Por Gachi Waingortin:

¿Hay una sola identidad judía?

¿Qué cosas hacemos habitualmente motivados por nuestra identidad judía? La cantidad de respuestas es infinitamente variada. Asistir a la sinagoga, ser socios de una Comunidad, leer La Palabra Israelita, desear ser enterrado en el cementerio judío, vivir en Israel, servir en Tzahal, contribuir con Keren Hayesod, ir al Estadio Israelita o al Instituto Hebreo, estudiar Torá, leer libros de temática judía, comer kasher, usar kipá, participar en la Wizo, respetar el Shabat, dar tzedaká, leer las noticias de Israel antes que las demás, colocarse tefilín, comer comida judía, revisar los apellidos en cualquier lista para ver si hay judíos, hablar hebreo, escuchar música israelí, ver películas de la Shoá, la lista es interminable.

Si hacemos el ejercicio e intentamos clasificar tales actividades, podemos encontrar cuatro categorías posibles: lo religioso, lo valórico, lo nacional y lo cultural.
Algunos viven su judaísmo como una religión. Tienen a D´s en su agenda e intentan cumplir con las normas de comportamiento establecidas. Kashrut, Shabat, Tefilá, Tzedaká, son parte de su día a día porque sienten que es eso lo que D´s espera de ellos. Estudian Torá y Talmud para conocer la Halajá, la ley judía, en profundidad. Intentan sentir la presencia de D´s en cada una de sus actividades y cultivan su espiritualidad como el filtro judío con el que miran la vida.

Para otros, lo esencial es lo valórico. Quizás no creen en D´s o simplemente la teología no es un tema, pero se identifican con el mensaje de los profetas de Israel y su énfasis en la responsabilidad social, la defensa del desprotegido, su imperativo moral. Saben que el judaísmo es la fuente de la ética occidental y sienten que a través de su conducta honran tal responsabilidad.
Otros vibran con el Estado de Israel y sus logros. Están orgullosos de pertenecer a un pueblo que ha revivido un idioma muerto por dos mil años, que ha hecho florecer desiertos y secado pantanos, que ha transformado una tierra prácticamente abandonada en una potencia tecnológica. Sienten que el Estado de Israel es la respuesta creativa y vital del pueblo judío ante el horror de la Shoá y son conscientes de que es un reaseguro de que nunca jamás volveremos a ser víctimas indefensas. Sienten que el Estado nos ha permitido levantar la cabeza entre las naciones, dejar de ser “el judío errante” y retornar a la tierra de nuestros antepasados para recuperar nuestro proyecto nacional ancestral.

Para otros el judaísmo son las tradiciones. Encienden velas en Shabat, hacen el Séder de Pésaj o ayunan en Iom Kipur, no porque D´s lo ordene, sino porque así lo hacían sus abuelos y desean mantener la tradición. Se han criado en un ambiente judío (con “yiddishkait” o inmersos en la cultura sefaradí) y añoran esa sensación de calor que vivieron en su infancia. Las comidas, las canciones, las expresiones idiomáticas (en yiddish o en ladino) les resultan tan amadas que desean perpetuarlas en su vida personal y familiar.

Estamos describiendo estereotipos en estado puro. Pero la realidad es que cada judío es una mezcla de algunas o todas estas categorías. Habrá quien se identifique con una sola de ellas, pero por lo general los judíos valoramos todas en igual medida o quizás otorgamos más peso a unas que a otras. Es en ese balance donde radica la principal diferencia entre los distintos tipos de judíos.
La identidad judía es un fenómeno complejo. Comprender tal complejidad nos permite aumentar nuestra aceptación de tantos estilos diferentes de judaísmo. ¿Hay una identidad más verdadera que las demás? ¿Acaso hay una sola identidad verdadera y todas las demás son falsas? Reconocer solo algunas es cercenar una parte del judaísmo. Es empobrecerlo, quitarle vitalidad. Aceptar la validez de todas implica una visión más amplia que nos enriquece.

¿Hay algo que tengan en común tantas diferentes identidades, más allá de compartir el adjetivo de “judías”? Quizás la historia permea en todas ellas. Somos un pueblo, una nación, una cultura, una religión, porque compartimos una historia común; por ella somos lo que somos. Los judíos hemos hecho de la memoria el hilo conductor que nos amalgama. Tenemos una historia de dolor y de heroísmo, de resiliencia y de tenacidad que es indeleble.

Quizás el concepto de Tikún Olam las trasciende a todas. Sea mediante el cumplimiento de las mitzvot o de las palabras de los profetas, sea mediante los logros en agricultura o tecnología alcanzados por el Estado de Israel o generando una cultura cálida de tradiciones familiares fuertes, el deseo de construir un mundo mejor es un ingrediente fundamental de nuestra identidad. Origen y meta conforman una historia común y un destino común, elementos esenciales de nuestra definición religiosa, cultural y nacional.

Abraham Infeld, hablando acerca de cómo vivimos nuestra identidad, dice que la identidad judía es como la identidad familiar. Ser judío es como pertenecer a una familia. La diversidad no la destruye, sino que la fortalece. Hay distintas maneras de entrar a una familia. Puede ser por nacimiento o por adopción. Pero sin importar como entraste, una vez que perteneces a una familia jamás podrás dejar de pertenecer a ella. Puedes alejarte, puedes odiarlos, puedes borrarlos de tu vida. Pero si crees que ya no perteneces a lo que alguna vez fue tu familia, pregúntale a tu familia.
Ser judío es maravilloso. Es un desafío constante por transformar algo tan efímero como es la vida en un esfuerzo de eternidad. Hay mil maneras diferentes de vivir este desafío. Puede gustarme más una que otra, puedo sentir que la mía es superior, la que mejor garantiza la continuidad. Puedo enseñar e intentar transmitir a los demás lo que yo creo que es la mejor manera de ser judío. Lo que no puedo es negar o deslegitimizar al que lo vive de otra manera. Al fin y al cabo, la enseñanza de Hillel debe seguir vigente: No hagas a tu prójimo lo que odiarías que te hicieran a ti.

Por Gachi Waingortin.