Miércoles 31 de enero, en la Cancillería:

Comunidad judía rendirá homenaje a los Justos entre las Naciones

El tradicional acto de recordación de las víctimas del Holocausto, que forma parte del calendario de la ONU, tendrá este año su foco en los diplomáticos que salvaron vidas judías durante la Segunda Guerra Mundial.

E n la tradición judía, hay una palabra que honra a personas especiales y que está reservada sólo para algunos: tzadik. Un tzadik es aquel que mezcla justicia con bondad, una especie de hombre-santo, que quiere ayudar, sin importar el reconocimiento.

En esta línea, Yad Vashem, la organización dedicada a la recordación del Holocausto, creó hace muchos años el concepto de Justos entre las Naciones, para honrar a miles de personas que salvaron vidas judías durante la Shoá.

Este será el tema central del Acto del Día Internacional de Recordación de las Víctimas del Holocausto, que se desarrollará en la Cancillería el 31 de enero, a las 11.30 horas, bajo la organización de la Comunidad Judía de Chile y B’nai B’rith.

En la oportunidad, habrá un homenaje especial a la figura de Samuel del Campo, el ya fallecido diplomático chileno reconocido como Justo entre las Naciones hace un par de meses, y también se expondrá una muestra sobre los diplomáticos de distintos países que figuran como Justos entre las Naciones, un listado que incluye diplomáticos de Brasil, China, Checoslovaquia, Ecuador, El Salvador, Francia, Alemania, Japón, Italia, Holanda, Perú, Portugal, Rumania, Eslovaquia España, Suecia, Suiza, Turquía, Reino Unido, El Vaticano y Chile.

Los justos

La mayoría de los justos comenzaron como observadores pasivos. En muchos casos el cambio ocurría cuando eran confrontados con la deportación o la matanza de judíos. Algunos habían permanecido indiferentes en las etapas tempranas de la persecución, cuando los derechos de los judíos eran restringidos y sus propiedades confiscadas, pero llegó un punto en el que decidieron actuar, una barrera que no estaban dispuestos a cruzar. A diferencia de otros, ya no pudieron consentir con las crecientes medidas que afectaban a los judíos.

En muchos casos eran los judíos los que se dirigían a los gentiles en busca de ayuda. No sólo los salvadores manifestaron ingenio y coraje, sino también los judíos luchaban por su supervivencia. Wolfgang Benz, quien realizara una exhaustiva investigación sobre el rescate de judíos durante el Holocausto, sostiene que cuando escuchamos las historias de salvación, las personas rescatadas pueden ser vistas como meros objetos de cuidado y caridad. Sin embargo, “el intento de sobrevivir en la clandestinidad era, antes que nada, un acto de autoafirmación y un acto de resistencia judía contra el régimen nazi. Sólo unos pocos tuvieron éxito en dicha resistencia”.

En el encuentro con judíos llamando a sus puertas, los observadores pasivos debían tomar una decisión inmediata. Ésta era a menudo un gesto humano instintivo, un impulso irreflexivo, seguido sólo después por una elección moral. Frecuentemente se trataba de un proceso gradual, en el que los salvadores se involucraban de modo creciente en la ayuda a los judíos perseguidos. El consentimiento a ocultar a alguien durante una redada –proveyendo refugio por un día o dos hasta encontrar otro lugar- podía convertirse en un rescate de meses e incluso años.

El precio que los salvadores debían pagar por su acción difería de un país a otro. En Europa Oriental, los alemanes ejecutaban no sólo a las personas que ocultaban judíos, sino también a toda su familia. Los nazis colocaban por doquier avisos de advertencia contra la ayuda a judíos. En general, el castigo era menos severo en Europa Occidental, aunque también allí las consecuencias podían resultar terribles, y algunos de los Justos de las Naciones fueron encarcelados y asesinados en campos de concentración.

Formas de ayuda

Ocultamiento: En las áreas rurales de Europa Oriental eran cavados guaridas o “búnkeres“, como se los llamaba, debajo de casas, vaquerías o establos, en los cuales los judíos podían ocultarse. Además de la amenaza de muerte que pendía sobre las cabezas de los judíos, las condiciones físicas en lugares tan oscuros, fríos, faltos de aire y hacinados durante largos períodos de tiempo eran difíciles de soportar. Los salvadores, también ellos aterrorizados, tomaban a su cargo las tareas de proveerles alimentos –una hazaña nada fácil para familias pobres en tiempos de guerra- retirar los excrementos y atender todas sus necesidades.

