Obra de teatro que fue protagonizada por Eyal Meyer:

Fanatismo a prueba de amistades

La obra “Paradero desconocido” se remonta a los primeros años de nazismo, a través de la mirada de dos amigos, uno judío y otro alemán, quienes experimentan en carne propia cómo las ideologías de odio logran a veces aniquilar todo lo demás.

El alemán Martin Schulze y el judío norteamericano Max Eisenstein comparten una amistad que cualquiera quisiera: honesta, llena de cariño y anécdotas de años. Tanta es la confianza entre ambos que se convirtieron en socios y abrieron una galería de arte en California. Es 1932 y las cosas andan bien para ellos, pero frente a la nostalgia por la madre patria, Martín decide volver a Alemania y dejar el negocio en manos de su amigo. La promesa es mantener el contacto siempre y para eso se acostumbran a escribirse cartas para contarse todo.

Pero esta amistad comienza poco a poco a conocer sus límites, no por la barrera de la distancia, sino que por la ideológica, marcada por el ascenso de Hitler al poder, hecho que poco a poco se va transformando en un muro entre ambos. Frases como “¡Ha aparecido un líder!” o “recuerda que tú eres mi amigo no por ser judío, sino que a pesar de serlo”, son las que Max comienza a leer cada vez más en las cartas de Martin, mientras su preocupación crece bruscamente, sobre todo después de enterarse de que su hermana Griselle pasará por Berlín.

Esta es la historia que presentó “Paradero desconocido”, una obra que fue protagonizada por Eyal Meyer y Víctor Montero y que se presentó hace algunas semanas en la Corporación Cultural de Las Condes. A pesar de ser un texto escrito en 1938, el equipo que lo llevó a escena destaca la vigencia de su temática. “Siento que la obra es muy actual. Los brotes de nacionalismo en todo el mundo lo muestran, la intolerancia con el otro, ya sea por raza, por religión o ideología”, comenta su director Andrés Céspedes.

Eyal Meyer enfrentó el desafío de interpretar a Martín y de ponerse en la posición alemana en esos primeros años de nazismo. “Cuando leí la obra me pasó de todo porque me toca la fibra. Estuve varios días dándole vueltas a si participar o no por tiempo, pero pensé que no siempre tienes la oportunidad de hacer una obra de estos temas, que suelen ser más de nicho, y estar dentro de la cartelera general. Eso me pareció interesante”, explica.

-¿Habías hecho alguna obra antes con temáticas relacionadas a los judíos de alguna forma?

-Es la primera donde se toca el tema de manera central en la obra. Eso mismo me motivó a hacerlo. Era, como podríamos decir en términos judaicos, medio como una mitzvá. Cuando entré al proyecto, planteé que quería hacer el personaje del judío, porque me pasa mucho con la obra y tenía ganas de poner al servicio toda esa historia, esa sensibilidad y esa emocionalidad personal. Yo sabía que quizás no tenía mucho que hacer, porque es como parte de la naturaleza, de alguna manera. Pero el director me dijo “ya, pero yo quiero que tú hagas al alemán nazi”. Es una propuesta también súper interesante, poner al servicio eso mismo, pero desde el otro lugar.

-¿Cómo hiciste para adoptar un discurso como el del alemán? ¿Cómo llegaste a entender a tu personaje?

-Fue muy loco, porque me acuerdo que en los ensayos de repente yo decía algunos textos o recibía algunos textos del otro personaje y habían cosas que me pasaban. El director me decía “ya, pero no muestres eso porque tu personaje es así”, y yo decía “sí, pero también quiero mostrarlo, porque tampoco me interesaba ser la figura común del nazi malo. Me interesa poder mostrar un ser humano que, de alguna manera, fue arrastrado a una ideología y cómo ese arrastre le hizo quebrar finalmente una amistad.

-Ciertas ideologías logran envolver a las personas y hacerlas creer en cosas que normalmente no creerían, ¿eso le pasa al personaje?

-Exacto. Alemania se quedó sin ejército y en la depresión máxima post primera guerra. Él dice “no se puede subyugar a un gran pueblo para siempre. Después de la derrota, inclinamos nuestras cabezas ante todo el mundo durante 14 años”. O sea, 14 años que un pueblo completo sentía que no era nada. Tú dices “obvio, tenemos una oportunidad, hay un líder, una persona capaz de conducir a una masa y de proponerle un camino concreto. Obviamente volví a estudiar, es un tema que siempre me ha interesado, pero volví a hacerlo también desde el lado alemán, viendo documentales, películas, y puedes llegar a sentir ese lugar de la esperanza. Más allá del gran ideal, es la esperanza de salir adelante, y si tengo que romper huevos para eso y algunos se tienen que ir, que así sea nomás.

-¿Crees que la temática que trata la obra puede hacer a la gente sentirse más reflejada este año especialmente?

-Yo creo que sí. Pienso en cuál es la necesidad de hacer una obra así hoy día. Para mi gusto, son dos: una es el lugar de la memoria, que me parece fundamental, sobre todo hoy, considerando que hay muchos discursos que hablan que es mejor olvidar las cosas, también con lo que pasa en Chile respecto a la dictadura y todas las violaciones a los derechos. No podemos olvidarlo, ¿Qué pasa si alguien dice ‘hay que olvidar el holocausto’?¿qué le dirías? No se puede. El espacio de la memoria nos permite como sociedad que las cosas no vuelvan a ocurrir.

Por otra parte, ocupar ese pretexto que da una obra para poner en escena ciertos temas que están totalmente vigentes hoy día, con lo que está pasando en Brasil, acá mismo con los haitianos de repente, lo que pasa en Europa, en Suecia, en varios países donde ha habido un poco una vuelta a ciertas ideologías más fascistas que son peligrosas. Quizás es una etapa, pero ojo, ¿dónde está el límite? Se habla que algo así no va a ocurrir, pero pienso que está a la vuelta de la esquina, es algo que está súper latente en el ser humano. Parte de eso tiene que ver con la conciencia que tengamos de cuáles son los límites, tener claro qué es lo que uno quiere y no dejarse llevar como un rebaño por todos esos discursos de generalizaciones.

Hay un último punto, que es la amistad y cómo ese amor es destruido producto de estos aspectos discursivos. ¿Qué es más importante, lo que siento o lo que pienso? Creo que son grandes preguntas para hoy día que de repente uno no se hace cargo. Yo he perdido amigos por temas ideológicos.

Por Yael Mandler