Por Gachi Waingortin:

¿Hay algo desechable en la vida?

Leyendo Pirkei Avot 4:3 encontramos una cita de Ben Azai que dice: “No desprecies hombre alguno ni descartes cosa alguna; porque no hay hombre que no tenga su hora, ni cosa que no tenga su lugar”.

Aunque suena muy lógico y es difícil no estar de acuerdo, solemos olvidarlo demasiado a menudo. Vivimos en una sociedad individualista y egocéntrica que nos incita a ver en el otro un instrumento para nuestro beneficio.

En su clásico libro “Yo y Tú”, Martin Buber plantea que las relaciones interpersonales son un aspecto central de lo que somos: los seres humanos nos definimos por el tipo de relaciones que entablamos con otras personas, con la naturaleza y con D’s.

Buber describe dos tipos de relaciones: Yo-Ello y Yo-Tú. En las relaciones Yo-Ello, la relación con el otro es utilitaria. Podemos conocerlo, manipularlo, estudiarlo. Podemos desearlo, explotarlo o hasta intentar ayudarlo, pero siempre como alguien externo a nosotros.

Por el contrario, Yo-Tú es una relación de cercanía donde hay una intención de compromiso, de comunión espiritual. En este tipo de relaciones no tratamos de utilizar al otro, no lo examinamos desde afuera. Aunque continuamos siendo dos individuos (toda relación exige, necesariamente, la existencia de dos individuos diferentes), estamos plenamente el uno con el otro. Buber llegará a expresar que nuestra relación con D´s es una relación Yo-Tú intensificada al máximo.

Las personas tenemos la tendencia de establecer relaciones Yo-Ello. Satisfecha la necesidad que la originó, la relación pierde todo valor. En este contexto, es importante escuchar a Ben Azai: las personas no son desechables. Las palabras de Ben Zomá en Pirkei Avot 4:1 refuerzan la idea: ¿Quién es sabio? El que aprende de todos los demás. Aprender de todos, valorar a todos, saber que nadie es desechable, eso es sabiduría.

El episodio de la burra de Bilam, en Bemidvar 22, puede enseñarnos algo acerca de este tema. Balak, rey de Moab, contrata al brujo Bilam para maldecir al pueblo de Israel. Tras aclarar que solo hablará lo que D´s le ordene, Bilam se pone en marcha montado sobre su burra. Según el relato, el ángel de D´s se interpone en el camino del animal quien, al verlo, se desvía del camino dos veces, hasta que finalmente se detiene. Bilam, enojado, la golpea cada vez, hasta que la burra habla y dice: “¿Qué te he hecho, que me has golpeado ya tres veces?” (Núm. 22:28) “Ciertamente yo soy tu asna y has montado sobre mí desde que existes hasta el día de hoy. ¿Acaso alguna vez he acostumbrado a hacerte esto?” (Núm. 22:30) En ese momento, Bilam ve al ángel y comprende la actitud de su burra. La había golpeado, siendo que ella solo pretendía salvarle la vida. A veces prejuzgamos sin detenernos a pensar que la gente siempre tiene sus razones para actuar como lo hace. Si tuviéramos más empatía, podríamos hacer el esfuerzo de ponernos en el lugar del otro, preguntarnos por qué será que reaccionó de esa manera; quizás en la respuesta descubramos que fue nuestra actitud lo que desencadenó dicha conducta. Por otra parte, este episodio nos enseña que, a veces, el cariño o el consejo, la mano amiga o la ayuda, vienen de donde menos esperamos.

No despreciar a ninguna persona significa que debemos valorar a toda la gente, incluso a aquellos que nos toca frecuentar aunque nos resulten desagradables. El contacto con gente tóxica, cuando es inevitable, debe hacernos adquirir habilidades y fortalezas que no desarrollaríamos de otra manera. Tolerancia, paciencia, inteligencia emocional, todo lo que nos haga crecer debe ser valorado. No desprecies hombre alguno, pues cada persona tiene su momento.

Pero nuestra mishná no habla solo de las personas, sino también de las cosas: no solamente los objetos inanimados, sino toda la creación divina. Un antiguo y conocido midrash cuenta que, huyendo del rey Shaúl, David entró a una cueva donde había una araña. Al verla, David se preguntó para qué habría de crear D´s algo tan desagradable. Sin embargo, después de que él entrara, la araña tejió su tela con tal rapidez que, cuando pasaron los perseguidores, descartaron explorar esa gruta pues una tela de araña intacta indicaba que nadie había pasado por allí en mucho tiempo (Alef Bet de Ben Sira). El relato asigna a esa tela de araña la forma de “estrella de David”, dando origen mítico al símbolo. Nada es desechable, nada está de más. Todo tiene su propósito y su razón de ser. Debemos valorar y apreciar a toda la creación.

Ben Azai pide que no desechemos cosa alguna, pero no está proponiendo que seamos acumuladores compulsivos. Una lectura moderna de nuestra mishná no debe enseñarnos a acumular basura, sino a reciclarla. Tenemos la obligación de separar la basura, diferenciando los residuos orgánicos de lo reciclable. Cada vez es más importante crear conciencia de lo urgente que es no mezclar basura electrónica, papeles y cartones, distintos tipos de plásticos, cajas tetrapack, vidrio, acero y aluminio.  Todas las comunas tienen puntos limpios donde depositar los desechos reciclables y algunas ya los retiran de los domicilios. Hay que reciclar y estimular a otros para que lo hagan. No hay que desechar cosa alguna, porque no hay cosa que no tenga su lugar. La basura también lo tiene: puede convertirse en algo nuevo y útil o en contaminación. Y si nos parece extraño que en un espacio de reflexión judaica hablemos de este tema, debemos saber que nuestras obligaciones como judíos y como ciudadanos conscientes abarcan toda nuestra conducta. La ética va más allá de los ritos y las relaciones humanas. Reciclar, reutilizar, reducir, repensar, son también estrategias para hacer tikún olam.

Por Gachi Waingortin