Por Sally Bendersky:

El Legado de una Mujer Ejemplar

Hace algunas semanas, nos dejó una mujer reconocida en todo el mundo, y en especial en su país de nacimiento, Francia, como una mujer ejemplar. Su dignidad, fortaleza y belleza han hecho de ella un símbolo francés; tanto así, que el parlamento de ese país votó para que sus restos descansen en el lugar donde reposan los héroes nacionales, el Panteón. También están enterrados allí Víctor Hugo, Marie Curie, Emile Zola, Voltaire y Rousseau.

Simone Veil es una mujer judía, proveniente de una familia laica, nacida en Niza en 1927. Tempranamente tuvo la experiencia de discriminación, cuando vio que su liceo no le permitía la entrada, al tiempo que a su padre, arquitecto, le era prohibido el ejercicio de su profesión, por el solo hecho de ser judíos. Simone, sus padres y su hermana mayor fueron detenidos en 1944, pocos días después que Simone rindió su prueba de bachillerato, contando diecisiete años de edad. El sentimiento de culpa de haber entregado datos familiares a través de esa prueba la persiguió siempre. Las tres mujeres fueron enviadas a Auschwitz y más tarde a Bergen-Belsen, donde la madre pereció de tifus. Su padre y su hermano, quien también fue deportado, no dieron señales de vida nunca más. Otra hermana, que participaba en la resistencia, fue enviada al campo de Rävensbruck. Finalmente, sobrevivieron las tres hermanas, de las cuales la mayor falleció en un accidente automovilístico en los ‘50. De 400 niños judíos de su región que fueron deportados, sólo sobrevivieron ocho, además de las tres hermanas.

En 2005, durante una entrevista en TV, Simone Veil expresó:
“Sesenta años después, todavía me persiguen imágenes, olores, sollozos, la humillación, los golpes y el cielo cubierto con el humo de los crematorios”.

Después de la liberación, Simone regresó a Francia y estudió leyes y ciencias políticas en la universidad de París. En 1956, ocupó un alto cargo en la administración nacional penitenciaria, donde se ocupó en mejorar el trato y las condiciones carcelarias de las mujeres presas, incluyendo a las prisioneras argelinas que luchaban por la independencia de su país. Más adelante, fue ascendiendo en diversos cargos en la magistratura, logrando mejorar los derechos generales de las mujeres francesas y su status. Entre 1974 y 1979, Simone ocupó el cargo de Ministra de Salud, bajo dos Primeros Ministros. En ese rol, continuó con su política de protección a los derechos de la mujer. Su lucha más difícil fue lograr la promulgación de la “ley Veil”, de legalización del aborto.

Es pertinente detenernos en este punto, debido a la conmoción que despierta actualmente en la sociedad y la política chilena la discusión sobre la ley de despenalización del aborto por tres causales.

Hace ya 42 años, a fines de 1974, Simone Veil logró enviar al parlamento la ley de legalización del aborto, con la venia del presidente Giscard d’Estaing, pero con la aceptación a regañadientes del Primer Ministro Jacques Chirac. El debate en la Asamblea Nacional duró tres días completos, en los que continuamente se lanzaban frases como: “un acto de asesinato”; “monstruoso” y “Francia está produciendo ataúdes en vez de cunas”. Algunos críticos comparaban el aborto con la eutanasia nazi. Un parlamentario le preguntó directamente a Simone Veil: “Señora Ministra, ¿usted quiere enviar niños a los hornos?” La Sra. Veil mantuvo siempre su compostura y a la vez su determinación. Como víctima del Holocausto, no aceptó esas iracundas comparaciones. En el parlamento respondió así a sus críticos:

“Digo esto con total convicción: el aborto debería permanecer como una excepción, el último recurso frente a situaciones desesperadas. Se preguntarán ustedes, ¿cómo podemos tolerarla sin que pierda el carácter de excepción, sin que parezca que la sociedad la promueve? Yo compartiré una convicción de mujeres, y me disculpo por hacerlo frente a esta asamblea compuesta casi exclusivamente por hombres: Ninguna mujer recurre al aborto de manera liviana. Basta con escuchar a las mujeres. Es siempre un drama”.

En una entrevista en 2005, Simone Veil comentó: “A menudo me preguntan qué es lo que me dio la fuerza y la voluntad para continuar la lucha. Yo creo profundamente que es mi madre. Ella nunca ha dejado de estar presente en mí, a mi lado”.
En 1979, la Sra. Veil se convirtió en el primer presidente del Parlamento Europeo, órgano legislativo de la Comunidad Económica Europea, precursora de la Unión Europea. En 1993 fue nuevamente Ministra de Salud, y posteriormente, ocupó diversos cargos de representación gubernamental con un rol eminentemente humanitario. Fue también la presidenta de la Fundación para la Memoria de la Shoah y presidenta del directorio del Fondo Fiduciario para la Reparación de las Víctimas. Y por si todo esto no fuese suficiente, en 2010 fue invitada a ser miembro de número de la Academia Francesa.

Su intensa vida pública no le impidió a la Sra. Veil ejercer su rol de esposa durante 67 años y de criar, un tanto rigurosamente tal vez, a sus tres hijos. Actualmente sobreviven dos de los hijos.

Simone Veil fue una mujer de gran fortaleza, pensamiento autónomo, enorme presencia física, inteligencia emocional y un cultivado lenguaje. Los más cercanos podrían considerarla algo exigente, cualidad que se diluye ante su capacidad de trabajo, de lograr resultados, de convertir a la población francesa en su conjunto en su aliada, a pesar de todo. Sus principios y su cualidad humana están por sobre sus preferencias políticas declaradas, que fueron de centro derecha. Las encuestas siempre la favorecieron en los últimos años y es un ejemplo de liderazgo que el mundo necesita.

El presidente Emmanuel Macron ha dicho:
“Que su ejemplo inspire a nuestros compatriotas, que encontrarán en ella lo mejor de Francia”. Extendamos esta invitación a toda la humanidad.

 

Por Sally Bendersky.