Por Rabino Ariel Sigal

Defecto Perfecto

Es cierto que la Torá no se basa en la estética, pero cuando menciona detalles en el asunto, resulta curioso. Si existiera un Manual de Protocolo y Ceremonial para ocupar el cargo sacerdotal en los tiempos bíblicos, seguro tendría consideraciones físicas severas. No es que la Torá sea frívola, por el contrario, reconoce que el ser humano podría caer en la tentación de la forma más que en el contenido.

El sacerdote, por instrucción de D’s a Moshé, y éste a Aharón, no podrá ni siquiera en las generaciones futuras ser: “jorobado, enano, que tenga defecto en un ojo, que tenga llagas o costras en la piel” Vaykrá 21:20. Es decir, “nadie que tenga un defecto será apto, ya sea ciego, cojo, desfigurado o deforme”.

La Mishná interpreta curiosamente que una discapacidad que descalifica a los Levitas de sus tareas, no descalifica a los Sacerdotes, y lo mismo ocurre en el caso recíproco -Julin 1:6-. Esto explica por qué los Sacerdotes a causa de un defecto corporal, y no por razones de edad, no eran seleccionados. En cambio, Levitas eran descalificados por la edad, ya que servían entre los 30 y 50 años a pesar de tener defectos corporales. Esto muestra sintéticamente que no hay aptitud perfecta para todos los roles, sino implicancias individuales y costumbres.

Al discutir los rabinos en el Talmud, Rabí Iojanan dice que un hombre ciego de un ojo no debe levantar sus manos para bendecir al pueblo -Birkat Kohanim-. Pero la Guemará señala que había uno en la vecindad de Rabí Iojanan, que solía a levantar sus manos, ya que los habitantes del pueblo estaban acostumbrados a él – Megilá 24b-. La Guemará cita una Braita que enseña que un hombre ciego de un ojo no debe levantar las manos, pero si la gente del pueblo está acostumbrada a él, se le permite hacerlo. Rabí Iehudá dijo que un hombre cuyas manos estaban descoloridas tampoco debía levantar sus manos. Sin embargo, la Guemará citó otra Braita que enseña que si la mayoría de los hombres de la ciudad poseen la misma pigmentación, se le permite.

Detrás de la discusión corporal, la Torá reconoce que no hay perfección en el humano sino roles y costumbres. Todos somos propensos al defecto, y la perfección tiene que ver con armonizar en nuestra sociedad. Las malas costumbres deben ser nuestras enemigas. Los hábitos deben cambiar. No podemos ser Levitas y Sacerdotes al mismo tiempo, pero sí seres humanos.