Por Gachi Waingortin

¿Existe el castigo colectivo?

Todos conocemos el arca de Noé. La imagen genera hasta ternura: el león y la leona, el monito y la monita, y finalmente el arcoíris. Sin embargo, cuando enfrentamos el tema con ojos adultos, es escalofriante. Ante la maldad humana, D´s se arrepiente de Su creación y decide exterminar toda la vida sobre la Tierra. En palabras de Rashi, D’s decide agregar agua al Hombre, a quien hizo con barro, hasta disolverlo. Todos excepto Nóaj, su familia, y las parejas de animales que entren al arca.

Nóaj, descrito en Bereshit 6:9 como “un hombre justo e íntegro en su generación”, halló gracia a los ojos de D´s. El midrash se pregunta acerca de los méritos de Noé. ¿Por qué fue elegido? Hay dos respuestas posibles. Tratando de explicar la expresión “en su generación”, algunos midrashim afirman que era un tuerto entre ciegos: Nóaj no tenía grandes virtudes, pero sobresalía en una generación tan malvada. La otra opinión es que Nóaj era doblemente meritorio pues, aun en medio de una generación malvada, supo mantener su conducta ética (como el estudiante que, mientras todos sus compañeros copian, rinde su examen en silencio).

La Torá dice que Noé era un hombre justo e íntegro en su generación, pero no aclara que fuese el único. El midrash, entonces, hace una pregunta tremendamente incómoda: ¿quizás había personas igual de meritorias que Nóaj entre los que murieron en el diluvio? ¿D´s castiga a justos y pecadores por igual? ¿Cómo actúa la justicia divina?

Según Rashi, D’s juzga y castiga a cada uno por sus propias acciones, pero hay tres pecados que, cuando están presentes en la sociedad, producen la “andralamousia”, palabra tomada del griego que significa destrucción masiva e indiscriminada. Estos son: idolatría, pecado sexual y robo. Rashi da, como ejemplo de la conjunción de estos tres pecados, lo que en su realidad, la Europa medieval, se conocía como “ius primae noctis” (o “derecho de pernada”), ley por la cual el señor feudal tenía derecho a preceder al esposo en la noche de bodas. Eso era idolatría, porque legalizar la violación es una profanación del nombre de D’s; es claramente un pecado sexual; y es robo, pues se apropia por la fuerza de lo más íntimo del ser humano.

En el caso de la generación del diluvio, la Torá (Bereshit 6: 1-7) da pistas bastantes concretas acerca de lo que sucedía: hay abuso sexual, abuso de poder; lo que Avivah Gottlieb Zornberg denomina “falta de curiosidad”, es decir, falta de conciencia del derecho de los demás a existir, a tener su identidad propia. Era el total desconocimiento de la otredad del otro. Si en la generación del diluvio hubiera habido algunas personas que intentasen respetar al prójimo, es altamente improbable que hubieran podido sobrevivir a una sociedad donde la mayoría avasallaba la identidad ajena. Si en el diluvio murieron inocentes, no fue porque D’s sea injusto, sino porque la sociedad se autodestruyó por competo. Cuando el tejido social se descompone, todos, justos y pecadores, sufren las consecuencias. Se llega a la “andralamousia”: no se trata de un castigo colectivo, sino de las consecuencias lógicas de la descomposición social.

El castigo colectivo es otra cosa. Para que exista, debe haber una culpa colectiva. Eso significa que, aunque un individuo en particular no haya cometido el error, merece el castigo porque alguien de su mismo grupo lo cometió. El cristianismo contempla este tipo de pecado colectivo. Adán y Eva pecaron y como consecuencia, cada niño que nace carga con el pecado original. O, en el caso especialmente doloroso para nosotros, todos los integrantes del pueblo judío heredamos la culpa (y merecemos el castigo) por algo que, según los Evangelios, habrían hecho nuestros antepasados.

Tanto el segundo Mandamiento (Éxodo 20:5) como los trece atributos divinos enunciados en Éxodo 34:6-7 plantean que D´s recuerda los pecados de los padres sobre los hijos hasta tres o cuatro generaciones, y su bondad hasta mil generaciones. No es culpa hereditaria: podemos entender que tres o cuatro generaciones es el tiempo que perdura el recuerdo de las acciones de nuestros antepasados, las que por lo tanto, pueden pesarnos o enorgullecernos. Pero la misma Torá se desdice más adelante. En Deuteronomio 24:16 leemos: “No morirán los padres por los pecados de los hijos, ni los hijos por los pecados de los padres. Cada persona, por su pecado morirá”.

El capítulo 18 del libro de Ezequiel aborda este tema exhaustivamente. Comienza diciendo que debe desaparecer del pueblo de Israel un refrán muy popular en la época: “Los padres comieron ácido y a los hijos se les dañaron los dientes”. Todo el capítulo continúa con ejemplos de hijos buenos de padres malvados, o hijos malvados de padres buenos, y el poder de la teshuvá en todos los casos. Se establece así la individualidad de la culpa. No hay culpa hereditaria ni colectiva. Nadie puede ser castigado por una falta cometida por otro.

Lo que vale para la culpa no vale para la responsabilidad. Cuando un joven criado en el Sename comete un asesinato, es culpable; y como toda culpa exige castigo, tendrá que ir a la cárcel. Pero todos, como sociedad, somos responsables. La responsabilidad exige recapacitar y tomar acciones que eviten lo sucedido a futuro, como asignar más presupuesto a educación, o mejorar las condiciones de la infancia vulnerable.

El judaísmo enfatiza fuertemente el libre albedrío. Cada persona debe hacerse cargo de sus propios errores, arrepentirse y enmendar sus actos. Culpa y castigo son individuales, el castigo colectivo no existe. Pero como sociedad debemos entender que somos responsables de nuestra supervivencia: la preservación del tejido social, el cuidado del planeta y la ecología, nos incumben a todos pues estamos todos en el mismo barco. Cuando la humanidad no se respeta a sí misma ni a su entorno, la destrucción que aquello puede ocasionar no distingue entre justos y pecadores.

Por Gachi Waingortin