Escritor chileno vive en Guadaloupe:

La Isla de Hilliger

Guadeloupe es uno de los departamentos de ultramar más diversos de Francia, porque la mayoría de la población no es étnicamente europea. Junto a la comunidad judía local, se asentó el escritor chileno Walter Hilliger, dando paso a un segundo aire en su carrera literaria.

“Tengo 36 años, nací en Las Condes, me llamo Walter, en homenaje a Walter Sommerhoff, fundador de Sodimac, quien adoptó a mi papá de niño como trabajador en una bodega. Ahí llegó a ser gerente general”, nos cuenta el escritor Walter Hilliger, desde su casa en Isla Guadeloupe, donde reside desde que el terremoto del 27F lo ahuyentó de Chile.

Hilliger recuerda que su padre, inspirado de los kibutzim, era solidario en las cooperativas, por ejemplo, a las viudas socias de Unicoop (hoy Unimarc) les regalaba un año de compras gratis. “Eso porque mi padre quedó huérfano a causa del desplome de la bolsa en Nueva York: El crack de 1929 mató de un infarto a mi bisabuelo, lo encontraron sentado en un banco público después de ir al banco. La crisis mató a mi abuelo de otro infarto. Mi abuelo era periodista en el Mercurio de Valparaíso y actor; en plena carrera protagonizó El Leopardo (1926), el primer Western chileno y la primera película chilena filmada en el Valle Central. Para restaurar el lazo con mis abuelos, mi papá me puso en el Colegio Alemán, que generalmente forma ingenieros comerciales; pero yo quería ser poeta o escritor, leyendo a Rilke o Hölderlin… Mi mamá era secretaria y fomentó en mi la máxima libertad de escribir que no tenía en su trabajo; me compraba libros por cajas y de niño me prestó su computador e impresora para imprimir textos”.

Desde los 13 años, Walter tomó clases de escritura creativa con los premios nacionales Miguel Arteche (1996), Raúl Zurita (2000) y otros. “Después, gracias a Eleonora Finkelstein, publiqué en la revista Ærea las primeras traducciones al castellano de poemas de la poeta judía-berlinesa Else Lasker Schüler (Ærea nº 4, Santiago, 2000, ISSN 0717-3504-2000). En Berlín estudié Lingüística, Orientalística Antigua y Guión. Tuve suerte de encontrar como embajador de Chile a Antonio Skármeta, de la película El Cartero de Neruda y el Show de los libros, quien me ayudó a lanzar en las dependencias de la embajada mi primer libro de poemas bilingüe (‘D’, RIL Editores, ISBN 978-9562841529). Me invitaron a leer en la casa de Bertolt Brecht, musicalizaron mis poemas con la voz de Patricia Rivadeneira, etc. Hasta le entregué en mano un ejemplar de mi libro al entonces presidente de la República, Ricardo Lagos.

-¿Cuál ha sido tu relación con Chile y con la vida judía?

-Mi relación con Chile y con la vida judía fue variada y tuvo su auge a mi regreso. Volví porque mi papá tenía una enfermedad grave. Conocí a Heidi Behn y Don José Oksenberg Z.L. en el antiguo Hogar Villa Israel. Preparaban un libro con los relatos y memorias de los sobrevivientes de la Shoah (Sag nicht, du gehst den letzten Weg / No digas nunca esta senda es la final, Ed. Mokka, 2009). El hogar de ancianos me quedaba a pasos, por eso nos invitaron a mi esposa y a mí a hacer voluntariado. A cambio, Don José nos anotaba en la lista de almuerzos kosher. Comencé catalogando y reparando libros en la biblioteca con la Sra. Sara Libedinsky. Ella estaba a cargo de los préstamos y devoluciones de libros, a veces olvidados debajo de las camas.

Yo estaba fascinado y feliz, me habría quedado a vivir en el hogar, me lo pasaba escribiendo y leyendo, sin preocuparme de la comida y tenía acceso a cientos de libros de los residentes que pasaron por ahí.

“Ahí me ocurrieron dos cosas. No habiendo sido nunca de comunidad, los ancianos me hicieron sentir parte integral del grupo, un círculo tan diverso, donde todos venían de distintos países, hablaban distintas lenguas; no había competición, ni clasismo, porque a esa edad las personas pueden ser súper espirituales y ya no les interesa tanto lo material. En segundo lugar, me di cuenta que los ancianos que asistían a Shabat tenían más lucidez, mejor calidad de vida y un mejor pasar, como promete La Ética de los Padres (Pirkei Avot 6:7)”

-¿Cómo llegaste a vivir en Isla Guadeloupe?

-Luego del terremoto del 27 de febrero de 2010, pensamos en dos opciones, Israel o Guadeloupe, en ambos lugares tenemos parientes, pero yo no quise esperar más y decidimos venirnos a la isla.

-¿Cómo es la vida en un lugar así?

