Por Gachi Waingortin:

¿Cuál es la relación entre verdad, justicia y paz?

Pirkei Avot siempre nos sorprende. En la Mishná 1:18 Rabán Shimón ben Gamliel dice: “El mundo se sostiene sobre tres cosas: la verdad, la justicia y la paz”. Este texto nos trae a la memoria la mishná 1:2 enunciada por Shimón el Justo: “El mundo se sostiene sobre tres cosas: sobre la Torá, el culto y las acciones de bien entre las personas”. Aunque parece una repetición de la pregunta acerca de la estructura del mundo con dos respuestas diferentes, esto no es exactamente así. Aquella primera vez, en hebreo decía: “Al shloshá devarim haolam omed”.

En este caso, lo que nos dice es: “Al shloshá devarim haolam kaiam”. Una explicación dice que la clave para entender la diferencia entre ambas frases está en los verbos: “Haolam omed”, el mundo se sostiene, se refiere a los motivos que tuvo D’s para crear el mundo: la Torá, el culto y los actos de bondad, serían la razón de la existencia del mundo. La motivación divina para la Creación sería, según esta idea, que la humanidad aprenda a tratarse bien, a ser generosa. La Torá, entendida como una fuente de ética superior y la Avodá, el servicio del corazón que implica tomar conciencia de la responsabilidad que D´s nos impone, deberían conducirnos a Guemilut Jasadim, los actos de bondad. Esa es la razón de ser de la Creación. Haolam kaiam, por su parte, se refiere a que el mundo se mantiene gracias a los tres elementos mencionados. Sin verdad, sin justicia y sin paz, el mundo colapsaría. La evidencia histórica demuestra que esto es así: la sociedad humana se ve seriamente amenazada sin esta tríada. El orden parece lógico: solo si hay verdad podrá haber justicia; y solo si hay justicia, podrá haber paz. Sin embargo, escuché a Rudy Haymann hacer un análisis interesantísimo que desafía las palabras de Rabán Shimón ben Gamliel.

Él plantea que, cuando termina la Primera Guerra Mundial, las naciones vencedoras deciden castigar a Alemania. En nombre de la verdad y de la justicia, aplican sanciones que sumen al país derrotado en la crisis que sentará las bases del ascenso de Hitler al poder, la Segunda Guerra Mundial y la Shoá. Verdad y justica no trajeron paz. Cuando termina la guerra, nuevamente les toca a las naciones vencedoras la responsabilidad de hacer la paz. Alemania merecía su castigo, pero el mundo había aprendido la lección y las sanciones no fueron tan duras. Pero en lo referente a la Shoá, la realidad era mucho más compleja. En honor a la verdad, los perpetradores de la Shoá eran millones de personas.

En honor a la justicia, todos ellos deberían haber sido sometidos a juicio y condenados. Pero eso era imposible. Aplicar justicia a un diez por ciento seguía siendo una locura; y al uno por ciento también. Los juicios de Nuremberg fueron un intento casi simbólico de hacer una justicia que, aun siendo injusta, permitiera alcanzar algún tipo de paz. Rudy Haymann plantea que, para los judíos, la verdad y la justicia no siempre son prerrequisito para la paz. En el caso de la Shoá, la paz se asienta sobre la injusticia. Me atrevería a decir que la reflexión de Rudy Haymann no desautoriza las palabras de Rabán Shimon ben Gamliel, sino que deja en evidencia una característica bastante peculiar del pueblo judío: nuestra capacidad de establecer la excepción a las reglas. Así, cuando se trata del pueblo judío, no siempre el mundo se apega a la lógica de que la paz exige verdad y justicia. Encontramos otro ejemplo de esto en la aseveración que dice que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Esta regla de oro no siempre aplica cuando el enemigo es judío. Así, partisanos rusos que luchaban contra los nazis no se sentían aliados de los judíos y muchas veces también los mataban. O, sin ir tan lejos, hoy mismo el mundo cristiano occidental se siente amenazado por el islam radical, pero eso no evita que apoye a Hamás o a Hezbollah cuando atacan a Israel. Lo lógico sería que Occidente apoyara masivamente a Israel, pero ocurre todo lo contrario.

No tiene sentido, pero así es. También somos la excepción a la regla de que un pueblo erradicado de su tierra y disperso entre culturas extrañas desaparece. Pero eso ya lo sabemos. Kazuo Ishiguro, premio Nobel de Literatura, propone una tremenda reflexión sobre la verdad y la paz en su novela “El gigante enterrado”. El libro presenta, a través de una bellísima metáfora, la tensión entre la memoria y la paz, planteando inquietantes preguntas acerca de si no será necesario un poco de olvido para poder conseguir la paz. Sea en el plano individual como en el social, Ishiguro deja planteada la interrogante: ¿Podríamos alcanzar la paz si no fuésemos capaces de olvidar ciertas cosas? Lo que la novela no toca es el tema de la memoria como antídoto contra la repetición de los errores: el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Lo que plantea Rabán Shimón ben Gamliel es la situación ideal. La paz debería asentarse sobre la justicia, la que a su vez tendría que basarse en la verdad. Pero los seres humanos somos demasiado complejos y contradictorios. Verdades a medias o mentiras blancas, a veces preservan la armonía más que la verdad cruda y dura.

La justicia a veces necesita de la misericordia y una pequeña dosis de olvido puede ser fundamental. Es un tema complicado que da para reflexionar en profundidad. Quizás debamos llegar a algún tipo de equilibro, donde la paz sea el valor fundamental pero donde intentemos preservar los tres pilares para que nuestro mundo no se destruya.

Por Gachi Waingortin.