Por Gachi Waingortin:

¿Cuál debe ser la actitud de un judío frente a las personas con necesidades especiales?

La idea que un pueblo tiene de sus orígenes dice mucho acerca de lo que piensa de sí mismo. Los mitos originarios de muchas naciones refieren historias de estrellas caídas del cielo, plantas regadas por los dioses, ríos formados por lágrimas o sobrevivientes de guerras entre divinidades. Los judíos nos reconocernos como hijos de Abraham, Itzjak y Jacob y descendientes de los esclavos liberados por Moshé. ¿Qué puede decirnos este dato acerca de nosotros mismos?

Lo más evidente: proclamar que descendemos de esclavos y no de nobles establece un paradigma: nada puede condicionar lo que hagamos de nuestra vida, ni nuestro pasado ni nuestras limitaciones. Todo se puede superar. La diversidad humana hace que no todos tengamos las mismas capacidades. Para que tales diferencias no nos condicionen es necesaria la determinación y el esfuerzo del individuo así como la voluntad inclusiva de la sociedad.

En lo referente a las capacidades intelectuales diferentes, el Talmud (Eruvin 54b) cuenta que Rab Preida fue premiado por D´s por repetir las lecciones de un estudiante hasta 800 veces. Hoy, con nuestros conocimientos de pedagogía, la sugerencia sería que en vez de repetir mil veces lo mismo, el maestro intentara metodologías alternativas. Pero lo que el Talmud nos está diciendo es que al que requiere más tiempo para entender no se lo echa de la casa de estudios, se le tiene toda la paciencia que sea necesaria.

Pero en lo referente a las necesidades físicas especiales, leemos en la Torá algunas cosas inquietantes. Vaikrá (21:17-21) dice que un hombre ciego, cojo o con cualquier otro defecto físico no puede ser sacerdote. ¿Discriminación? El sacerdocio en el judaísmo no es una vocación. Ningún niño le dice a su padre: “Cuando sea grande quiero ser Cohen”. El sacerdocio es hereditario. Eximir a alguien de realizar una función de gran exposición pública donde debería hacer cosas que están más allá de sus capacidades solo porque nació en la familia equivocada, más parece un mecanismo de protección que de discriminación.

¿Quiénes son nuestros patriarcas? ¿Quiénes son nuestros líderes? Itzjak fue ciego, Jacob fue cojo y Moshé, tartamudo. Ninguno de ellos permitió que su diferencia se transformara en discapacidad. Y Moshé superó su problema de dicción hasta el punto de terminar su vida haciendo un discurso que dura un libro entero, el séfer Devarim. Jamás lo habría logrado si antes no hubiera sido aceptado como líder.

¿Y Abraham? Podríamos decir que Abraham tenía serias dificultades para adaptarse al medio. Rompió los ídolos de su padre, criticó y despreció a toda la cultura que lo rodeaba. ¿Y qué hizo con todo eso? La mayor revolución espiritual que ha conocido la humanidad, una revolución que cambió el mundo y cuyas consecuencias siguen marcando el devenir de gran parte de la civilización. Fue capaz de transformar lo que podría haber sido una dificultad en el motor para generar un gran cambio.

La Torá insiste en la santidad de la vida humana. Cada persona posee la chispa divina en su interior, independientemente de sus competencias. Sin embargo, inspirados quizás por la exención del servicio sacerdotal que hemos mencionado y en un intento de proteger la dignidad de aquellos que poseen capacidades diferentes, sean físicas o intelectuales, los rabinos del Talmud los han eximido de la obligatoriedad de las mitzvot. El movimiento Masortí, consciente de que al cambiar los tiempos cambia la manera de entender dicha dignidad, no solo les ha restituido su derecho al cumplimiento sino que estimula que cada comunidad desarrolle los mecanismos necesarios para favorecer la inclusión.

Más allá de la obviedad de tener accesos amigables, distintas comunidades tienen proyectos destinados a que todos se sientan bienvenidos. En Rosh Hashaná algunas sinagogas entregan globos para permitir que sus feligreses hipoacúsicos cumplan la mitzvá de “escuchar” el sonido del Shofar sintiendo la vibración del globo entre sus manos. En muchas comunidades se traduce la prédica del Rabino al lenguaje sordomudo. En la comunidad masortí de Raanana, en Israel, Marianela Kreiman junto a su equipo desarrolló un sidur con dibujos para quienes no son capaces de leer las tefilot, así como un programa de Talmud Torá para que niños con capacidades diferentes puedan hacer su Bar o Bat Mitzvá. Muchas comunidades del mundo ofrecen proyectos similares que abarcan desde un sistema para que niños autistas puedan aprender a leer hebreo, hasta el detalle de no llamar a la Torá diciendo “iaamod”, que significa “que se ponga de pie” a quienes no son capaces de hacerlo.

Es tanto lo que hay por hacer. Entre el lunes 20 y el domingo 26 de noviembre Kulam, organización judía creada para generar conciencia y promover la inclusión de las personas con diferentes tipos de necesidades especiales en nuestra comunidad, realizará la “Primera semana inclusiva comunitaria”. Se trata de educar para crear una cultura inclusiva que ayude a facilitar la accesibilidad y participación de todos los judíos.

El propósito de estos días será dar voz a un mensaje: la importancia de incluir en nuestras instituciones comunitarias a las personas con necesidades diversas y a sus familias. Es necesario que todo el contexto comunitario se movilice reflexionando y aprendiendo. No solo los dirigentes; todos tenemos mucho que hacer al respecto. Reflexionar es el primer paso. El cambio que tal reflexión genere, desde pequeñas actitudes hasta grandes decisiones, es fundamental.

Entre las actividades programadas está la proyección y posterior debate con expertos internacionales del documental “Twice Exceptionals”, parte del Festival de Cine Inclusivo de USA (Reelabilities). Esto será el domingo 26 de noviembre a las 11:00 horas en Sinagoga Sefaradí, EIM. Es imprescindible asistir. No se trata solamente de sensibilizarnos ante esta realidad. Ningún judío debe quedar fuera de su marco natural de pertenencia. Que esto sea así es responsabilidad de todos. Está en nuestras manos.

Por Gachi Waingortin.