Del libro “Napoleón en Vilna y otros cuentos judíos”:

Excéntricos

Hay dos pueblos que se caracterizan por ser excéntricos: los británicos y los judíos. Historiadores del siglo diecinueve, en Inglaterra, trataron de encontrar pruebas que los hijos del Imperio descendían de las 10 tribus perdidas. Algunos de ellos, antisemitas, argumentaban la tacañería de los escoceses, pero se trataba de una calumnia, pues los judíos son muy gastadores.

La verdad es que quieren arrebatarnos el ser pueblo elegido, pero eso es otra historia. ¿Cómo se explica esa admiración entre la Reina Victoria y su primer Ministro Disraeli?
Sholem Aleijem si hubiera sido inglés habría tenido tema para rato.

Me recuerdo haber estado en Londres en 1953. La tarde era muy helada y el cuerpo me pedía “A Glezele tei” un vaso de té (esta anécdota le hubiese gustado al historiador Gil Sinay). Entré a un Lyons (cadena de salones de té) y me espanté viendo una larga cola. A pesar de ser tímido, en caso de apuros me brota la jutzpá y dije: “excúsenme, soy un excéntrico y odio el frío”; respetuosamente me dejaron pasar y pude pedir de inmediato mi taza con leche fría al fondo, como excéntricamente lo toman en Inglaterra.

En otro viaje estuve en un hotel de Kensington, que incluía el desayuno. El primer día pedí té ruso con limene; al día siguiente el maitre le dijo al mozo: “ahí viene el gentleman que toma té ruso” y me trajeron uno; les expliqué que era un “Zulajesnik”(1) que todos los días tomaba el té en forma diferente.

Los británicos son muy admiradores de sus propios excéntricos, pero a los extranjeros los califican de chiflados.

Había, hace un par de siglos, un lord inglés que se convirtió al judaísmo. En el Parlamento lo obligaban a sentarse en la última fila, por haber renegado de la religión “verdadera” (la anglicana) y en la sinagoga también lo relegaban a un rincón por ser “a mishuguener graf” (conde loco).

Los seres más excéntricos de la historia fueron los profetas, que haciéndose los locos les decían toda clase de pesadeces a los reyes y a los poderosos. Estos últimos se hacían los lesos, en una época en que por un capricho hacían desaparecer a cualquier fulano (palabra hebrea, cuya raíz es plonim).

Los enemigos a muerte de la excentricidad son los fundamentalistas, de cualquier signo religioso, pues adoran la uniformidad.

Han pretendido borrar al pueblo judío de la faz de la tierra, imposible, porque estos extravagantes saben resistir, ya que son elegidos. El escritor hindú Salman Rushdie quiso imitar a Sholem Aleijem, que se rió tanto de los judíos (con gran beneplácito de ellos) y se burló de Mahoma y de sus seguidores. Resultado, que el pobre anda escondido, porque los iraníes han prometido dejarlo “mit a kop vinziker”(2). El caso de la intelectual bengalí, refugiada en Suecia, es peor aún; la Juzpanit, siendo “mujer” se atrevió a criticar a los machistas musulmanes. Pero eso es otra historia.

A veces pierdo el equilibrio y me da por profetizar. En noches positivas pienso que a lo mejor es cierto que los anglos descienden de las diez tribus extraviadas y que, no sé cómo, descubro pruebas históricas al respecto, irrefutables. Entonces los británicos, como buenos neófitos, hacen Aliá por miles y miles.

En cambio, en las noches de pesadilla veo a millones de seres del Tercer Mundo, famélicos y harapientos, esperando en las puertas de Israel. Provienen de India, Birmania, Africa, etc. Insisten que descienden de Menashe o de otra de las tribus y que prefieren comer Kosher antes que morirse de hambre, que están dispuestos a circuncidarse “a sangre fría” y creen a pie juntillas en la Halajá.

Insisten en que la ley del retorno rige también para ellos. Pero este tema dantesco es como para escribir otro artículo.

A propósito, les recomiendo visitar el museo Disraeli, a unos 80 kilómetros de Londres. Fue el hogar de este destacado político, tiene jardines y praderas hermosas y en el interior se observan los muebles, libros, condecoraciones, adornos, correspondencia, etc., tal como fue en vida del Lord. Hay varias cartas de admiración y agradecimiento de la Reina y entre líneas uno adivina lo que quería escribirle a su primer ministro: «Qué Idisher Kop que tienes, Benyomen».

Después están los comentarios favorables al «Excéntricos» anterior, a pesar de que yo lo encontraba desordenado e inconexo. Lo que significa que «de excéntrico y loco, todos tenemos un poco». Poco faltó para que me pidieran que formara una nueva Kehilá de excéntricos.

Dejaré a los anglos tranquilos y continúo con los extravagantes que abundan entre los judíos.

Los más admirables son los jasidim de Israel, que en medio del calor y el jamsin(3) visten ropas que eran aptas en las gélidas estepas rusas. Ahora bien, yo les tengo afecto porque son fieles a sus principios y por tener tantos chiquillos, que harta falta le hacen a la continuidad de nuestro pueblo.

Si usted, estimado lector se avergüenza de los peies (patillas largas), capotes y sombreros de algunos hermanos nuestros que se pasean por Providencia, tenga cuidado, lo está afectando el smog del antisemitismo que hay en el medio ambiente. Si los jóvenes pueden usar moños, colas de caballo y aretes en las orejas, ¿porqué nuestros ortodojos no pueden tener largas peies y barbas, de acuerdo a sus tradiciones?

Otros excéntricos judíos positivos son los “luftmentchn”. Son los quijotes de los negocios y empresas que se enfrentan a los molinos de viento que son los bancos, que les tienen, con razón a veces, bastante desconfianza.

Muchos luftmentchn se hicieron ricos con sus fantasías en Estados Unidos. En cambio, en países poco desarrollados, a estos inventores y financieros “aéreos” no les va muy bien.
Otros famosos excéntricos son los “shwizers”(4). Los hay de dos tipos: Los “intelectuales” y los que corriendo aparentan trabajar afanosamente.
El shwizer “cultural” es el que basándose en el Readers Digest u otro medios parecidos, opina con aire de conocedor sobre los temas más complicados: física nuclear, astronomía, jurisprudencia, medicina, etc.

El shwizer “trabajador” anda siempre apurado, posterga los problemas y “transpira” abundantemente, el tiempo no le alcanza, en fin, es un blufero. Last but not least están los “meivns” o “meivinim”. Son peritos y lo critican todo, desde afuera, pero al no asumir responsabilidades nunca se dan cuenta de que “otra cosa es con guitarra”. Siempre están delante del escritorio y lo harían mucho mejor, porque son expertos, pero si les toca, lo que es raro, estar sentados detrás, es decir, actuando en vez de opinar, en general fracasan.

Para terminar, todos los judíos de Santiago vamos a terminar excéntricos porque llegar al centro, con tanto tráfico y smog, es una lata…

1) Sacapica.
2) Con una cabeza de menos (decapitado).
3) Viento cálido del desierto.
4) Fantoches.

Por Benny Pilowsky Roffe.