Por Robert Funk:

El show de Trump

Desde que llegó al poder hace un año y medio, Donald Trump se ha dedicado a debilitar el Departamento de Estado. Lamentando el estado de las cosas, un ex diplomático comentó hace unos meses que, para Trump, el Departamento de Estado representa un trío de grandes pecados: el personal diplomático es relativamente permanente, tiene una visión internacionalista, y fue dirigido por Hillary Clinton. Entre los cientos de cargos que no se han llenado se encuentra la oficina que lucha en contra del antisemitismo en el mundo, lo cual en sí es grave. Pero más grave es el hecho que la diplomacia de Estados Unidos se encuentre debilitada, lo que lo lleva a cometer errores. Como por ejemplo, mover la embajada de Estados Unidos a Jerusalén.

Esto no quiere decir que mover la embajada no hay sido justo ni correcto. Pero para Estados Unidos, fue también un error.

No cabe duda que Israel, como cualquier país, tiene el derecho de decidir a dónde poner su capital. Sostener lo contrario es caer en el doble estándar al que tantas veces someten a Israel. Y por supuesto que la embajada del principal aliado del Estado de Israel debiera estar ubicada en la capital de Israel, especialmente si la ubicación es la parte occidental de la ciudad, cuyo estatus no está en disputa. También es verdad que la embajada norteamericana, junto con muchas, si no todas, las otras, deberían haberse instalado en Jerusalén hace mucho tiempo.

Pero.

Viendo la puesta en escena de la inauguración de la embajada (que en realidad no fue más que el cambio de designación de consulado a embajada), mirando el público, escuchando a los que fueron invitados a hablar, uno no puede sino quedar con la sensación que, como muchas cosas que hace Donald Trump, no fue más que un show, pensado y dirigido a la base electoral trumpiana, e ignorando los costos diplomáticos para Estados Unidos. Por esa razón, EEUU sacrificó una importante oportunidad para avanzar su agenda en la región.

Históricamente el reconocimiento de Jerusalén como capital, y por ende la ubicación de la capital de EEUU, ha sido uno de los ítems que Israel ha buscado como parte de las negociaciones finales con los palestinos. A pesar de que éstas se encuentran moribundas hace rato, los intereses de los EEUU dictan que, a lo menos, se pudo haber logrado alguna concesión de Netanyahu, no con el objetivo de ‘castigar’ a Israel, sino de por lo menos romper el statu quo que no le conviene a nadie. La sonrisa de Netanyahu lo decía todo. Lo de embajada fue un regalo.

Muchos de los detalles de la inauguración de la semana pasada estuvieron claramente diseñados para causar el mayor impacto entre los vecinos de Israel; la elección de la fecha, el 70º aniversario de la fundación de Israel, fue un irritante innecesario para los palestinos. Los dos pastores que fueron invitados a bendecir la nueva sede son conocidos no solamente por sus dichos en contra del islam, sino incluso por sus opiniones extremas respecto los judíos, quienes según el Pastor Jeffress, se irán al infierno. Que Netanyahu se trague el orgullo en pos de lo que él considera un triunfo no sorprende. Que los dos grandes rabinos de Israel se dignen a aparecer en público con ellos, cuesta entender.

Por un lado, el impacto del cambio de embajada se encuentra mucho más en el ámbito simbólico que real. Cuando en diciembre, Trump anunció la movida, dijo que la misma no representaba “una postura respecto asuntos de status final, incluyendo las fronteras específicas de la soberanía israelí en Jerusalén, o la resolución de fronteras disputadas”. Es decir, la ubicación de la embajada no cambia mucho en cuanto a los temas pendientes a negociar.

Sin embargo, en vez de contribuir hacia los objetivos estratégicos de Estados Unidos, que en este caso es avanzar hacia el establecimiento de dos estados y estabilizar la región (dos cosas que, dicho sea de paso, están en el interés de Israel también), la fuerza simbólica, amplificada por la fecha y el espectáculo, los ponen en riesgo. Como consecuencia, como lo ha hecho cada vez que se ha retirado de algún tratado internacional, una vez más Trump debilita el poder de Estados Unidos en el sistema internacional, elimina su condición de interlocutor válido en cualquier negociación, y abre espacios para que otros poderes tomen su lugar en el Medio Oriente. Lo que queda es poco más que una celebración de un día al que no estaba invitada la totalidad de la sociedad israelí sino representantes de la extrema derecha estadounidense e israelí. Para lo que realmente le importa a Israel, mejor ver las imágenes de celebración, ese mismo día, en Kikar Rabin, donde había mucha más gente marcando el triunfo de Etta Barzelai en Eurovisión. La creatividad y mensaje inclusivo de la canción de Etta fue una contribución mucho mayor para la causa de Israel en el mundo que el show de Trump en Jerusalén.

Por Robert Funk.