Por Sergio Herskovits, Director General del Instituto Hebreo.

No somos ranas. Somos leones

Cuando arrojamos una rana en una olla de agua muy caliente, el animalito escapa de esta amenaza casi instantáneamente. Por el contrario, si el agua está fría y echamos otra rana a esa olla, esta se quedará disfrutando de una buena sesión de natación. Sin embargo, para nuestro estudio, vamos aumentando el calor del agua de manera progresiva; la rana no sentirá ninguna amenaza sino que por el contrario se adaptará al cambio sin percibir que su vida se está poniendo en peligro y que finalmente morirá.

Es muy común recurrir a la fábula de esta pobre rana para explicar nuestra capacidad (o incapacidad) para tomar conciencia de cambios que nos pone exponen a nuevos peligros. Esto es precisamente lo que está ocurriendo a nivel global frente a la mutación lenta, pero continua, del antisemitismo.

Esta enfermedad social, tal como lo hacen los virus, va mutando en el tiempo según la época, pero se define como el odio o aversión contra los judíos o el judaísmo. Se ha discutido entre los historiadores acerca de cuándo se produjo el origen de este fenómeno. Si bien existen diversas teorías, la mayoría coincide en que los ideólogos fueron La Patrística, a través de lo que Jules Isaac denomina “la enseñanza del desprecio”. Bajo la acusación de ser el pueblo deicida (asesino de D-s) nuestro castigo sería ser malditos y víctimas de males eternos. Este es el antisemitismo religioso. Gracias a D-s esta tipología de antisemitismo está en retirada, en especial luego del camino iniciado por el Concilio Vaticano II (1962-1965) en que se produjo un cambio teológico que no solo eliminó la responsabilidad judía en la muerte de Jesús, sino que también estimuló el diálogo interreligioso.

En el siglo XIX surge con fuerza una mutación del virus y se desarrolla la idea del antisemitismo racial. Los nacionalismos europeos (si, nuevamente Europa) sostenían que los judíos éramos una raza (ya no más una religión) y que genéticamente estábamos impulsados a tener comportamientos que perjudicaban a las naciones que tan generosamente nos acogían. A diferencia del antisemitismo original que se “curaba” con la conversión, el racista era un laberinto sin salida. No había forma de escapar de él, por lo que se llegó a la tragedia más grande de la humanidad que fue la Shoá, ya que solo a través de la muerte la nación aria se podría liberar de la “raza judía”.

Como imaginará el lector de La Palabra Israelita, sería políticamente incorrecto frente a la opinión pública del siglo XXI, acusarnos a los judíos de deicidas o raza maldita. Por lo tanto el virus debió mutar y se transformó en antisemitismo anti sionista. Hoy, la culpa de todos los males de la humanidad es el único e híper diminuto Estado de Israel. Allí donde se habla el idioma judío, se celebran las fiestas judías, se vive por el calendario judío. Los antisemitas anti sionistas llegan al extremo de celebrar el último “fracaso” lunar de la nave Beresheet. Por supuesto que, afirman, es posible liberarse de este terrible mal a través de la desaparición del Estado de Israel.

Aunque parezca contradictorio con esta descripción, los judíos de esta época somos privilegiados. Gozamos de libertades que nuestros antepasados jamás hubieran imaginado tener. Podemos estudiar en universidades sin cupos ni conversiones, ocupamos cargos públicos de alto nivel, desarrollamos una vida judía comunitaria de alta intensidad. Somos fuertes como pocas veces antes en la historia.

Sin embargo, no podemos confundirnos. Cada vez es más barato hacer manifestaciones de odio contra nuestro pueblo a través del antisemitismo antisionista. Durante el año 2018 se produjo la mayor cantidad de episodios antisemitas desde 1990. En países como Croacia, Polonia, Hungría, Lituania y Letonia se desarrollan políticas para minimizar la participación de la población durante la Shoá. En Chile nos sorprendimos durante la última agresión a Israel desde Gaza con reacciones de odio hacia los judíos por parte de personas supuestamente “razonables”.

No es intención de estas líneas presentar una postura paranoica en que nadie nos quiere y todos nos persiguen. Muy por el contrario, el mundo ha aprendido mucho y la mayoría de las personas no son antisemitas.

Sin embargo, existen bolsones de odio en las sociedades occidentales y hemos aprendido que nuestro destino no puede ser el de la pobre ranita que muere sin entender que el agua se está calentando.

Tampoco podemos dar por hecho que toda la humanidad aprenderá. Nuestro modelo de inspiración es el del Estado de Israel en que a pesar de los obstáculos se hace cada día más fuerte. Como judíos que vivimos en la diáspora, integrados plenamente a la vida de Chile democrático y plural, debemos participar desde nuestra identidad particular con una posición de suma fortaleza, siendo implacables con cada acto que intente menoscabar a nuestro pueblo.

No tengan dudas que el virus volverá a mutar y atacará de nuevo… pero enfrente encontrará a un león que no lo dejará en paz mientras la semilla del odio nos aceche.

 

Por Sergio Herskovits, Director General del Instituto Hebreo.