Diccionario de la perdición

L as palabras nos alejan, nos deshumanizan, son pequeños mundos ahogados que gritan por significado real, que quieren existir en nosotros, pero ellos sólo pueden alejarse de su origen a su prematuro nacimiento, olvidando a cada segundo su unión, ya no hay uno, hay dos… A lo menos eso creemos, a lo menos eso queremos, eso sí, indudablemente gracias a esto somos. La dualidad nos hace reales.

Se separa tanto la palabra a su descripción de lo que envuelve la realidad del que habla, que se maquiniza, cosifica lo humano y maltrata lo sagrado. Cuando nos dedicamos a entender y describir, sólo podemos llegar a percibir la utilidad de aquello que rozamos con nuestra comprensión, y al ocurrir de esta forma, vamos apagando su esencia y al mismo tiempo la nuestra, angostando nuestro margen de existencia, acortando nuestra vida.

Desde el edén que viene este castigo a nuestro andar. Mordimos el árbol del conocimiento y desde ese momento entendimos, desde ese momento nombramos, desde ese momento los ojos de conocimiento le dieron vida y existencia a lo que les rodeaba, lo que aún permanecía apagado en unión, las comprensiones seguían siendo un plano o llanura frente a estos ojos luminosos sin conspiraciones mentales. Desde ese momento dejamos de ser parte del mundo, desde ese momento somos pasajeros de una bola de tierra, somos ajenos a toda criatura, somos extraños a nuestros semejantes y a veces de nosotros mismos, comenzamos a ser compañeros de la vergüenza y socios de las apariencias.

Este mundo es un mundo creado por la palabra, por sonido. Cada letra y su sonido eran uno, no había alguien que las comprendiera antes, nadie aprendió a decirlas, solo eran sonido y materia en conjunto, eran, fueron, son.

Mundo en hebreo se dice olam, y a su vez la raíz o shoresh es ulé que significa ocultar, enmascarar, ocultando la esencia primordial en diferentes niveles desde or in sof (luz infinita) hasta nuestra realidad física y tangible.

Creándose a sí mismas, iban escondiendo su significado o esencia en su apariencia, y así es como nosotros somos diferentes a los de al lado o a los de arriba y a algunos de abajo. Pero nosotros también somos palabras, y cuando decidimos entender eso comenzamos imparablemente a imitarlas, y ahí comienza nuestro castigo.

Todo cambia al sentir, ahí está la clave de lo que se crea, así se rompe nuestra culta animalidad, ahí quebramos la textura que nos mantiene como visitas, como en burbujas dentro del mar.

Lo que se siente, suena y hace vibrar a otros seres que perciben lo mismo sin tener que hablar, al contrario a lo que se describe, que rebota para uno en el egoísmo de ser individuo, de querer autosuficiencia, de querer perfección, vestigios de ser creados por un ser de esas características.

La palabra es la única herramienta que tiene el ser humano para entenderse y entender su entorno y a la vez alejarlo esencialmente, a tal punto de desconocerse a el mismo. La esencia primordial oculta en todo lo existente podemos asociarla a la palabra emet: verdad, compuesta de tres letras: alef, mem y tet. Pero cuando esta desconoce de sí misma su origen, cuando se aliena de su carácter dual: esencia y materia, falta a su origen y a la unidad primordial de donde tiene su origen: a decir la letra alef, que simboliza la unidad, y emet sin alef, es met: Muerte, como cuenta la leyenda del Golem de Praga.
El ser humano no está listo para hablar, pero hablamos… y a pesar de guardar cada palabra que nuestro corazón grita y recitar estupideces: Hablamos, decimos, bendecimos, maldecimos, gritamos, contamos y cantamos… Somos un conjunto infinito de imposibilidades, y aún… aún así existimos.

Quizás desde donde se ocultan los significados, alguien nombra nuestra existencia cada segundo, para que no desaparezcamos en el silencio de lo que creemos estar tan seguros somos. (Nubes de conciencia aparente unidos a un pedazo de carne parlante).

Por Marcos Huberman B.