Falsificación de documentos: Con el fin de asumir la identidad de no judíos, los prófugos necesitaban documentos falsos y asistencia para establecer una existencia bajo una nueva identidad. Los salvadores en este caso eran falsificadores, o funcionarios que emitían documentos falsificados, clérigos que fraguaban certificados de bautismo y algunos diplomáticos extranjeros que emitían visados o pasaportes, contrariando las instrucciones y la política de sus países. A fines de 1944 diplomáticos en Budapest emitieron salvoconductos e izaron sus banderas sobre edificios enteros, para poner a los judíos bajo la protección de la inmunidad diplomática de sus países.

Traslado clandestino: Algunos salvadores ayudaron a los judíos a salir de una zona de especial peligro hacia un lugar menos riesgoso. Sacaban a los judíos de guetos y prisiones, los ayudaban a cruzar fronteras hacia países no ocupados o a lugares donde la persecución era menos intensa, por ejemplo, a la Suiza neutral, a zonas controladas por los italianos desde las cuales no se producían deportaciones, o a Hungría antes de la ocupación alemana en marzo de 1944.

Rescate de niños: A veces, los niños abandonados luego de que sus padres fueran asesinados, eran amparados por familias o conventos. En muchos casos eran individuos particulares los que decidían amparar a un niño; en otros, y en algunos países, en especial en Polonia, Bélgica, Holanda y Francia, existían organizaciones clandestinas dedicadas a hallar hogares para los niños, proveían fondos, alimentos y atención médica, y se aseguraban de que fueran bien atendidos.

Diplomáticos emblemáticos

Luego de la ocupación de Hungría el 19 de marzo de 1944, la legación sueca lanzó una operación de rescate para salvar a los judíos de ser deportados a los campos de exterminio. El recientemente creado Directorio para Refugiados de Guerra norteamericano decidió trabajar con el gobierno sueco con el fin de ayudar a los judíos de Hungría. Muy pronto, la legación sueca en Budapest informaba que se encontraba bajo enorme presión de judíos que solicitaban protección en la forma de pasaportes o visados, y solicitaba el envío de un funcionario especial cuya principal tarea sería ocuparse de los pasaportes. Se decidió nombrar a Raoul Wallenberg como secretario de la Embajada Sueca en Budapest, con plenos privilegios diplomáticos. Antes de su partida, Wallenberg solicitó que se le otorgara mano libre y la autorización para reunirse con líderes húngaros.

Wallenberg llegó a la capital húngara el 9 de julio de 1944, con una lista de judíos a quienes ayudaría, y 650 pasaportes de protección (SchutzPass) para judíos que tuvieran alguna conexión con Suecia. No obstante, muy pronto amplió el alcance de su trabajo, y comenzó a emitir miles de salvoconductos y a adquirir viviendas a las que puso bajo bandera sueca, convirtiéndolas así en extraterritoriales, en las cuales albergó a judíos para mayor protección. El salvoconducto autorizaba a su portador a viajar a Suecia o a cualquier otro país que Suecia representara. Cerca de 4.500 judíos obtuvieron estos documentos, que los protegían de trabajos forzados y los eximían de usar la estrella amarilla.

Aristides de Souza Mendes era cónsul general de Portugal en Burdeos, Francia. Al capitular Francia en junio de 1940 decenas de miles de refugiados, entre ellos miles de judíos, se dirigieron hacia el sur de Francia con la intención de cruzar la frontera con España, continuar a Portugal y partir desde allí a América.

Hasta el 10 de mayo de 1940 era posible obtener visados de entrada o permisos de tránsito a través de Portugal en el consulado de ese país en Burdeos. Para esa fecha, cuando Alemania invadió Holanda y Bélgica, el gobierno de Portugal prohibió el tránsito por el país de refugiados, en particular judíos. Esa medida significó el cierre de la última vía de esperanza para ellos. Ciudadanos británicos portadores de una recomendación del cónsul británico podían obtener visados. Pero alrededor de otros 30.000 refugiados, entre ellos 10.000 judíos se congregaron frente al consulado portugués presionando para obtener el trozo de papel que les podía hacer salir de Francia.
Sousa Mendes, un católico devoto y de buen corazón, al ver la apremiante situación en que se encontraban los refugiados, decidió desobedecer las instrucciones explícitas de su gobierno. Recibió la visita de una delegación de los refugiados, encabezada por el rabino Jaim Kruger, a quienes prometió emitir visados de tránsito a todo aquel que lo necesitara, agregando que quien no pudiese pagar por los visados los recibiría gratis.

