Arde internet:

Odio en las redes sociales

La irrupción de las redes sociales ha permitido acercar a las personas pero ha hecho surgir desafíos que han tomado a todo el mundo por sorpresa. Su rápida masificación, el acceso que prácticamente todos tienen a ellas, la capacidad de emitir opiniones y dirigirse directamente a figuras públicas siendo una persona común, ha generado espacios de diálogo, de gran riqueza democrática y capacidad de organizarse en torno a ideales comunes de modo eficaz.

Pero no todo ha sido positivo y a ese aspecto dedico este artículo.

Todos hemos leído, o recibido, el odio brutal y virulento en redes sociales, en nuestro caso en forma de antisemitismo, de una manera que no habíamos enfrentado desde la época nazi, o bien como la demonización y deslegitimización al derecho de existir de un solo país del mundo, Israel.

Pero las redes sociales también han emitido comentarios violentos hacia cientos de personajes públicos.

Muchas personas han llegado a perder su trabajo cuando se cruza el límite de la tolerancia de los comentaristas, porque este nuevo circo romano lo exige y no dejan de gritar hasta que esa persona es eliminada, la mayoría de las veces sin mediar ningún tipo de investigación sobre su actuar. También cabe mencionar a los adolescentes que han cometido suicidio recientemente producto del “cyberbullying”.

En pos de la libertad de expresión y tal vez por criterios economicistas, los dueños de las redes sociales se niegan a ejercer algún control sobre quienes emiten ese tipo de opiniones, pero lo más preocupante es que la sociedad que observa esto pasivamente, tampoco lo hace. Posiblemente porque estos grupos actúan como un tipo de censura que solo permite la expresión de su opinión intolerante. El periodista español Juan Soto Ivars en su interesante ensayo: Arden las redes sociales (2017), nos introduce en las razones que explican el preocupante fenómeno de post-censura.

Dice Juan Soto Ivars, y citaré diversos extractos relevantes de su libro a continuación, que la llegada de internet se presentó como la conquista suprema de la libertad, cualquier ciudadano de los estados democráticos podía expresar su opinión sin correr demasiados riesgos judiciales.

Los colectivos de las redes sociales funcionan como un grupo de poder que monopoliza la opinión y persigue a sus detractores, las víctimas no son solamente los perseguidos, sino toda la sociedad, que pierde su derecho a la información plural.

En las redes sociales para ser mi amigo, primero que todo tienes que demostrar que odias mucho a todos mis enemigos.

Alguien que duda o matiza se enfrenta a una fuerza muy poderosa, la camaradería. Los militantes de la guerra cultural son todos camaradas, lo que, según Sebastian Haffner, es sinónimo de entregar el pensamiento crítico al grupo y disolverlo.

Esto hace de la postcensura un fenómeno peligroso y arbitrario.

La comunidad de las redes ni siquiera acepta una disculpa del afectado, queda claro que lo que busca la turba es la destrucción.

¿Por qué nos pasa esto en las redes sociales? ¿Somos realmente tan crueles? El autor cree que no.

Plantea que seguramente los usuarios de las redes sociales son buenas personas, pero el linchamiento los convierte en lo peor que pueden llegar a ser.

La sensación vibrante de victoria al hacer daño a otra persona se explica en virtud de un fenómeno psicológico llamado «disonancia cognitiva». Jon Ronson lo relaciona con el linchamiento en las redes, y cuenta que mediante la disonancia cognitiva atribuimos a nuestro enemigo cualidades infrahumanas, lo que nos permitirá humillarlo con una crueldad que reprimiríamos si percibiéramos a nuestra víctima como una persona real. Además, la camaradería del linchamiento nos coloca en medio de un grupo que nos premia por nuestras ocurrencias más crueles.

Vivimos en una sociedad de la mutua vigilancia. Todos somos censores para el resto. En este ambiente represivo, en el que todo está permitido y al mismo tiempo todo lo que digas puede volverse en tu contra, quien no quiere meterse en líos acaba callándose. Y así es como prevalece solo una mirada, la del grupo agresivo.

Es indispensable que cada uno de nosotros marque una diferencia y evite caer en agresiones y descalificaciones que ensombrezcan aun más el ambiente virtual. Tal vez sea posible ayudar a mejorar en alguna medida esta tendencia, insertando un mensaje positivo que contrarreste los comentarios agresivos, porque sabemos demasiado bien lo que puede suceder cuando el odio esta fuera de control, con la agravante de poder diseminarse y generar violencia, de manera incendiaria, como podría suceder en las redes sociales.

Cada uno de nosotros importa a la hora de exigir una legislación moderna que impida emitir comentarios que incitan al odio o la violencia tan libremente y sin consecuencias. Regular las redes tomará algún tiempo, pero será inevitable hacerlo.

Por Perla Calderón Herschman.