Mauricio Purto:

La fascinante historia de un aventurero místico

El montañista, médico, documentalista y escritor habla de su particular vínculo con el judaísmo y desclasifica detalles inéditos de su ascenso al Monte Everest, hace ya 25 años.

“Soy algo así como un médico del alma”.

Así se autocalifica Mauricio Purto Arab. 55 años. Hijo de padre judío y, nada menos, que de una princesa libanesa.

De pequeño pensó en ser sacerdote, le ofrecieron dirigir el diario El Mercurio, pero el destino quiso otra cosa.

Si bien hace ya dos años dejó los ascensos, producto de una fractura de columna, Mauricio Purto figura en la historia grande del montañismo chileno y mundial.

Ha subido cientos de montañas entre las que se incluyen cuatro de más de ocho mil metros. Y entre ellas, la madre de todas las montañas: el majestuoso Everest, de 8.872 metros de altura. Una verdadera hazaña que hoy cumple 25 años y que, de forma increíble, tiene un tinte judío. En la cima del Everest, en el llamado “techo del mundo” Mauricio Purto enterró una mezuzá, un recuerdo de su querido abuelo León.

Historias fascinantes, detalles inéditos de un aventurero enamorado de la vida y la espiritualidad. Si no lo cree, siga leyendo y sorpréndase…

-El pasado 15 de mayo se cumplió un nuevo aniversario de la conquista del Everest. ¿Qué significó para ti?

-El Everest fue un momento muy especial en mi vida, porque justo el día que hice cumbre nació mi primer hijo con mi esposa Aya Hoffmann, nieta de Helena Jacoby, conocida en Chile como Lola Hoffmann, la famosa psiquiatra judía letona.

-Se habla que en la cima del Everest hubo una pelea. ¿Cuál es la verdad?

– Sí, todos se enfocaron en mi pelea con Rodrigo Jordán, que luego se aclaró, fue un exabrupto de Cristián García Huidobro. Recién el año pasado, él reconoció su agresión. Eso por un lado y, por el otro, el equipo de la Universidad Católica vendiendo y los periodistas comprando su ascenso como una carrera de 100 metros planos, con un criterio olímpico, cambiando los códigos del montañismo. Si tú quieres vender esa percepción, que ganaste, porque ibas unos metros adelante en una montaña puedes hacerlo. Ganaron y subieron por el lado más difícil.

-Perdona que insista pero, ¿quién fue el primer chileno en llegar a la cima?

– Bueno, antes que todo te quiero decir que yo no subí por un lado fácil. Con García Huidobro llegamos juntos, no a la cumbre, sino mucho antes, a 8 mil metros, y subimos los últimos 900 metros, los decisivos, por la misma ruta, juntos hasta la cumbre. Allí en la cima, a 8.872 metros, Cristián García Huidobro me sacó el dedo del medio y me dijo una sarta de garabatos incluyendo a mis ancestros… y eso que no me conocía. En una entrevista que salió hace poco en el Canal 13, Cristián reconoció que “fue un ajuste de cuentas”, por sus amigos. Como los narcos.

– ¿Qué te da el montañismo? ¿Por qué arriesgar a veces la vida por una cumbre?

– Para mí, la montaña es un camino espiritual en que se me han revelado grandes secretos, como los que recibió Moisés, por ejemplo, en la cumbre del Sinaí.

-¿Qué significa para ti el judaísmo?

– Debo empezar diciendo que soy hijo de Bernardo, judío lituano, y mi madre, Hilde, una noble princesa libanesa con ancestros en la realeza alemana. O sea, mi papá eligió en mi madre a dos ancestros enemigos en uno. Y aquí estoy yo, chileno de nacimiento, también judío-cristiano, por lo que aprendí de niño que no existe el monopolio de la verdad, y también a conciliar dos mundos, tarea nada fácil en Chile para un judío de mierda o un turco tal por cual. En mi búsqueda, aprendí a ser libre pensador, como me enseñó desde muy temprano mi papá, un hombre de una mente lúcida, como ninguno. Así me transformé en el ecléctico que soy. Intentar sacar lo mejor de todo. Eso no significa que no sea “ni chicha ni limonada”, porque tengo códigos de conducta que son más importantes de lo que uno dice ser. En todo caso, me digo “Judío-Cristiano-Budista” para reírme un poco de las etiquetas de la búsqueda espiritual.

– O sea, no te cazas con nada ni nadie…

– No sé. Me “choca” el camino impuesto, predeterminado, sin cuestionamientos, que pueda llegar al fanatismo. Una estructura inicial es bien necesaria, da bases. Es como estudiar guitarra clásica y luego ser rockero. Agradezco el judaísmo que mi padre filósofo y masón me inculcó con admiración, y a su vez, la fe cristiana indeleble encarnada en mi madre cristiana maronita, mujer de milagros. Bella, bailarina, abnegada, fuerte, una tigresa de gran corazón y profundamente devota. Con ella aprendí el poder de la oración.
En mi camino, conocí a un gran rabino en la beit Lubavitch, en Zurich en 1986, que me despejó muchas dudas. Luego conocí a Juan Pablo II ese mismo año, y a Osho (filósofo y líder espiritual budista) en 1987 y me quedé con él. Fue mi mayor gurú.

