Judíos en Praga:

Con un ojo llorando y el otro riendo

Grupo de estudiantes de un Colegio Judío en Praga en 1941.

“… Sólo una vida de júbilo ferviente pudo ayudar
al judío a sobrevivir …”. Martín Buber.
(“Cuentos Jasídicos”, Edit. Paidós, Buenos Aires, 1983)

 

“Hay que bailar cada día, aunque sólo sea con el pensamiento” Nachman de Breslau
(1772 – 1810) (“Palabras de los Sabios Judíos”, seleccionadas
y presentadas por Víctor Malka, Ediciones B.S.A, Barcelona, 1999)

 

Según la tradición judía, el ghetto de Praga es más antiguo que la ciudad misma. Leyendas afirman que los judíos llegaron a Praga después de la destrucción del Templo en Jerusalén. Hay también quienes sostienen que arribaron en los siglos VIII, IX o X (Angelo Maria Ripellino “Magic Prague”, Picador, Macmillan Publishers Ltd., London, 1995).

De triste memoria son pogroms, conversiones forzadas, persecuciones, la ocupación nazi, pero nada de eso obsta al reconocido status de la ciudad en la Diáspora ashkenazí. Éste se debe en gran parte al elevado nivel cultural de la población judía, en especial de su literatura hebrea, cuyos originales relatos derivan de una tradición de mil años, surgida antes de la Diáspora y que siguió viva y creativa durante casi mil años más (Ctibor Rybár, “Jewish Prague”, Tv Spektrum y Akropolis Publishers, Checoslovaquia, 1991).

La era dorada del guetto de Praga coincidió, según Ripellino, con el reinado de Rodolfo II, cuando el Rabino Jehudah Loew ben Bezalel, encarnación de la sabiduría, y el benefactor y financista Mordechai Maisl vivieron allí. Deseando conocer los secretos del Universo, Rodolfo II se interesó en la Cábala y fue amigo del Rabino Loew. Entre otras obras, el filántropo Maisl donó tres sinagogas; un hospital; patrocinó el beth hamidrash, escuela talmúdica fundada por el Rabino Loew; vistió a los pobres, proveyó de dotes a novias indigentes e incluso prestó dinero a Rodolfo para sus campañas contra los turcos.

La ciudad, cuna de Kafka y, según Breton, capital mágica de Europa (“Introduction à l’oeuvre de Toyen”, Paris, 1953), ha sido objeto de invasiones y de gran efervescencia religiosa. En la Defenestración de Praga de 1618, por ejemplo, y en defensa de la libertad religiosa que estaba en vías de extinguirse, líderes protestantes arrojaron por la ventana a dos gobernadores católicos y a su secretario (Angelo Maria Ripellino, ob. cit.). El historiador, musicólogo, educador y sociólogo checo Vladimir Karbusicky se propuso (“Jewish Anecdotes from Prague”, V Ráji publishers, Prague, 1998), transmitir la sabiduría judía de la Praga mágica mediante anécdotas.

Alude, en un ágil contrapunto, al diálogo del hombre con D’s, a la relación judía con la música, al matrimonio, a los negocios, a judíos y cristianos, a la riqueza y la pobreza. Veamos algunas de esas anécdotas.

El Sr. Moser reza tan fervientemente que aparece el arcángel Gabriel. Aquél, sin inmutarse, le pregunta qué son cien mil años para Yaveh. “Un minuto” es la respuesta. “¿Y qué son para Él cien mil coronas?” (moneda oficial del Imperio Austrohúngaro desde 1892 hasta su disolución en 1918) inquiere el Sr. Moser. “Un heller” (subunidad de la corona, equivalente a la centésima parte de ésta) es la contestación. Pide entonces el Sr. Moser al arcángel que interceda por él para que Yaveh le dé un Heller. El arcángel desaparece. Más tarde regresa y responde al Sr. Moser: “Él dice que esperes un minuto”.

Su destino de refugiado conduce al Sr. Roubitschek a Finlandia, donde sus dotes, en especial para los idiomas, le permiten ser asesor del gobierno en ceremonial. Una misión soviética de paz viaja a Helsinki y el mariscal a cargo insiste en colocar una ofrenda floral ante la tumba del Soldado Desconocido. No la hay en la ciudad, pero Roubitschek tiene una idea: llevar a la delegación ante el monumento a Sibelius, pensando que los visitantes no podrán leer su inscripción en latín. Durante el posterior banquete el mariscal, suspicaz, dice a Roubitschek: “En el monumento leí la palabra Sibelius. ¿No era él una especie de músico? ¿Qué tiene eso que ver con la tumba del Soldado Desconocido?” Sin perder la compostura, Roubitschek le responde: “Da, da (“sí” en ruso). Fue un músico, pero, como soldado, ¡completamente desconocido!”.

El Sr. Porsches va en viaje de negocios a París. Transcurridas dos semanas recibe un ansioso telegrama de su esposa. “Samuel: ¡No olvides que eres casado!”. Al día siguiente, la Sra. Porsches ve la contestación: “Telegrama recibido. Lamentablemente, muy tarde”.

Recordando frecuentes malos ratos en cuestiones de negocios, Karbusicky afirma que una carta puede ser así: “Muy respetado señor: ¿Quién prometió pagarme todo lo que me debe el día 1º de este mes? ¡Ud.! ¿Quién rompió su promesa? ¡Ud.! ¿Quién es un sinvergüenza? Su seguro servidor “Moritz Lobl”.

Un judío muy pobre se lamenta ante el rabino por el hacinamiento en que vive con su mujer y seis hijos en una pequeña habitación en la que apenas pueden moverse. El rabino le dice que consiga una cabra y regrese en una semana. Al volver una semana después, el afectado se queja amargamente de que él y su familia ya no pueden moverse ni dormir. El rabino le contesta que venda la cabra y regrese en una semana. Transcurrido ese lapso, su interlocutor vuelve feliz y le dice: “Gracias, sabio rabino, por su consejo. Vendí la cabra y ahora todos tenemos espacio suficiente”.

Vladimir Karbusicky (ob. cit.) concluye que, como el escritor judío Franz Werfel, ha creado su obra “con un ojo llorando y el otro riendo”.

Por María Isabel Volochinsky Weinstein