-Por un lado, uno puede contar con todo lo que ofrece la vida urbana, buena infraestructura, shopping, malls, carreteras, supermercados, cines, restaurantes, marinas, hoteles, etc. Por otro lado, uno puede optar por lo que ofrece la naturaleza: Bañarse en cuencas de cascadas, ríos, ir a playas de todos colores; tomar agua de coco de las palmeras y servirse de una interminable variedad de frutas y verduras tropicales. Acá los árboles no son decorativos, sino frutales, y todos dan comida. Para vivir en Guadeloupe hay que saber conectar con la naturaleza, eso uno lo aprende. Cuando llegué, tuve por primera vez en el jardín plantas con racimos de plátanos.

-¿Cuéntanos sobre tus últimas publicaciones?

-Una vez mirando a la distancia un árbol del pan (Artocarpus Altilis), la especie de árbol más alto que hay la isla, vi como caía un fruto del pan de una rama que contrastaba con el cielo en el fondo. Esa imagen poética del pan caído del cielo me quedó dando vueltas y me recordó a eso que comieron los hebreos y llamaban maná. Como el Zohar afirmó que el maná no había desaparecido del mundo (Zohar I, 216b:7), pasé cinco años rastreando y escribiendo el Pan del Edén, ISBN 978-1-539395164.

“En apoyo del punto de vista que el maná u Omer no fue algo sobrenatural, encontré en la Biblioteca Británica a uno de los autores más controversiales del siglo XVIII, David Nieto, un Haham de la opinión que los milagros son fenómenos naturales, o sea, “la naturaleza del mundo no cambia” (Zohar 140a) y que todo “el mundo sigue su curso” (Avodá Zará 54b), ver De la Naturaleza Universal o Divina Providencia, Guadeloupe, 2018, ISBN 978-2-956185949. Con la literatura bíblica uno no puede inventar nuevas interpretaciones y me puse a traducirlo, sin saber que no lo habían traducido, con excepción de sus obras Matteh Dan o Segundo Kuzari y Esh Daat.

El mes pasado terminé de editar de manera independiente mi traducción de otro de sus libros y me invitaron a participar en un coloquio Internacional “Homenaje a Violeta Parra” para conmemorar su centenario en la isla. El ciclo de conferencias reunió a artistas y a más de 20 investigadores de cuatro continentes. Como además coincidió con el reconocimiento oficial por la Real Academia Española del judeoespañol, abordé la literatura sefaradí, con la presentación del libro “Los Triunfos de la Pobreza” (Triumphs of Poverty, Guadeloupe, 2018, ISBN 978-2956185932), una obra donde David Nieto plantea desde un punto de vista teológico, cómo, en materia de milagros, la desventaja de la pobreza se convierte en ventaja. El autor cita ejemplos en los milagros de Elías el profeta (Eliyahu Hanavi) y la Merkaba, la metafórica carroza que subió al cielo con animales simbólicos. A más de 300 años de su publicación en Londres, presenté la primera traducción al inglés, en la biblioteca de la facultad de lenguas de la Universidad de Las Antillas, conocida como Campus “Camp Jacob”. El facsímil pasó tres siglos olvidado en la Biblioteca Británica y ahora se encuentra disponible en edición bilingüe”.

-¿Hay comunidad judía en Gudaloupe?

-En la isla, la vida judía gira en torno al culto en la sinagoga Or Sameah de la CCIG, Comunidad Cultural Israelita de Guadeloupe. Se formó en los años ‘80, o sea trescientos años después de la prohibición del judaísmo con el “Código Negro” de 1685, cuyo artículo primero infligió penas de confiscación de cuerpo y bienes a los primeros sefardíes. En lenguaje de abogacía, se traduce en que un negrero podía otorgarse dominio sobre el cuerpo de otra persona para condenarla a trabajos forzados y en caso de muerte, privarla de sus bienes. Con el pretexto del bautismo y la evangelización católica, el edicto real de Luis XIV resultó en la esclavitud de quienes se quedaron y en la confiscación de miles de hectáreas de plantaciones de caña de azúcar. Uno de los vestigios que queda de los antiguos sefardíes de las colonias se encuentra en la etimología de la palabra “caña” que en francés es “canne” y tiene su origen bíblico en la palabra “caneh” Kaf, Nun, Hey (Yirmiyahu/Jeremías 6:20), “la buena caña de azúcar de tierras lejanas” porque venía de India o Nueva Guinea antes de llegar desde la España. Gracias al reconocimiento del judeoespañol, hoy se puede hablar de eso.

A diferencia de los sefaradíes de antaño, la actual comunidad está compuesta por familias de tres clanes originarios principalmente de Marruecos, Argelia y Tunicia, que llegaron a la isla desde la Francia metropolitana en Europa continental.

Aquí pudieron dejar atrás el antisemitismo y las tensiones étnicas del viejo continente para prosperar durante tres generaciones que hoy suman más de doscientas familias. La comunidad cuenta con una sala de culto, salas de estudio, una tienda de comestibles kosher, una pizzería y un restaurante con chef para eventos y catering, donde se puede ordenar por adelantado comida para Shabat.

-¿Qué planes tienes a futuro en lo profesional?

-En lo profesional, quiero traducir libro por libro las obras completas de David Nieto en inglés, en lengua castellana moderna, en francés; también tratar de publicarlo en Chile con la gente de la comunidad, porque ahora las fronteras no cuentan. Y seguir haciendo lo que hago: Traducir, escribir, editar y publicar desde la isla.

Por LPI.