¿Es el psicoanálisis una historia judía?:

Desmentida o rechazo de un trauma mundial

El desgarro subjetivo esparcido por el nazismo, no puede ser circunscrito sólo a los judíos. El trauma judío era y es, un trauma europeo y del mundo entero, hasta podríamos aventurar que se ha convertido en el trauma de la civilización. Günter Grass dice: “… escribir después de Auschwitz y buscar ahora un comienzo, sé que me he impuesto la insuficiencia. Mi tema exige demasiado. Sin embargo, se puede hacer el intento”. ¿A cual intento se refiere: escribir, atestiguar – como lo hace – o buscar un recomienzo? El mismo, en tanto alemán joven durante el dominio fascista, acepta que la historia quedó dividida en un antes y un después de Auschwitz. Es decir, también para los alemanes, aunque por distintos motivos al de los judíos, la Memoria es una cuestión de “olvidar olvidar”, lo cual requiere de una reacomodación del Trauma en cada uno de los sujetos sobrevivientes, y de un reconocimiento histórico no censurado que se transmita a las nuevas generaciones. Tenemos que estar dispuestos a reconocer que hay Trauma en la víctima y en el verdugo, en el cómplice y en el neutral aunque éste (el Trauma) se halle desmentido o desatendido.

Desde la clínica psicoanalítica, sabemos hoy, que al olvido del olvido se llega por re-escrituras permanentes del Trauma y no por sentencias restrictivas. Durante la Shoá, los prisioneros en los campos cantaban, componían, fantaseaban y se disociaban para poder continuar. Adorno dijo que “… escribir (poesía, un poema) después de Auschwitz es una barbaridad, luego no se puede escribir después de Auschwitz”. Tomar la frase de Adorno en sentido metafórico- poético, pero también psicoanalítico, lleva a Grass a decir que el mandamiento de no escribir sólo se “puede refutar escribiendo” y a Kertész (Nobel de Literatura 2002) que después de la Shoá sólo resta la cultura del Holocausto. Un alemán y un judío “sobreviviendo” a su propia experiencia sobreviviente.

Entonces se hace más interesante hablar de memoriar (verbo inventado) que reemplaza a recordar. Memoriar u olvidar la tendencia al olvido, no puede devenir del imperativo superyoico de “¡No olvidar!” que trae para quien lo acata, el olvido por represión o desestimación. Memoriar implicaría descubrir el falseamiento de la conciencia y restituir algunos fragmentos de historia rechazados, rescatar de la memoria sin velo del Trauma, una parcela de Eros que permita el resquebrajamiento de los dogmas y las certezas, que al decir de Grass , son enemigos de la vida. Grass, escritor, habla como alemán advertido aposteriori, de lo que la Ilustración alemana atea no dejaba ver: las distintas facetas de la idealización que condujeron al pueblo alemán hacia el liderazgo de Hitler. La idealización es un proceso, según Freud, que engrandece al objeto con valores provenientes del narcisismo infantil, por lo cual adquiere para el sujeto características psíquicas semejantes al estado de enamoramiento y pueden conducirlo a desestimar, en pro del mismo, la ética y la moral. Luego “olvidar olvidar ” supone, por un lado, una operación del sujeto, y, al mismo tiempo, el compromiso de renunciar a armar un rompecabezas con todas las figuras bien dispuestas, renunciar a una buena forma donde nada falte; la verdad se alojará en esa falta. De esta renuncia surge el deseo de legar a los hijos los claroscuros por donde se filtren los contrastes y divergencias que la verdad acarrea. La verdad se semidice como plantea el psicoanalista francés Jacques Lacan pues requiere de un velo y de un duelo.

Desconocer el trauma alemán, el trauma europeo y el trauma del mundo, sería tan insensato como desconocer, como desmentir la Shoá. Luego la Shoá, es el nombre de un Trauma cuyas secuelas llegan hasta hoy, porque es el Trauma de todos los implicados.

Los judíos sobrevivientes están compelidos a desgastar el Trauma y a evitar que se borre de la historia – debido a la tendencia a desvirtuar la verdad del Holocausto por ignorancia, por motivos ideológicos políticos, racistas, etc. – ; los alemanes sobrevivientes también. Mientras en los primeros elaborar lo traumático corresponde a un duelo por la posición de víctimas, para los segundos es arreglárselas con la posición de “los amos de la crueldad” de una época. Para los alemanes, este arreglo con el Trauma reviste distintas opciones: desde un desgaste paulatino en el tiempo, una desmentida ( sé lo que ocurrió pero no lo creo; mecanismo perverso), una forclusión o repudio (rechazo radical del trauma en lo simbólico y de las marcas históricas: “esto jamás existió”; mecanismo psicótico) o una transformación subjetivo-colectiva que impida un nuevo horror.

Los alemanes se dividen entre los que desmienten y hasta forcluyen o repudian lo traumático afirmando que “un alemán nunca haría algo así” y los que evidencian el espanto tanto por lo perpetrado por los alemanes como por el acto de desmentir los sucesos aberrantes. La desmentida es signo del horror al horror que lleva a “no querer saber” por lo cual consideramos formando parte del trauma histórico tanto a la incredulidad judía ante el horror del sadismo alemán, como a la incredulidad alemana ante el mismo horror en sí mismos: “horror de reconocerse verdugos”.

Incrédulo es el que se resiste a creer una cosa. O sea, el sujeto incrédulo se divide, se escinde entre lo que cree o sabe y lo que resiste a ello. La incredulidad judía respecto del goce sádico condujo a un anonadamiento subjetivo: los judíos veían, sabían, olían pero no podían creer.

Wiesel agrega: “Durante la catástrofe, las víctimas eran lo suficientemente ingenuas como para estar convencidas de que el así llamado mundo civilizado no sabía nada acerca de lo que les estaba ocurriendo. Si los asesinos podían asesinar libremente, se debía tan sólo al hecho de que los aliados no estaban informados”. Hoy sabemos cuán informado estaba el mundo y sus dirigentes, y cuán ilusorio y anonadante era la creencia en la civilidad.

Grass recupera algunos de los lemas nazis con que se alistaba a los jóvenes muy jóvenes alemanes; de ellos se puede rescatar a modo de ejemplo el siguiente: “La bandera es más que la muerte”. Este lema constituye una de las consignas fundamentalistas que conducen a la inmolación, la guerra y al terrorismo. La pasión nacionalista que había llevado a los europeos a la primera Gran Guerra, retornó engrandecida y fortificada en la Segunda. Vemos así planteada la cuestión: hay algo inolvidable del trauma, rechazado, que no se desgasta, y que por eso mismo reaparece una y otra vez como espanto que no sabe del espanto; a esta clase de no – saber lo denominamos los psicoanalistas desmentida y/o rechazo (forclusión) que excede lo individual y que muchos han clasificado como el Mal.

 

Referencia general:
Goldstein, M. (2006). Xenofobias, terror y violencia. Erótica de la crueldad. Lugar Editorial, Buenos Aires.
Citas:
Adorno, T (2008). Crítica de la cultura y Sociedad 1, Obras Completas. Ed Akal, Madrid
Grass, G. (1999). Escribir después de
Auschwitz. Paidós, Madrid
Wiesel, E. (1981) Súplica de los sobrevivientes. Un judío hoy. Ed. Seminario Rabínico Lat.,
Buenos Aires.

Por Eduardo Gomberoff Soltanovich. Psicoanalista, Psicoterapeuta y Académico chileno.