Nueva vida para el djudeo-espanyol

“Veni selebraremos el Sigundo Diya Internasional del Ladino el diya 22 de desembre 2014 a las sesh de la tadre en la Universitad Ebrea de Yerushalayim. Denpues asender la setena kandelika de Hanuka meldaremos, kantaremos i mos alegraremos endjuntos!”. Ese fue el mensaje que recibí y asistí de curioso.

En esa fecha “elevos i maestros del djudezmo/ladino” se reunieron en todo el mundo para celebrar el Día Internacional del Ladino. En Jerusalén una docena de entusiastas se dieron a una actividad organizada por Katja Smid, hispanista eslovena y profesora de ladino.

Se trató de un ejercicio hecho por sus participantes más que un acto, varios de ellos menores de 30 años. Por ejemplo, el joven paleógrafo Peter Nahon cantó y tocó el oud. La medievalista Tina Rute leyó unos pasajes de “El Princhipiko”, en su nueva edición en alfabeto rashi; y el vienés Martín Stechauner nos sorprendió con la lectura del “El Koreo de Viena sobre Hanuka” en un estilo muy ‘yeke’.

El pueblo judío tiene una relación dinámica con el lenguaje. Comprender la relación judía con el lenguaje es una ventana a la identidad judía y a la continuidad, le escuché decir hace algún tiempo a Gabriela Gateño, coordinadora de extensión de la Universidad del Desarrollo.

El lingüista David Bunis, uno de los principales expertos mundiales en lenguas judía explica que el “ladino oriental” con su base otomana todavía es hablado por unas 100 mil personas en el mundo y unas 50 mil en Israel. Haketia o “ladino occidental” con base en Marruecos, está prácticamente extinto.

¿Podrá sobrevivir el ladino en Chile?

Para que una lengua sobreviva debe ser relevante para una gran población. En un proceso de desgaste los judíos chilenos hemos perdido ya otros idiomas en el pasado,

incluyendo el litvish, el árabe y el judeo-griego, lenguas que hablaron algunas familias hasta los años 60s.

Hay una serie de razones para la caída del ladino. Por ejemplo, en Monastir fueron diezmados por el Holocausto; en Izmir se debilitó inicialmente por la red de escuelas

francesas, la lengua de la élite. Esto alteró el ladino en una mezcla conocida como judeo-fragnol, que es el que se habló en Temuco, donde su semejanza con el castellano hizo difícil mantener la separación.

Las reformas de la moderna Turquía secular marcaron el fin del ladino, el francés y el rashi. A diferencia del idish, que es todavía utilizado por decenas de miles de familias jaredím, el ladino apenas es usado por los niños.

Sin embargo, desde la patria del hebreo las cosas están cambiando. La enorme comunidad sefardí ha creado una internacional Autorirad Nasyonala del Ladino y cuatro universidades ofrecen programas de enseñanza.

El nuevo libro de Sarah Bunin Benor “Becoming Frum: How Newcomers Learn the Language and Culture of Orthodox Judaism” (Rutgers, 2012) muestra cómo las lenguas judías pueden marcar nuevas identidades.

El lenguaje está siempre conectado de forma inextricable con la identidad.

Benor ofrece un análisis de los ba’ale teshuvá, aquellos judíos menos observantes que retornan a la práctica religiosa ortodoxa y que conlleva un proceso lingüístico y cultural de “llegar a ser” que siempre resulta hibrido, pero significativo. Ella demuestra que lo que decimos y cómo lo decimos, ayuda a definir quiénes somos y dónde encajamos en nuestra comunidad.

¿Podrá el judezmo experimentar una reinvención cultural, a escala de la reactivación actual del idish? Mi argumento es que el idish ha permitido nuevas expresiones creativas de identidad judía y filiación cultural de no judíos en todo el mundo, y sin asociación a una kehilá determinada. Nada impide que con el ladino ocurra lo mismo.

Por Jorge Zeballos Stepankowsky

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