-¿Y en qué te ayudó su filosofía?

– Encontré el verdadero sentido de la religión, a reconocerme y a pertenecer. Mis repetidos viajes a India, Nepal y mis expediciones al Himalaya, me acercaron a la filosofía del budismo y a la práctica de la meditación y del Zen. La lección del vacío, del desapego. Rumi, un maestro Sufi, decía que hay que matar todos los días cuatro aves: el gallo de la pasión; el pavo real del reconocimiento, de querer ser, famoso; el cuervo de la propiedad; y el pato de la urgencia. Cuando bajo de la montaña, veo puros patos en la ciudad, apurados para después perder el tiempo. Y me convierto en un pato más… apurado.

-¿Y el judaísmo dónde entra?

– Luego de renunciar a la vida en montañas mortales y acogerla con todo, de llegar a cierta maestría en la medicina y en la montaña, empecé a integrar totalmente el judío en mí. Como diría mi papá, no soy de vientre judío, pero Hitler me hubiera matado igual. Sí soy 100% semita. Pero el judaísmo es una religión patriarcal, de un Dios padre, castigador, el primer Dios único, y creo que se hereda más del padre por lo mismo.

Antes de partir de mi último campamento a 8 mil metros a la cumbre del Everest, oré como judío: “Bendito seas Ashem… Yo soy Mauricio hijo de Bernardo, hijo de León, hijo de Abir, de Yair, de Asher, de Adael… de Salomón, de Jacob, de Isaac, de Moisés, de Abraham. Que la luz de mis ancestros ilumine mis pasos, nuestros pasos. Hoy bailaré para ustedes”. Y sentí una energía total, algo me empujaba para arriba todo el día. No erré un sólo paso. La danza fue perfecta. En la cumbre enterré una mezuzá de mi abuelo León y un hueso de Santa Teresa de los Andes que me regalaron las monjas de Auco. Me identifico mucho con el cristianismo y el judaísmo místico, pero estoy lejos de las estructuras. Celebro Shabat, sí. Y me conecto con el sentido de las grandes festividades, sobre todo Pésaj, Sucot y Iom Kipur.

-Si no hubieses sido médico o montañista, ¿qué te habría gustado ser? ¿se te pasó por la mente, por ejemplo, ser rabino?

-Jajaja…La verdad es que de chico pensé en ser un sacerdote. Me sentía muy fuera del mundo, y conectado con un sentir que ahora identifico como trascendente. Pero, poco a poco la identificación con mi padre fue completa. Yo quería ser ese señor que leía con las manos y la mente, y descifraba al ser humano. Ese hombre renacentista que sabía de todo y sabía explicarlo bien. Y era muy carismático. Un curandero. Uno que cura.

Soy médico con un postgrado en montañismo, y me encanta la medicina deportiva que aprendí al lado de mi papá. La manzana cae cerca del árbol donde maduró. Si tuviera que elegir de nuevo, elegiría estudiar medicina y subir montañas. Y escribir, y hacer documentales. Estoy identificado con mi camino.

-Y en esa búsqueda constante de espiritualidad, ¿te consideras una persona feliz?

– Soy muy feliz, aunque no sé si podré volver a las expediciones de alta montaña. Soy feliz de médico, más que nunca. Médico del alma, que ha pasado por muchos infiernos y, como ciego, puede dar la mano y guiar a otros ciegos.

– ¿Es por eso que has querido ayudar a otros a través de la Comunidad Gente Joven?

– Sí. La Comunidad Gente Joven acoge a adolescentes drogadictos en situación de calle. Empecé como médico y luego implementamos salidas a la montaña y los niños se hicieron mucho más receptivos a su rehabilitación. Esto me hace feliz. Ver personas abandonadas que son capaces de cualquier cosa por consumir, que se debaten entre la muerte, la cárcel y un hospital psiquiátrico, es fuerte. Vivirlo en carne propia es una muerte, como cuando me quebré la columna y pensé que no volvería a caminar. Esos niños que pueden intimidar a cualquiera, que sólo de encontrarse con ellos les entregamos la billetera, y que te abracen y me digan tío, y que se llenen de luz conmigo, me nutre emocionalmente como nada en el mundo. Es mi vocación de médico satisfecha.

-¿Te arrepientes de algo en tu vida?

– Quizás de algunas oportunidades, quién sabe. Hermosas amigas que soslayé en el camino de las cumbres… “Nadie puede cambiar el destino”, reza a la entrada del Oráculo de Delfos. Da para pensar… Navegando por el Cabo de Hornos, en 1990, Agustín Edwards Eastman me ofreció dirigir El Mercurio. Dudé, pero no me calcé el anillo de poder. Finalmente, le dije que no. Que era una esclavitud. Que yo era un aventurero. Aún no es momento de arrepentimientos. Como me dijo Agustín Edwards Eastman: “we have to see it in the long run”. Sopesar y recapitular sólo para entender y aprender. La vida se vive hacia adelante, sin historia personal y sin importancia personal. Así entonces, “Ashem” te lleva de la mano y comienzan los milagros.


Por Ricardo Levi.