¿Es el psicoanálisis una historia judía?:

Lo extraño y familiar a la vez (lo ominoso). Judío, no judío

Judío y no judío, el par contenido en la unidad de la expresión, nombra “extranjerías” en la cultura. Extranjería delimitada por lo que con Nietzche podemos llamar “la verdad no cristiana”. Hay verdad judía, entre otras, en el “no cristiana “que aparece en la persistencia histórica de la judeofobia, es así como lo judío brota con el nombre que asumió la representación de la diferencia, o lo Otro de la verdad cristiana Entre una extranjería y la otra, lo judío y lo no judío, no hay oposición, sino una inclusión recíproca por momentos rechazada o desestimada. Este rechazo provoca la emergencia de la discriminación.

Diferenciamos lo judío (nombre de las diferencias), del judaísmo (acontecimiento religioso-político antiguo) y de los judíos (seres concretos arraigados a múltiples identidades). El significante judío (llámese significante al nombre o a la representación sin contenido o sin significado) devela la estructura misma de la conformación de los lazos sociales, lazos que albergan la exterioridad inmanente de lo extranjero, del xenos, del guer.

Digamos que lo judío es el síntoma–borde entre varias culturas. Si es un borde, entonces es el significante que nombra una diferencia discriminante que en determinados momentos de la historia es conducida y degradada hacia la encarnadura del objeto expiatorio. Lo judío-síntoma es el símbolo de un exilio de estructura, de génesis del judaísmo, o sea, el síntoma judío constituye el velo simbólico de un olvido original. Judío es el nombre de un pacto de inclusión–exclusión de lo no–judío lógicamente anterior y posterior. Esta idea tiene consecuencias ético–políticas pues incorpora el pensamiento de que el no-ser es; además permite comprender por qué el fanatismo xenófobo se funda en el aniquilamiento de la existencia del no-ser, no ser que incomoda a las certidumbres y las creencias omnímodas.

El judaísmo proviene de un exilio genérico, de una emigración indefinible (de tribus errantes, extranjeras en Egipto y no sólo esclavos del Faraón), luego es impensable lo judío sin lo no judío (lo no judío del mundo antiguo, medieval y moderno).

Acorde con esa procedencia de extranjería genérica, las referencias míticas e históricas señalan a los judíos como un pueblo que se va conformando en la medida de un paulatino discriminarse del paganismo, el sacrificio humano y la poligamia, discriminación procedente del ansia de justicia, ley y libertad de la humanidad en sí.

Discriminar es equivalente a discernir y a escoger, a escindir o arrojar fuera. Los sentidos pueden virar al biendecir que efectúa un sujeto solidario consigo y con los demás, o el maldecir que denosta para dominar o aniquilar al semejante.

Al discriminarse la verdad monoteísta del pensamiento circundante, expulsó de sí un resto, y lo nominó “guer”: no somos eso. Esta es una operación fundacional con efectos en la constelación monoteísta judía y no judía, y en la constelación simbólica de la cultura: inscripción del somos y del somos lo que no somos más.

Separarse de la enajenación, en sus múltiples facetas, requiere de una violencia acotada y desnaturalizada, o sea, simbólica, para poder aceptar la singularidad de lo propio y del otro familiar y extraño, es la definición de Lo Ominoso o Lo Siniestro en Freud, lo monstruosamente extraño y familiar a la vez.

Abraham y Moisés- según Las Sagradas Escrituras- eran ya poseedores del concepto de Guer: extranjero, con la connotación bivalente de lo que me es extraño y para lo que soy un extraño. Otro significado de guer es “converso”, significado atribuido – en los principios del agrupamiento político-religioso-comunitario judío – al no judío que abrazaba la ley monoteísta y los preceptos de convivencia. El cumplimiento de estas reglas de con-vivencia (de vida vivenciada en grupo y compartida) incluía a lo converso, excluía lo no judío e instituía lo judío como algo propio.

