En memoria de David Feuerstein (Z.L.):

El deber de recordar

La memoria es un valioso sentido y su ejercicio nos permite vivir y revivir a quienes nos han precedido en la partida.

Por eso es que hoy recuerdo a un incansable luchador, a un hombre que vivió su vida intensamente y que supo transformar la horrible experiencia de haber estado en un campo de concentración a pasos de la muerte, en grandes obras en beneficio de sus semejantes.

Cuando salió del bunker donde estuvo aislado en su lucha clandestina, desde que huyó del campo de concentración y exterminio Auschwitz-Birkenau hasta terminar la guerra, junto a un grupo de amigos que le acompañaron en esa jornada, quiso cumplir con la promesa hecha a sus compañeros de cautiverio. “El que saliera vivo, lucharía hasta el fin de su existencia por contar al mundo los horrores sufridos y por mantener vivo el recuerdo”.

Conocí a David Feuerstein Wielgus hace exactamente 40 años. Un destacado publicista, Mauricio Guelfeinbein, quien llevaba sus cuentas promocionales de su empresa relojera, me invitó a conocerlo ya que su amigo “quería un poquito de prensa”.

Me recibió en su oficina masticando un habano fino, que a veces humeaba. Me saludó cordialmente y de inmediato estábamos hablando de política, de economía y de actualidad mundial. Ni una palabra del tema que yo quería escuchar: Su vida en un campo de concentración, su rescate y sus años post-Holocausto.

Le costaba narrar lo experimentado en esos aciagos años. Finalmente, en una de nuestras largas conversaciones, se subió la manga de la camisa y me dijo: “Por muchos años yo fui simplemente 160.023. Me mostró el número que le fuera tatuado en Auschwitz y que era un sello indeleble de haber sobrevivido a ese cautiverio”.

Había perdido a sus padres, a dos de sus hermanos y a una hermanita. José el hermano dos años menor logró sobrevivir y ambos se unieron luego de la invasión rusa a Polonia.

David era un hombre especial. De fuerte carácter y generoso. De ser un prisionero a los 16 años, Antes de los 21 años se convirtió en millonario empresario. Nació en 1925. Tal vez en Sosnowiecz (Alta Silesia entonces territorio alemán) o en Checiny, Polonia. Cuatro banderas se apretaban en su corazón. Después de la guerra se avecindó en Argentina, de donde era ciudadano; luego pasó a Chile. Fue pionero en las faenas madereras. Se le entregó la nacionalidad chilena por gracia. Alemania le reconstituyó la propia y Polonia lo consideraba un hijo ilustre.

Casado con Marysia Zucker tuvo dos hijas, Sussy y Puppy, igualmente exitosas. Hoy, deja atrás esposa, hijas, nietos y bisnietos.

En los albores de año 2000, David estuvo dispuesto a viajar a Polonia, a recorrer los campos de concentración, los restos de los hornos crematorios donde sus familiares fueron convertidos en cenizas.

Fue destacado colaborador de Yad Vashem, entidad que recoge su nombre del versículo 5, capítulo 56, de Isaías, que dice: “En mi casa les daré un muro donde establecer un memorial y grabar un nombre”.

Fue gran respaldo de un joven Rabino que llegaba a Chile a iniciar la expansión de su movimiento. Lo recuerdan en la Gran Sinagoga de Jerusalén, en el Estadio Israelita de Chile. Donde quiera que estaba presente se le reconocía como sobreviviente de la más horrible tragedia que recuerda el mundo.

Su nombre figura en diversos monumentos y hasta donó un Pabellón VIP cerca de la Plaza del Ghetto de Varsovia en Yad Vashem, Jerusalén.

“Mantener viva la memoria del Holocausto ha sido una tarea que he asumido con amor y generosidad”, me dijo en una ocasión.

En 1983 fue designado Presidente de la Sociedad Chilena para Yad Vashem, entidad que presidió hasta el momento de su partida.

Así, con el correr de los años de ser su asesor de Prensa, fui convirtiéndome en redactor de sus discursos, en creador de los comunicados y en su biógrafo.

Su vida la plasmó en una biografía titulada “Cenizas y Esperanzas”, palabras que reflejan lo único que quedaba al terminar la guerra.

Hoy, al verlo traspasar el umbral de la vida, con sus 94 años, me imagino que ese 29 de enero de 2019 que nos dejó, aún en su hora final reflexionaba y decía: “¿Qué más pude haber hecho para mantener vivo el recuerdo de los 6 millones de mis hermanos judíos? ¿He luchado lo suficiente por la memoria?… ¿He trabajado todo lo posible para que jamás se repitan hechos como los que encierra el Holocausto?”.

Sólo D’s sabía cuando culminaría su misión…

¡Qué así sea!

 

Por Tulio Astudillo. Periodista. Autor “Cenizas y Esperanzas”