Por Andrés Gomberoff:

Einstein, judaísmo y diversidad

Hace solo un mes tuve una experiencia que cambió sustancialmente mi percepción del ser judío. Participé en el festival Limud en Inglaterra, evento que reúne a dos mil quinientos participantes en un hotel por cinco días. Personas de todas las posiciones religiosas, políticas e intelectuales dentro del judaísmo escuchan y dan cátedra sobre una infinidad de temas afines al ser judío. Nunca había sido parte de tanta diversidad cultural, amplificada por un encierro en las afueras de Birmingham del que nadie escapaba. Afuera todo era frío y soledad. Adentro, el frenesí intelectual vibraba en una actividad que, si bien en ocasiones parecía demencial, nunca dejaba de ser cálida. Después de todo era mi gente. Estaba en casa.

Mi presentación era sobre la ciencia de Einstein. Salvo por el judaísmo del personaje, me parecía un tema forzado en ese contexto. Ahora sé que el tema nada tenía forzado. Que yo acarreaba un prejuicio sobre lo que era ser judío. Uno que además rompía con mis propias raíces judías alemanas laicas, alejándome de aquello de lo que debí siempre sentirme profundamente orgulloso. Pero volvamos a Einstein.

Albert Einstein fue parte de un periodo de bullente actividad científica e intelectual que se gestó en Europa durante las primeras décadas del siglo XX. Lo inusitado fue que ahora una gran cantidad de judíos eran protagonistas. ¿Qué había cambiado que los judíos pasaban de manera tan abrupta de la invisibilidad a la primera fila de la producción científica?

Se trataba de la culminación de un proceso de integración que había comenzado a fines del siglo XVIII en Berlín y desde allí se había esparcido por Europa: la Haskalá. Este aceptaba y abrazaba la cultura de los gentiles, de modo que las escuelas judías incorporan en sus asignaturas la ciencia, la filosofía y el alemán, además de incentivar a los jóvenes a seguir estudios universitarios. El judaísmo no había vivido una revolución tan drástica desde que Maimónides acepta la filosofía griega y en su “guía de los perplejos” inaugura una lectura alegórica de la Torá, que compatibiliza con la racionalidad filosófica de Aristóteles. La Haskalá fue el origen de varios de los grupos de práctica religiosa judía que conocemos hoy. El término “ortodoxo”, por ejemplo, se acuñó a fines del siglo XVIII, para designar a aquellos que se oponían a la Haskalá. El movimiento reformista nace algunas décadas después, de la mano del rabino Abraham Geiger en Breslau, misma ciudad que luego vería surgir al movimiento conservador, liderado por Zacharias Frankel. La diversidad florece, desde Alemania, y es proyectada a todo el mundo judío. En ese paisaje de integración, tolerancia y respeto por el individuo, el 14 de marzo de 1879, nace Albert Einstein.

Por supuesto, el salir del judaísmo más tradicional y de la autoridad rabínica, también implicó más asimilación y conversión. Pero los buenos tiempos para los judíos no tardarían en acabar, y una Europa cada vez más antisemita y nacionalista produce una nueva forma de cohesión: el movimiento sionista.

La diversidad que había germinado en poco más de un siglo provocó importantes discusiones en torno a la identidad judía moderna. Famosos, por ejemplo, son los intercambios epistolares entre Martin Buber y Franz Rosenzweig. El primero, liberal y sionista, el segundo, observante e inseguro de la conveniencia de un estado judío. Para Rosenzweig lo judío residía en la tradición, en los preceptos. Tenía una cualidad temporal. El sionismo de Buber, junto a su visión más personal de la relación entre el individuo y Dios, hacía de su judaísmo una cuestión más espacial, ligada a un lugar, a una tierra. El espacio y el tiempo se enfrentaban como dos posiciones excluyentes hacia la búsqueda de la identidad judía.

En 1920, Rosenzweig funda en Frankfurt, con el apoyo de Buber, el Lehrhaus, un singular espacio de enseñanza judía para adultos abierto a todos: religiosos, seculares o asimilados. Mujeres y hombres. Allí confluyeron intelectuales de la talla del rabino ortodoxo Nehemías Nobel, el filósofo y cabalista Gershom Scholem, la intelectual feminista Bertha Pappenheim y el psicoanalista Erich Fromm. En la visión de Rosenzweig, debía haber poca distancia entre alumnos y profesores. Un judaísmo vivo, dinámico, que se vivía desde la pregunta. En Limud supe que presenciaba una proyección contemporánea de la Haskalá, y del espíritu de Rosenzweig.

Sucede que en ocasiones el judaísmo laico se nos olvida. El tiempo y el espacio se separan, se repelen a extremos inasibles. Así, Israel y la sinagoga parecen ser los únicos lugares en donde creemos poder cultivar nuestra herencia. Sentimos que, aunque seamos orgullosos ciudadanos no religiosos de la diáspora, debemos elegir uno de esos caminos o alejarnos. Allí es cuando debemos recordar que Einstein unificó los conceptos de espacio y tiempo en física y luego los hizo dinámicos en su teoría de gravitación. Leer esto alegóricamente, para hacer que la división entre lo espacial y lo temporal en el judaísmo se disuelva en una amalgama que defina algo más grande y profundo que la dicotomía entre estás dos vertientes. En donde hagamos viva la suma de toda la diversidad que el pueblo judío ha creado. Desde Maimónides a Einstein, todos son parte fundamental de nuestra identidad. Lo que no podemos olvidar es aprender. No importa si es la relatividad de Einstein, el Talmud o el psicoanálisis. Todo es complejo, bello y parte de nuestra herencia. Debemos enarbolar toda esa diversidad cultural con orgullo.

Fue en Limud – que tiene una exitosa contraparte chilena – que me encontré con el instrumento natural para empujar este punto de vista, y volver a sentir y respirar una identidad judía que tenía olvidada. En palabras de Einstein: “Un país se transforma realmente en un alma solo cuando conscientemente sirve a su vida intelectual. En el caso de nuestro pueblo judío, fue ese esfuerzo el que conservó su unidad. No existiríamos hoy como comunidad sin esa continua labor hacia el aprendizaje, la literatura y el pensamiento.”
Es bueno escuchar al maestro.

Por Andrés Gomberoff. Físico.