismo grupo. En estos tiempos de consagración de los extremos, es un buen ejercicio analizar cómo podemos ser nosotros mismos y a la vez nutrirnos del contacto con quienes piensan diferente. También mi hermano puede ser otro a quien debo respetar.

Por Gachi Waingortin.