Del libro “Napoleón en Vilna y otros cuentos judíos”:

La Sociedad Cientifica chez Hans

Cuando fui presidente del CREJ tuve un colaborador extraordinario en un judío alemán, Hans. Era un magnate de la industria de la confección y tenía una cadena de negocios en los principales centros comerciales.

Lo que más apreciaba de él era que, aunque era un hombre cuyo tiempo era muy valioso, siempre podía contar con él. Como me gusta divagar, me acordaba de mis tiempos en el Instituto Nacional, cuando corrían chismes de los inmigrantes
judeo-germanos, que arrendaban toallas y otras leseras.

La verdad es que los judíos teutones crearon aquí la industria del vestuario, para uno y otro sexo. Si hubiera gratitud habría que sacarles el sombrero. Antes no había ropa bien hecha en Chile, puras “shmates”. Porque la ropa buena se hacía de medida. Nuestros correligionarios, que huían de Hitler, trajeron las industrias de mayor valor agregado, que dieron sustento a miles de chilenos y convirtieron a nuestro país en la primera nación latinoamericana en materia de vestuario en serie.

Terminó mi período en el CREJ y dejé de ver a Hans. Lo encontré el otro día y me invitó a almorzar. Me dijo que leía con agrado mis historias y quería contarme asuntos de su vida, que me servirían para tema de un cuento. Quedamos de juntamos al día siguiente y con bastante tiempo en un lujoso lugar.

Los judíos europeos no acostumbran invitar así no más a su casa. Quizás no quería que su esposa escuchara lo que me iba a relatar.

Antes de despedimos, le dije: “Sácame de una duda, Hans. No es que me crea el profesor Higgins de “Pigmalión”, pero tu acento en alemán es extraño, en cambio tu idish es perfecto”.

—Takeh (1), nací en Polonia y de joven viajé a vivir a Alemania — me contestó. Por eso fui de los primeros en ser perseguido por los nazis. Nos quitaron la ciudadanía alemana, a mi familia y a mí, por ser
Ostjuden (2). Ellos inventaron la trampa de despojarles de la ciudadanía por razones raciales. Mañana te abriré mi corazón. Al día siguiente nos juntamos en un sitio donde el había reservado un rincón tranquilo.

—Mis padres eran de cerca de Cracovia. Eran muy observantes — así empezó la historia de su familia. Eran “demócratas judíos” y quisieron tener los hijos que Elohim quisiera darles. Fuimos once hermanos, yo era uno de los mayores.
Mi padre era un poretz (3). No hay que ser Einstein para deducir que en materias económicas, todo es relativo. Un hombre de fortuna en Polonia era, como ejemplo, alguien que ganaba dos mil dólares al mes, cuando la mayoría de los judíos apenas alcanzaba los cincuenta.

—Mi progenitor arrendaba a los papis (4) sus bosques y como era un experto en los negocios de madera, tenía excelentes ingresos sin invertir mucho capital.

—Hubieras visto cómo gozaban mis padres en las cenas sabáticas, los cumpleaños y las fiestas hebreas. Su casa se llenaba de hijos, yernos, nueras, nietos y después bisnietos. La felicidad familiar era desbordante. Por eso yo también quise tener una familia grande. Pero corrían tiempos difíciles y tuvimos dos hijos en Alemania. Una vez que me aseguré la “parnasá”(sustento), vinieron al mundo dos hijos chilenos. Sin embargo, a pesar que mis ingresos superaban largamente a los de mi padre, no tengo “najes”(alegría) de la vida familiar.

—¿Cómo puedes decir eso, Hans? ¿No estarás exagerando un poco?

— Mira — me dice — mi mujer y yo nos sentamos a la mesa en un ambiente frío, donde sólo se oyen frases académicas. Por suerte mis hijos no se han asimilado, pero tampoco me han dado nietos. Tienen relaciones esporádicas y ninguno se ha casado. Se dedican sólo al estudio profesional (ojalá fuera el de las sagradas escrituras). El mayor es doctor en Filosofía y lo único que ambiciona es ir a París a un postgrado en La Sorbonne. Menos mal que el segundo es ingeniero comercial y pensé que me ayudaría en mis negocios. Nada de eso. “Papá me dice — no quiero ser tendero, aspiro a doctorarme en Harvard. No seas tan materialista, viejo. Déjame hacer lo que me gusta”. ¿Ves porqué no tengo farguenign(5) en mi vida de familia? Ninguno de ellos está capacitado para ganarse unos groshn(6).

—Mi hija, la tercera, está por doctorarse en lenguas antiguas y sabe griego, latín, persa y hebreo (pero no como Lashón Hakodesh)(7). Está pensando en estudiar chino, el idioma del futuro, según ella. Tiene escritas varias tesis. Dime, Beny ¿quién va a querer casarse con una sabihonda como ella? Quiere viajar al oriente para estudiar más idiomas. Para eso el papá tiene. No saben que la fortuna es redonda y si viene una crisis como la que vivimos antes, uno puede arruinarse, salvo unas inversiones en el exterior, por si acaso. Eso alcanzaría para nuestra vejez, pero no para el “Instituto de Ciencias” que tengo en mi casa.

— Mi hija menor ha estudiado Historia de las Artes y quiere ser pintora, a pesar que no tiene condiciones. Sueñá, también, con ir a estudiar a París y practicar en la Place du Tertre.

—Dime, nu, ¿quién va a atender mis empresas cuando estos miembros del “Instituto de Ciencias” le hacen asco al trabajo y sólo piensan en “perfeccionarse” o escribir libros académicos que los hagan pasar a la posteridad? Pero peor sería — dice mi Berta — que fueran unos flojos play boys y play girls. Por los menos se interesan en progresar intelectualmente — me consuela mi esposa.

—¿Dónde está esa bulla y las risas infantiles y familiares que escuché en der alter heim?(8)

— A lo mejor vas a tener kavod y honores de tu prole tan amante de las ciencias y las artes — lo calmo.
—No. Cambio todos los diplomas, medallas y publicaciones por un buen hogar judío, lleno de nietos y después bisnietos.

A pesar que el almuerzo era finísimo y soy un buen glotón y el vino era el más aromático, se me atragantó la comida. Pobre Hans, tan rico y tan insatisfecho.

Yo lo comprendo. Haber creado un imperio industrial así y no tener un hijo que lo suceda.

Af zulajes (9), el experto en ciencias económicas, que podría aplicar la cibernética y las teorías modernas de la producción a los grandes conocimientos empíricos y el olfato comercial de Hans, tampoco quiso nunca hacerse cargo del imperio. Tanto esfuerzo, tanta lucha para que el castillo de las ilusiones en los hijos se derrumbe.

Pobre Hans. Con razón quería “oisredn zain hartz “(10).

Le sugiero que admita que así son las guerras generacionales. Pero bien en el fondo pienso que la vejez es una enfermedad sin remedio…

1) Justo, precisamente.
2) Judíos de Europa Oriental.
3) Judío rico.
4) Nobles Polacos.
5) Satisfacción.
6) Centavos.
7) Lengua sagrada.
8) El viejo Hogar, o sea,
Polonia en este caso.
9) De propósito.
10) Hablar a corazón abierto, abrirlo a un amigo.

Por Benny Pilowsky Roffe