Por Juan Flores:

Memoria y olvido: La lucha por existir

Ana Frank, poco antes de su muerte, escribe en su diario: “Nosotros los jóvenes tenemos que hacer doble esfuerzo para mantener nuestras opiniones, en esta época en que todo idealismo ha sido aplastado y destruido, en que los hombres revelan su lado peor..”. Estas palabras resaltan en momentos extremos y precarios el valor de mantener y sostener una identidad, una utopía y la confianza en un mundo mejor. Un papel central lo cumple la memoria, sumado al recuerdo activo y a los procesos de elaboración, para modificar lo traumático y disponerlo en una dimensión ética de un nunca más.

Memoria y olvido se pueden entender como pertenecientes a un continuo en la existencia humana. Un recuerdo se nos puede imponer persecutoriamente (como es el caso del trauma), en que a pesar de querer olvidar lo acontecido no lo podemos hacer. A veces por el contrario, a pesar de nuestros esfuerzos, no podemos recordar algo que sabemos, porque se nos escapa de la conciencia.

La memoria colectiva de un pueblo está sujeta a determinaciones que también pueden vincularse a lo que sucede en los procesos individuales. Memoria individual y memoria colectiva son fundamentalmente construcciones a partir de la interacción de hechos leídos y conceptualizados por actos de palabras. Es por ello que es la transmisión lo que permite generar, al decir de Yerushalmi, “lugares de memoria” contra todo lo que amenaza por hacerlos sucumbir. “….un pueblo olvida cuando la generación poseedora del pasado no lo transmite a la siguiente, o cuando esta rechaza lo que recibió o cesa de transmitirlo a su vez, lo que viene a ser lo mismo.”

Debido a esto es que el establecimiento de “memorias” es un trabajo permanente, y es por lo tanto, un campo de lucha contra aquellas fuerzas que la pretenden negar o diluir. Así nos señala S. Stern: “La historia de la memoria y el olvido colectivo es un proceso de deseo y de lucha para construir las memorias emblemáticas, culturalmente y políticamente influyentes y hasta hegemónicas”. Cuando los aparatos del Estado o de cualquier poder u oficialidad no ejercen justicia o la negocian, provocan que el relato de la memoria, que posee un fin reparatorio de la experiencia traumante, no acceda a una existencia oficial y por lo tanto a la inscripción simbólica de la situación. Éste entonces circulará como un relato clandestino que impide el paso de las historias privadas a la esfera de lo público. Más allá de la sanción manifiesta de justicia es preciso el reconocimiento de las responsabilidades colectivas que pudieran haber existido en la pasividad, complicidad u omisión de las acciones necesarias para oponerse y denunciar a la destrucción. Es por ello que Milmaniene plantea en relación a la Shoá que “Nuestro anhelo (de los judíos) es contribuir a escribir-inscribir simbólicamente la máxima expresión de lo real que ha invadido la escena histórica, para que las nuevas generaciones estén advertidas y puedan combatir sin vacilaciones a todos aquellos que hacen del odio y la muerte su única causa.”. “Preservar la memoria, testimoniar el horror de la Shoá y transmitir la verdad que se desprende acerca de la condición humana a partir de tamaña claudicación ética, configura una auténtica mitzvá.”. El no ejercicio de una acción permanente de trabajo de memoria, permite como señala R.Kaës, la emergencia de pactos denegativos inconscientes, que actúan de forma similar a las defensas psíquicas individuales, generando sujetos extraños a su propia historia e intentando a través de relatos “oficiales” instaurar el borramiento y negación de las experiencias de las víctimas.

Los testigos serán los voceros de la memoria que se intenta modificar y ejercerán una fuerza constante sobre lo negado. Por ello que la difusión de sus voces y el recuerdo activo de sus historias, debe circular contra un estado de cosas al cual le es necesario el olvido y el blanqueamiento de lo acontecido.

En el duelo individual es necesario sacar de la fosa común (lo que está sin nombre en el mundo interno) lo reprimido o negado, para rescatar y poder identificar y de esta forma olvidar sanamente. En lo colectivo es necesario reconocer públicamente a los dañados e insertar su nombre en el itinerario de un proceso. Esto ayuda a la inscripción simbólica necesaria para que se ligue a un sentido posible el horror sufrido. Nombrar, no significa solamente la sonoridad de los fonemas que apellidaban a un muerto o a un desaparecido, significa “adquirir un nombre”, es decir, construcción de identidad de un pueblo que se reconoce en los que ya no están y que percibe la continuidad de la existencia actual con los que ya no podrán presenciarla. “Recordar nunca olvidar” es el lema que da cuenta de la necesidad de salir del secreto o del anonimato, de tal manera que las experiencias del pasado se inscriban en toda constitución de futuro, haciendo que la memoria se vincule así a un porvenir posible.

 

Por Juan Flores.