En noviembre de 1939 Chiune-Sempo Sugihara, un diplómatico japonés de carrera fue enviado por el gobierno de su país para servir como cónsul en Kovno (Kaunas), por entonces la capital de Lituania.
Cuando Lituania fue anexada por la Unión Soviética en el verano de 1940 los diplomáticos extranjeros fueron notificados que debían abandonar el país hasta fines de agosto. Mientras estaba haciendo sus maletas, Sugihara fue informado de que una delegación judía estaba esperando a la entrada del consulado y solicitaba encontrarse con él. Estaba encabezada por Zeraj Warhaftig, un refugiado judío que años más tarde se convertiría en ministro del Estado de Israel. Sugihara accedió entrevistarse con la delegación para una breve conversación. Ésta había llegado con un pedido desesperado. Los refugiados judíos en Lituania estaban pasando momentos muy difíciles, viendo como las puertas de los países del mundo se cerraban ante ellos.
El cónsul japonés les pidió esperar hasta tanto obtenga una autorización de sus superiores para emitir los visados. No existía ninguna indicación que el Ministerio de Relaciones Exteriores japonés iba a acceder a ese pedido fuera de lo común. Sin embargo, Sugihara estaba muy preocupado por la difícil situación de los refugiados y comenzó a emitir visados sin haber todavía obtenido la autorización de su ministerio. Nueve días más tarde llegó la respuesta de Tokio que negaba la autorización. Sugihara decidió de todos modos seguir concediendo los permisos.

Eduardo Propper de Callejón era un diplomático de alto rango en la embajada española en París. La invasión alemana en 1940 provocó una huida masiva ante la inminente llegada de las tropas enemigas. Decenas de miles de refugiados se amontonaban en los caminos en dirección al sur de Francia. Muchos de ellos -judíos y no judíos– trataban desesperadamente de cruzar la frontera con España con la esperanza de llegar a un lugar de refugio. El gobierno francés había abandonado París y con él las representaciones diplomáticas, incluso la española. Propper, su esposa y sus dos hijos salieron de París y se trasladaron a Burdeos. Al llegar a la legación española descubrieron que el cónsul había dejado desierta su oficina y clausurado el recinto. Los diplomáticos españoles tuvieron que ocuparse de miles de refugiados que habían llegado a Burdeos y se apretujaban a las puertas de la representación con la esperanza de recibir el visado que los salvara de los nazis.
Propper decidió tender una mano. Abrió la embajada y comenzó a emitir visados. Durante cuatro días, entre el 18 y el 22 de junio de 1940 los estampó sin darse respiro. Al hacerlo, contravino las directivas que había recibido de no hacerlo sin autorización previa del Ministerio de Asuntos Exteriores español. Continuó su cometido también cuando la embajada se trasladó a su nueva residencia en Vichy. No se sabe cuántos visados selló dado que los registros de la embajada se extraviaron.

Luiz Martins de Souza Dantas había sido embajador de Brasil en Francia desde 1922. En junio de 1940, primero en París y luego en Vichy, fue testigo de la fuga masiva hacia el sur de franceses y refugiados a medida que el país era invadido por tropas alemanas. Desde 1937 Brasil había prohibido la inmigración judía. Souza Dantas buscó formas de evadir la prohibición. El 8 de octubre de 1940 pidió autorización al ministro de relaciones exteriores, Osvaldo Aranha, para “emitir visados, en casos excepcionales, a portadores de “pasaportes Nansen” (o sea, carentes de nacionalidad) u otros documentos de identificación, bajo mi responsabilidad”. El embajador interpretó el permiso concedido por el ministro de una manera sumamente generosa, otorgando centenares de visados a refugiados judíos y no judíos en la zona libre de Francia, permitiéndoles de ese modo abandonar el país. Aún así los beneficiarios de esas visas eran considerados “indeseables” por el gobierno de Brasil. Souza Dantas era perfectamente consciente que estaba contraviniendo las instrucciones de las ordenanzas enviadas por el ministro a cada una de las misiones diplomáticas brasileñas, que estipulaban la prohibición de emitir visados a “semitas” o “indeseables”, que era la forma de definir judíos en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Gracias a las infracciones cometidas por el embajador, centenares de judíos pudieron abandonar Francia y Europa. Algunos de ellos no consiguieron sin embargo llegar a Brasil antes de la fecha de vencimiento de sus visados y fueron en consecuencia devueltos a sus lugares de origen.

Por LPI.