Por David Rozowski

Cumplamos con la mitzvá de honrar a nuestros padres

En la vorágine del trabajo, la familia y la vida comunitaria, tendemos a olvidar a nuestros viejos, pero también que nosotros mismos envejecemos.

A diario vemos a muchas personas que empiezan a notar los efectos de los años en su cuerpo y su mente. Es entonces cuando tomamos conciencia de lo que esto significa. Un declive de las capacidades físicas y de la salud que puede llegar a generar distintos grados de dependencia, así como cambios en las capacidades cognitivas que pueden ocasionar rabia e impotencia.

Miramos alrededor y vemos como esas personas ya no son capaces de realizar actividades que antes les parecían sencillas, lo que les genera un grado importante de frustración.

Estas señales de vejez muchas veces nos asustan, pues no tenemos certeza de cómo será nuestro propio proceso. Nos descubrimos muchas veces pensando cuánto de esto o de aquello deberemos enfrentar a los 70 u 80 años.

En este sentido, es importante destacar el contexto: nuestro país envejece de una manera acelerada, lo que ha sido evidenciado en distintas mediciones, como el Censo 2017.

Así como vamos viendo el deterioro físico o cognitivo que ocurre en la tercera edad, también surgen oportunidades y desafíos.

Está desde luego la importancia de dar nuevos roles a quienes tienen una mayor esperanza de vida y que desean ser reconocidos por sus capacidades e incluidos en diversas tareas después de su retiro laboral. ¡Cómo no! Si la “jubilación” en lo laboral, no implica la “jubilación” de la vida, menos cuando se tienen tantas experiencias acumuladas y dignas de ser compartidas.

Por otro lado, existe otro grupo que se trasforma en un desafío para los gobiernos y las familias: son aquellos adultos con mayores grados de dependencia y vulnerabilidad.

Envejecer en nuestro país en general no es fácil. Hay falta de servicios de buena calidad y una tremenda carencia de programas para satisfacer las necesidades de esta población, tanto para aquellos que se mantienen activos, como para quienes necesitan cuidados especiales.

El desafío es colectivo: debe ocupar a las autoridades, pero sobre todo a las familias, que deben asumir el cuidado de quienes sólo nos llevan la delantera. En este sentido, no basta con proporcionar el soporte económico, sino que debemos valorar y promover un buen envejecer de nuestros mayores, en un marco de respeto y cuidado dentro del núcleo familiar.

Somos hijos, nietos, bisnietos, sobrinos o cercanos a personas mayores y cabe preguntarse si podemos contribuir a que este proceso les sea más llevadero. En un futuro integraremos este grupo etario, y, por ende, toda acción que hagamos hoy con nuestros viejos, es preparación de la vejez que queremos vivir.

En ese sentido, cabe dignificar a nuestros mayores en lo cotidiano, valorando su experiencia al reconocer su historia, integrarlos a nuestras vidas en la medida de lo posible y no cerrarles las puertas a nuevos aprendizajes.

Acompañar o visitar a nuestros padres o abuelos es una tremenda mitzvá, algo que sin duda los hace sentirse valorados y queridos. Quizás no es fácil, precisamente por el estilo de vida que llevamos, pero bien vale la pena pensar en quienes muchas veces se sienten solos y sufren de carencias afectivas, lo que los hace vulnerables a trastornos depresivos que impactan en su estado general de salud.

Visitarlos, llamarlos, son maneras de estar presentes en sus vidas, en una etapa compleja, llena de incertidumbre. Nuestra atención tiene un efecto inmediato, no solamente en el estado anímico, sino también en la salud y calidad de vida de esa persona, ese padre, ese abuelo.

La mitzvá a la que invito no depende de lo que nuestros padres hicieron por nosotros: probablemente hayan hecho lo mejor que pudieron, sin embargo, nos dieron lo más valioso que tenemos: la vida.

Termino con un versículo de la Torá: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Hashem tu D’s te da”. (Shemot 20:12)

Por David Rozowski.
Presidente CISROCO.