Del libro “Napoleón en Vilna y otros cuentos judíos”:

Misioneros de la Araucania

Debo comenzar esta vez con la manida frase del cine y la televisión; “Cualquier personaje de este cuento es ficción y todo parecido con alguien, vivo o muerto, es una coincidencia extrema de la que no nos hacemos responsables”.

Cuatro muchachos estudiaban para rabinos (¡qué profesión tan extraña para un joven judío, existiendo medicina, ingeniería, etc.!) en la famosa Yeshivá reformista Hebrew Union College, de Cincinnati. Estaban por egresar del seminario y les faltaba sólo la memoria para recibirse.

De tanto estudiar Cabalá y el Zohar, para lo cual no tenían la madurez y los conocimientos necesarios, a estos quijotes cohanim se les metió entre ceja y ceja que los araucanos de Chile descendían de una de las diez tribus perdidas. Y cuando a alguien le entra la mishugas, especialmente si es un judío akshn(1) todo lo ven bajo el prisma de su teorema. La bravura de esos aborígenes sureños era señal que pertenecían- a una tribu muy guerrera. El querer mantener sus tradiciones y su etnicidad, a toda costa, era otra muestra. Mientras en Perú, Bolivia y México los indios se habían sometido fácilmente, los de nuestro país ejecutaron al principal conquistador, don Pedro de Valdivia; seguramente descendían de israelitas. Se confundieron aún más con unas crónicas que relataban la existencia de marranos en esa zona, en las estribaciones de los Andes, en Cunco, Cumpeó, Curacautín, etc. Pero éstos eran conquistadores que huían de la Inquisición y querían practicar en secreto su religión tan perseguida por los hispanos. Pero cuando se produjo la Independencia de Israel en 1948, un grupo de la gran mayoría de ellos, cerca de cien familias hicieron aliá. Les ha ido muy bien porque son agricultores experimentados o artesanos. En Israel hace falta gente de estos oficios, más que músicos, doctores en medicina o filosofía, etc.

Para hacer su memoria, los cuatro norteamericanos solicitaron un “grant”, es decir, una subvención en dinero. Los directivos de la Yeshivá rechazaron la petición porque los argumentos eran débiles. Entonces los padres contribuyeron para tan fascinante misión.

Llegados a Chile los memorialistas se dirigieron en bus a Temuco, desde donde partieron a Fresia, Capitán Pastene, Curacautín, etc. Contrataron a un intérprete que sabía algo de inglés, además de español y la lengua araucana. Cuando se entrevistaron con los caciques, que desconfiaban de los blancos criollos, los jefes de las tribus captaron que estos cuatro gringos chiflados tenían buenas intenciones y no venían a explotarlos. Cuando les explicaron los trece principios de la fe, descritos por Maimónides, les gustó la idea de “volver” al pueblo elegido por D’s. Por su parte, los seminaristas, cuando observaban el juego de la chueca, lo encontraban parecido a un deporte de los antiguos israelitas.

Otro argumento ante sus ojos era que las ramadas dieciocheras se parecían a las cabañas festivas de Sucot. Jóvenes y empecinados, ¡qué fuerte combinación!

Encontraron que los caciques descendían de los cohanim y seguían escribiendo su memoria colectiva, cada vez más convencidos que se recibirían con distinción máxima (suma cum laude).

Al más porfiado de los candidatos a Rabino se le ocurrió empezar a convertir a estos valientes indios. Después de algunos días decidieron constituirse en un Beit Din(2) y empezaron a convertir a los caciques y otros aborígenes. Estos documentos formarían parte de la memoria.

Después de reunir más antecedentes decidieron que su tesis era una maravilla y regresaron a Estados Unidos.

Gran fiesta con los padres, que estaban ansiosos de asistir a la ceremonia de graduación y entrega de la Smeijah (diploma de rabino).

Se reunió el consejo directivo de la yeshivá y examinó cuidadosamente la tesis de los cuatro viajeros al extremo sur de América Latina. Pensaban que después de tanto esfuerzo y gastos de los padres, la memoria sería algo fuera de lo común. Encontraron que los argumentos eran a priori y no había ninguna prueba material que los heroicos araucanos fueran descendientes de las tribus perdidas, sino planteamientos subjetivos. Revisaron todo el legajo una y otra vez, ya que junto a las fotocopias de los certificados de conversión debería estar un importantísimo documento.

Mandaron llamar a los seminaristas y los rabinos-profesores se empezaron a alarmar.

– Jóvenes, en esta memoria falta un documento fundamental.

Ellos no lo captaron e insistían que estaba completa.

—Ustedes hicieron cualquier cantidad de conversiones y aquí falta un certificado esencial —dijeron los decanos.

—En realidad no sabemos qué es lo que ustedes nos están exigiendo —contestó el alumno egresado que hacía de cabeza de los cuatro.

—No puede ser que no lo comprendan. Por tal razón rechazamos la memoria, y como castigo les obligaremos a repetir el último año para que capten que aquí falta una autorización básica.

Los egresados se pusieron pálidos y les rogaron que les explicaran por qué habían adoptado una medida tan inaudita. Rechazo de las memorias habían sucedido varias veces, pero un castigo tan ejemplar era el primero que habían oído.

—Escuchen bien, atado de burros, seremos reformistas, pero no ignorantes. Por obligación de la ley judía y el derejeretz,(3) ustedes debieron, en un país ajeno, y en una comunidad legítima, haber solicitado un permiso escrito al presidente y al secretario general, firmado por ellos y con el timbre institucional de la digna Kehilá sureña, antes de efectuar cualquier conversión.

1) Porfiado.
2)Tribunal rabínico que confirma las conversiones.
3) Respeto, caballerosidad.

Por Benny Pilowsky Roffe