Mis Cuentos:

LA SEÑORA DEL SOMBRERO VERDE

Así le puso la Loreto el primer día que vino a nuestra casa.
Era la señora Ilse Brener, Profesora de Piano.

“Iniciamos ahoga un camino laago pego muy hegmoso”, me dijo cuando nos sentamos frente al piano.

“Iniciamos ahoga un camino laago pego muy hegmoso”, la remedó después la Loreto, que durante la clase apenas contenía la risa escondida detrás del sillón.

La llamó también la alemana. La alemana, me decía, tu profesora de piano.

Pero no era alemana. Era austríaca, de Viena. Tampoco llevaba un sombrero. Usaba una boina de un estilo ya entonces muy pasado de moda. Sí, era verde, un verde chillón, anticuado, verde como el trigo verde y el verde, verde limón.

De todos los hermanos, yo fui la única que se interesó por el piano. Había oído a la Magali Leighton, mi compañera de curso, en su casa, tocar la Para Elisa, el Claro de Luna y el Estudio Nº 8 y yo también quise aprender. Mi papá me daba siempre el gusto en todo pero sin duda le alegró que al menos una de sus hijos e hijas, quisiera tocar el piano.
Los miércoles llegaba a las tres en punto de la tarde y empezaba la lección. Me enseñaba y yo aprendía, porque, como decía mi papá, “esta niñita tiene dedos para el piano.”

La señora Ilse era casi rubia, no muy alta, siempre con el mismo vestido floreado, nunca se quitaba la boina. Su sonrisa era amable y me miraba, nos miraba, a la Loreto y a mí, con el cariño de sus ojos azules. Porque la Loreto no se me despegaba, me seguía a todas partes, era muy metete y yo era la única que la soportaba.

Especialmente los miércoles andaba detrás de mí como un perrito. Francisco y Diego se quedaban en el colegio jugando fútbol, la mamá tenía reunión del directorio de la Fundación y el papá, como siempre, en la fábrica.

Cuando la señora Ilse nos trajo unas galletitas muy ricas, nos contó que eran de una receta de su abuela. ¿Dónde está tu abuela?, preguntó ya saben quién. Mi abuela quedó en Evgopa, contestó.

Europa. Yo sabía lo que era Europa. Era un lugar oscuro, en blanco y negro, donde soldados alemanes con botas relucientes, subían en camiones dando gritos y empujando, a unas señoras tristes con pañuelos en sus cabezas, y a unos caballeros pobres y asustados. Sabía de la guerra: los alemanes eran los malos y los Aliados eran los buenos. Los Aliados ganarán, afirmaba mi papá, los ingleses, los norteamericanos y los rusos, aplastarán muy luego a los alemanes y volverá la paz. La señora Ilse parecía como alemana pero por cierto que era buena. Ahí me confundía y no sabía dónde ubicarla.

Una tarde de invierno la profesora se atrasó porque llovía muy fuerte y no había locomoción. La mamá alcanzó a regresar antes de que terminara la clase y la invitó a quedarse a tomar onces con nosotros.

En su español entrecortado contó que el piano era, había sido, la pasión de su vida desde muy niña. Empecé – nos dijo –cuando era menor que Loreto y alcancé a completar mis estudios de concertista. Aquí en Santiago tengo varias alumnas y de eso vivo.

La mamá le pidió que nos tocara algo de su repertorio pero no quiso. No, dijo, ahora solo clases, no conciertos. Pero insistimos, la mamá, yo, la Loreto. Hasta que aceptó.

Cerró sus ojos y comenzó muy suavemente. Una melodía lenta, triste. La escuchábamos en completa quietud, hasta Loreto parecía emocionada.

Miré a la Señora Ilse y vi que las lágrimas caían por sus mejillas. Siguió tocando un rato y luego se detuvo, sollozaba. Loreto permanecía a su lado, mirándola con los ojos muy abiertos.

Entonces, la señora Ilse la atrajo hacia sí y la abrazó. Su llanto se hizo más intenso.

“Como tú, mi linda Loreto era mi Rose. Tenía tu pelo sedoso, tenía tu frente y era una diablita como tú. Pero me la quitaron. Entre tres lo intentaron pero yo sujetaba a mi niña. Al final me dieron un golpe terrible en cabeza y caí desmayada, me dejaron por muerta.

“Pego no morí. Rose murió, mi marido, mis padres, mis hermanos. Todos fueron asesinados.” “A mí me recogieron amigos y me ayudaron, o me condenaron, a seguir con vida. Finalmente llegué a este país.” “El piano me permite sustentarme, puedo enseñar. Pero no puedo tocar, la música ha terminado para mí.”

Seguí haciendo clases con la señora Ilse hasta mi ingreso a la universidad. Siempre fue gentil, cariñosa y muy buena profesora. Nunca más le pedimos que tocara.

Comprendí que la boina verde que siempre usaba le servía para ocultar la cicatriz de la herida en su cabeza. Con todo mi corazón desee que el tiempo le hubiese permitido cicatrizar la terrible herida de su alma.

Por José Wurgaft.