Por Matt Erlandsen:

El Pacto Migratorio desde una perspectiva judía

El pasado 19 de diciembre, apenas un día después del Día Internacional del Migrante y de 18 meses de trabajo, se aprobó en Nueva York la recomendación final y oficial de la Asamblea General de Naciones Unidas, denominado Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular, basado en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, que contó con la adhesión de 164 naciones del mundo. Lamentablemente, 18 Estados se abstuvieron, entre ellos Chile e Israel.

No me refreiré a los aspectos jurídicos propios del Pacto, discusión que se ha dado ampliamente en los medios, sino ofreceré una reflexión sobre cuáles son los vínculos morales y éticos, desde un punto de vista judío, de suscribir a este tipo de acuerdos globales.

Basta mirar un poco hacia la historia para fácilmente recordar que Am Israel ha estado deambulando por el planeta desde el principio de los tiempos. Desconocerlo es simplemente negar a nuestros antepasados y nuestra historia, e incluso algunos podrían decir que es luchar contra nuestra propia naturaleza… que es como ir en contra de nuestra genética.

Enumerar y narrar las veces que los judíos fueron expulsados, y por ende convertidos en migrantes forzados, es estéril. A grandes rasgos, y repasando algunas de las etapas históricas, sabemos que hemos sido rechazados masivamente en repetidas oportunidades: partiendo en el año 722 a.E.C. con la cautividad de Nínive, la de Babilonia en 597 a.E.C., la Rebelión de Bar Kojba en el año 135, las Cruzadas y sus destrucciones de ciudades judías entre los siglos IX y XIII, las expulsiones de Francia, de Inglaterra, de España, de Portugal, de Ucrania, los pogromos en Rusia, el Holocausto nazi, y las persecuciones en la Unión Soviética.

Estos son algunos de los antecedentes que nos debieran recordar nuestro estrecho vínculo con los migrantes que hoy esperan con ilusiones poder reconstruir sus vidas, tal como las historias que cada uno de nosotros hemos lamentablemente vivido, escuchado, y compartido con alguien que no hace mucho perdió o dejó todo atrás para comenzar una vida repleta de sueños, lejos de su familia y amigos, convertido en un inmigrante.

Las festividades del calendario judío tienen importantes significados. El chiste dice que todas se pueden resumir en “nos querían matar, pero no pudieron. Nos querían expulsar, pero no pudieron. ¡Entonces vamos a comer!”, y la realidad no está muy lejos de aquello.

Pésaj, la primera de las tres fiestas de peregrinaje del calendario, nos recuerda que fuimos esclavos, y que “D’s nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, con gran terror, señales y milagros ” (Devarim 26:8). ¿Qué ocurrió luego? Los israelitas vagaron por el desierto durante 40 años, convirtiéndose en migrantes nómades, hasta llegar a un nuevo hogar en la Tierra de Israel. La fiesta de las matzot nos obliga no sólo a rememorar el éxodo, sino a revivirlo, como si fuésemos nosotros mismos los que en ese momento estamos siendo expulsados y, sin tiempo ni planificación —tal como muchos de los migrantes de nuestros días— debemos dejar todo atrás.

Sucot, la segunda de las shlóshet ha’regalim, nos recuerda la precariedad con que peregrinamos por el desierto. La Torá nos exige que en esta oportunidad abramos las puertas a todos y que compartamos nuestra comida con las familias, los vecinos, pero particularmente con los extranjeros. En las palabras de Maimónides (Leyes de los festivales 6:18), “cuando uno come y bebe, debe también alimentar al extranjero, al huérfano, la viuda, los otros desafortunados. Pero quién traba las puertas de su patio, y come y bebe con sus hijos y esposa pero no alimenta a los pobres y las almas necesitadas, ésta no es la alegría de la mitzvá sino la alegría de su vientre“.

De las festividades que no aparecen en la Torá, Jánuca es otro de los ejemplos en que la historia ha querido expulsar y eliminar al judaísmo de la faz de la Tierra, sin poder lograrlo, y por el contrario, a través del milagro del aceite, hoy recordamos las hazañas de los Macabeos, quienes inspiraron al movimiento sionista: fuerte responsable y promotor de la existencia de Eretz Israel.

Así, podríamos seguir también nombrando las fiestas modernas del Estado de Israel: Iom Haatzmaut —fiesta de independencia, cuando dejamos de ser apátridas—, Iom HaShoá —cuando recordamos el Holocausto y la pérdida de todas nuestras dignidades y derechos a vivir bajo nuestras identidad cultural y religiosa—, o Iom HaZikarón —cuando recordamos a los héroes de las guerras que pelean, incluso en la actualidad, por nuestro derecho a no perpetuarnos como migrantes, sino a tener un rincón propio en este mundo—.

Desde el punto de vista de las relaciones internacionales, la experiencia judía es fuente promotora por excelencia de la discusión sobre los Derechos Humanos. La Declaración Universal de Derechos Humanos fue creada como una respuesta al Holocausto con el fin último de prevenir que se repitan hechos similares. En la adopción de Resolución 217 A(III) de 1948 que establece cuáles son dichos Derechos, Chile fue representado por el embajador ante las Naciones Unidas, Hernán Santa Cruz, quien además presidió la subcomisión de redacción. Mismo que en un acto de hermandad con el pueblo judío, y de estricto apego a los Derechos Humanos, puso su cargo a disposición luego de que el presidente Gabriel González Videla en 1947 le ordenara abstenerse en la votación de la Resolución 181 de la Asamblea General de la ONU sobre la Partición de Palestina.

La sociedad civil judía, por su parte, ha establecido organizaciones como la Hebrew Immigrant Aid Society (HIAS), que desde 1881 ha apoyado la evacuación y el reasentamiento seguro no sólo de judíos, sino de cualquier ciudadano que vea sus Derechos Humanos amenazados, interviniendo en ocasiones como la Revolución Cubana de 1959, o frente al cambio en la política migratoria de los Estados Unidos para permitir la llegada de refugiados de minorías religiosas amenazadas por la Unión Soviética como judíos, cristianos, y baha’is. Desde el año 2000 esta organización trabaja con poblaciones no judías, porque según Mark Hetfield, presidente y CEO de HIAS, “la Torá nos pide darle la bienvenida al extranjero en 36 oportunidades. Esa repetición es interesante, tal vez porque no es el mandamiento más importante, sino el más fácil de olvidar”.

Oponernos apoyar un Pacto Migratorio global, negarnos a adcribir un acuerdo tan básico por el reconocimiento y el respeto a los Derechos Humanos de los refugiados y de los migrantes, pero particularmente de estos últimos, es deshonesto con nuestros principios morales, nuestro pasado, nuestra identidad, y en gran parte con nuestro propósito de mejorar este mundo —la mitzvá de Tikún Olam—… con nuestra ética judía.

Independiente de nuestra posición política, cada uno debe hacer un esfuerzo por pensar en las palabras de aquellos seres queridos que recordamos con especial afecto, algunos perpetuados en tristes Stolpersteine, y ponernos por breves momentos en sus zapatos: ¿estaríamos en la misma posición si hoy fuéramos nosotros los que necesitáramos asegurarles prosperidad a nuestra familia más allá de nuestras fronteras?.

Por: Matt Erlandsen.
Periodista. Master en Estudios Internacionales.
Estudiante de doctorado en Ciencias de la Comunicación.