En el mundo griego la xenia -pacto y hospitalidad-, deriva de otra palabra griega: xenos, extraño, ajeno, extraño y a la vez huésped. Es decir, lo extranjero habita el espacio de lo conocido en tanto se aloja como huésped desconocido, luego el extranjero no es un ser extranjero. Hay un ser del no-ser denominado extranjero, que se encuentra frente a frente en el ámbito de lo familiar, ser de no ser que se torna insoportable, por lo cual se lo intenta aniquilar traspasado el marco alojante. La creencia xenófoba que adormecida bajo el “techo” del pacto de hospitalidad, se despierta inexorable más allá de los lindes simbólicos. Fuera del pacto se extiende el campo de la muerte.

El problema de la segregación, la xenofobia y la discriminación se desata cuando el techo que alberga la hospitalidad, se reduce de tal modo, que en una misma nación, pueblo, vecindario u hogar, el xenos se presenta como la amenaza de un espectro, de algo que resucita o vuelve de los infiernos: lo atroz sin velo y sin alma.

En La genealogía de la moral Nietzche dice: “Existe la verdad no cristiana”. Si hay una verdad no cristiana, hay una verdad no judía, no musulmana. La verdad cristiana se constituyó extranjerizando al judaísmo de su seno, o sea, exilió a la verdad no cristiana ya instituida: lo judío, lo griego, el confusionismo, etc. lo cual implica que el judaísmo no se opone al cristianismo sino que queda por fuera de él y, al mismo tiempo, incorporado ambivalentemente a él: incorporado tanto por amor como expulsado por odio a ese amor. Así el amor no se opone al odio, sino que se odia el amor al odio tanto como se ama el odio al amor. Extrañas combinatorias entre amor y odio que el descubrimiento del inconsciente -desde Freud- permitió develar.

La negación explícita en la aseveración de Nietzche: no cristiano, es una negación compleja, pues afirma dos existencias: la propia y la ajena; circunscribe un territorio y lo existe a él. Lo yo y lo no yo. Esta separación no es posible sin la idea de un Trauma Primordial olvidado que ha dejado huellas inolvidables.

La extranjería simbólica judía se funda en la escritura de un logos político-social-religioso: el Testamento, es decir, la Herencia. Tras el tiempo de consolidación del monoteísmo quedaron sepultados los orígenes no-judíos del judaísmo, justamente aquellos de los cuales aún el pueblo se discrimina y por los cuales los judíos aún son discriminados. Lo no-judío sepultado retorna como miedo a la asimilación o reconversión a otros credos.

Los seres hablantes reducimos el sufrimiento que el pago de la deuda de los orígenes y ancestros acarrea, simbolizando la inconsistencia de los ideales de libertad, ley, saber, justicia y verdad. Cualquier significante absolutizado por la religión, la moral, la ideología, la filosofía, es en sí traumáticamente totalitario. Por ello, que Moisés fuera enterrado fuera de Canaán y se transformara en mero transmisor de la Ley, lo liga a la dimensión humana de la verdad y de la ley. La muerte no es la muerte, si funda una genealogía y si esta recibe el legado.

El pueblo judío, amante de la ley –soportada esta en el nombre de Moisés, “un padre”-, no deja de padecer por ese amor, transferencia imaginaria del amor a Dios hacia Moisés, vehículo de esa transferencia. Entonces debe existir algún nexo inconsciente entre este discriminarse originario y la discriminación de la que el pueblo fue objeto, entre la desgarradura sufrida con la fragmentación del monoteísmo y la diseminación de los judíos por la tierra. Ese nexo puede ser un fantasma compartido por la fuerza suficiente como para invertir el deseo de paternidad simbólica y filiación en repetición de la segregación. ¿Será posible revertir este fantasma-destino de la judeofobia?.

(Parte I)

Referencia general:
Goldstein, M. (2006). Xenofobias, terror y violencia. Erótica de la crueldad. Lugar Editorial, Buenos Aires.

Citas:
Nietzche, F. (2003) La genealogía de la moral. Gradifco. Buenos Aires, p.28.
Freud, S (1919). Lo ominoso. Amorrortu Ed. Buenos Aires.

Por Eduardo Gomberoff Soltanovich.
Psicoanalista, Psicoterapeuta y Académico chileno.
Contacto: eduardogomberoff@gmail.com