Por Gachi Waingortin:

¿Es compatible el judaísmo con las reivindicaciones feministas?

El entorno en el que nos movemos influye, en mayor o menor medida, en nuestra práctica judía. Un ejemplo de esto es la monogamia que, sin existir en la Torá, fue adoptada en el mundo ashkenazí por influencia del cristianismo (en el mundo musulmán la poligamia judía persistió hasta bien entrado el siglo XX). No resulta extraño, entonces, que el auge del movimiento feminista en el mundo genere reacciones dentro de la comunidad judía.

El judaísmo ha influido drásticamente en la evolución de la sociedad, siendo punta de lanza en el plano ético y social. La honra a los mayores, el descanso semanal, la protección del pobre y el extranjero, fueron innovaciones judías. En este sentido, es inconcebible que en el ámbito de la inclusión de la mujer nos quedemos atrás.

La halajá no prohíbe a las mujeres el cumplimiento de las mitzvot rituales, solo las exime. Esta exención fue pedida por las mujeres, agobiadas por las pesadísimas tareas domésticas y de crianza. En vastos sectores del judaísmo esta realidad ya no existe y las mujeres están dispuestas a reasumir el cumplimiento de las mitzvot. Esto explica que el anhelo de igualdad de género esté presente ya en gran parte del judaísmo actual.

Hay sinagogas igualitarias y seminarios rabínicos que ordenan mujeres en casi todo el espectro de la diversidad judía. Hay mujeres rabinas ortodoxas, conservadoras, reformistas, reconstruccionistas. En todas las denominaciones, a excepción de ciertos sectores de la ortodoxia, hay preocupación por incluir la igualdad de género en la agenda.

El estilo de inclusión varía en las diferentes comunidades que buscan la igualdad. Algunas solo les permiten dirigir las tefilot, otras las cuentan para el minián. Otras agregan la aceptación del uso de talit, kipá y/o tefilín, lectura de la Torá y Haftará. En las comunidades ortodoxas igualitarias, hombres y mujeres rezan separados por una cortina traslúcida que divide el salón en dos partes iguales. Las mujeres portan el Séfer Torá en su sector y los hombres en el suyo. Ciertas partes de la tefilá como
kadish o barjú, así como la primera y la última aliá a la Torá, las realizan solamente los hombres, y la persona que lee la Torá es siempre del mismo sexo que quien recibe la aliá haciendo las brajot. Hombres y mujeres unen sus voces en tefilá y alternan la responsabilidad de dar la prédica o los mensajes al kahal.

Hay dos razones para querer la igualdad de género. La primera es sociocultural. En un mundo donde hay mujeres profesionales, presidentes de Estado, de bancos, de juzgados o de empresas, no debería sorprendernos que también pretendan igualdad en lo espiritual. La segunda es específicamente judía. La sinagoga es centro de la vida judía. El estudio, la plegaria, la vida social, todo gira alrededor de ella. Por eso se la llama Beit Kneset (casa de reunión) Beit Tefilá (casa de oración) y Beit Midrash (casa de estudio). Excluir a un judío, por la razón que fuese, de cualquiera de estos tres ámbitos es excluirlo de vida social judía.

Dice la Torá que, al cumplirse el primer año del éxodo de Egipto, D´s da las indicaciones para realizar el korbán Pésaj, el sacrificio pascual en el desierto. Dos hombres se acercan a Moshé con un problema: han estado en contacto con un muerto y están impuros, por lo que no podrán ofrecer el korbán. Su preocupación es genuina: “¿Por qué deberíamos ser marginados y no tener la oportunidad de presentar la ofrenda a D´s como el resto de los hijos de Israel?” (Bemidvar 9:7). Este episodio sienta un precedente: participar de los rituales es un derecho. D´s podría haberles dicho que cumplir la mitzvá de enterrar a un muerto los eleva tanto espiritualmente que no tienen obligación de cumplir otras mitzvot. Sin embargo, D´s da lugar al reclamo y ofrece una solución: harán el sacrificio un mes más tarde, en lo que se llamará Pésaj Sheiní. Todos los judíos deberían tener igual acceso al estudio y al cumplimiento de las mitzvot. El conocimiento, la plegaria, la vocación de servicio y el amor al pueblo judío, no son privativos de un solo género.

El problema de la inclusión de la mujer en el culto no está en la halajá ni en el intelecto, sino en la piel. A muchos hombres y mujeres les choca ver mujeres subiendo a la Torá o usando talit, kipá o tefilín. También nos chocó la primera vez que vimos una mujer en el rol de médico, ingeniero, chofer de micro o director de orquesta. Ante este choque cultural, tenemos dos opciones: obstaculizarlo, porque eso nunca se hizo, o hacer el esfuerzo de abrir la mente y aceptar que lo único malo es la falta de hábito. ¿Es chocante? Sí. La primera vez te choca, la segunda lo miras con curiosidad, luego te parece natural y finalmente te preguntas cómo es que no se hizo antes.

La diferenciación de roles y responsabilidades es otro tema importante. Algunos dirán que la responsabilidad de la mujer es la crianza y la del hombre, la provisión. Si a ambos les acomoda este reparto, bien. Pero si la pareja opta por un modelo de crianza compartida donde ambos proveen además en lo económico, también está bien. Y si ambos comparten la crianza, marcarán en igual medida a sus hijos en lo valórico y religioso. Por otra parte, la vida comunitaria y sinagogal es para toda la familia. Y si ambos padres asisten a los servicios religiosos, no está mal que quieran participar de los ritos en un pie de igualdad.

El tema es complejo, porque toca fibras profundas. Es algo atávico. Hombres y mujeres modernos y respetuosos de la igualdad en la sociedad, se muestran reacios a aceptarla en lo religioso. Cada comunidad debería ir avanzando de a poco, dando opciones satisfactorias y respetuosas para todos sus miembros. Es un desafío complejo, pero no más complejo que tantos otros que el pueblo judío ha superado en su devenir histórico, para que el judaísmo siga siendo relevante para todos.

Por Gachi Waingortin.