Por Isaac Caro

Egipto: entre la autocracia y el terrorismo

E l 19 de mayo de 2016 se estrelló en el Mediterráneo un avión comercial de Egyptair que volaba entre París y El Cairo, muriendo 66 personas. Este siniestro recordó el accidente del 31 de octubre de 2015, cuando un avión ruso con 224 personas se precipitó en la península de Sinaí. En el primer caso, el autodenominado Estado Islámico se adjudicó el atentado en contra de la aeronave, aunque las autoridades egipcias se demoraron en reconocer que podría tratarse de un ataque terrorista. En cambio, en el accidente más reciente, el gobierno egipcio habló tempranamente de la hipótesis de un atentado, a pesar de que ningún grupo se había adjudicado el derribo del avión.

Más allá de las causas que produjeron el accidente del avión, la prensa internacional ha vuelto a colocar a Egipto en el centro de la noticia. Dos temas son recurrentes: el terrorismo y la autocracia. Primero, el terrorismo especialmente del Estado Islámico, que ha tenido una presencia importante en la Península de Sinaí. Algunos ejemplos: en julio de 2015 fueron asesinadas 36 personas entre militares y civiles; en noviembre de 2015 hubo cuatro muertos en un hotel en el Sinaí; en marzo de 2016 fueron asesinados 13 policías también en el Sinaí. La lista suma y sigue. Egipto tiene una larga tradición de atentados terroristas, siendo sin duda el más emblemático el asesinato del ex presidente egipcio y Premio Nobel de la Paz, Anwar el Sadat, acontecido en octubre de 1981. Lo novedoso de la nueva ola de ataques terroristas es que, más que grupos locales, corresponden a una organización trans-nacional, como el autodenominado Estado Islámico, que se extiende por varios países del Medio Oriente y busca la construcción de un gran Califato. Es un movimiento yihadista que se enfrenta a los “infieles”, esto es a Occidente y también a aquellos gobiernos, como el conducido por Al-Sisi, que son considerados ilegítimos.

El segundo tema apunta a la estructura autocrática, que es propia del régimen político egipcio. Desde junio de 2014, está en la presidencia Abdelfatah Al Sisi. Su llegada al poder fue precedida de una serie de sucesos dramáticos, los que implicaron la caída de Mubarak, tras 30 años en el gobierno, en febrero de 2011; un gobierno de transición que convocó a elecciones parlamentarias y presidenciales en 2012; la elección de un presidente Mohamed Mursi, ligado a la Hermandad Musulmana, un movimiento islamista formado en la década de 1920 y que constituía el movimiento social y político más organizado del país; un golpe de Estado en 2013 dirigido por el propio Al Sisi, en cuanto jefe supremo de las Fuerzas Armadas; la conformación de una presidencia interina, que declaró ilegal a la Hermandad Musulmana.

En las elecciones de junio de 2014 Al Sisi se impuso con el 96% de los votos, frente a Hamdin Sabahi, fuerte opositor del régimen de Mubarak, que solo obtuvo el 4%. Estos comicios fueron cuestionados tanto interna como externamente, entre otros motivos, por la desarticulación y prohibición de la Hermandad Musulmana, que en las elecciones parlamentarias de 2012 había obtenido el 47%. Desde sus inicios, el gobierno de Al Sisi ha sido criticado por sectores internos egipcios y por gobiernos occidentales, debido a su carácter autocrático. Sin embargo, el nuevo presidente ha tenido una gran habilidad en reconstruir sus relaciones exteriores con algunos actores claves, como son Estados Unidos, Rusia, Arabia Saudita e Israel. Con Estados Unidos, a partir de abril de 2015, tras una reunión cumbre entre Al Sisi y Obama, se restauran de manera plena las relaciones bilaterales y Washington reanuda la importante ayuda militar a Egipto, suspendida debido al golpe de Estado. Con Rusia, ya mantenía excelentes relaciones, y en 2013 siendo ministro de Defensa negoció la posibilidad de dar una base naval a Rusia en Alejandría y cooperar en el campo de la energía nuclear. Ahora, como consecuencia de las sanciones impuestas por Occidente a Rusia debido al conflicto con Ucrania, Moscú ha buscado aumentar la colaboración económica, política y militar con El Cairo. Otros dos actores regionales son claves para la política exterior de Egipto: se trata de Arabia Saudita e Israel. Con Arabia Saudita mantiene especiales relaciones, al extremo que en abril de 2016 El Cairo cede a Ryad dos islas estratégicas del Mar Rojo y ambos países anuncian la construcción de un puente sobre este mar. También han sido muy buenas las relaciones con Israel, puesto que comparten enemigos comunes representados por la Hermandad Musulmana y Hamas, respectivamente; es más, el gobierno de Al-Sisi considera como agrupación terrorista el movimiento Hamas, rama que nace de la Hermandad Musulmana y que tiene fuerte presencia en Gaza. Hacia mediados de mayo el presidente egipcio había propuesto un encuentro entre el primer ministro israelí Netanyahu y el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas. Este objetivo hoy parece muy difícil de alcanzar puesto que en Israel ha asumido como ministro de Defensa Avigdar Lieberman, con lo cual el gobierno israelí ha dado un fuerte giro hacia la extrema derecha, adoptando posiciones todavía más intransigentes con respecto a la resolución política de la cuestión palestina.

En breve, hay dos lecciones que podemos sacar de la experiencia egipcia. Primero, el terrorismo ha sido un elemento intrínseco en la historia reciente del país. La prohibición de la Hermandad Musulmana deja un vació sustancial que puede ser ocupado por agrupaciones islamistas más radicales, como el Estado Islámico. Segundo, Al Sisi representa al “nuevo Mubarak” y posiblemente siga los mismos pasos que este y que Mursi, esto es ser condenados por ser gobiernos autócratas que no respetan los derechos humanos. Sin embargo, una lección parece clara en el Medio Oriente: los grandes líderes, autócratas o dictadores, son señal de mayor estabilidad en la región. Su caída suele producir más caos, desorden y desconcierto.