Por Gachi Waingortin:

¿Cómo se hace justicia cuando no hay responsables?

Toda acción delictual debe ser sancionada. A veces hay un culpable que puede y debe ser juzgado. Pero ¿es posible que un delito quede impune? ¿Puede ser que “la masa” haga algo que luego no pueda ser castigado? ¿Qué pasa con la responsabilidad social? Cuando “nadie” tiene la culpa, ¿será que “todos” la tenemos? La Torá presenta un caso hipotético en este sentido, llamado “Eglá Arufá”, la becerra desnucada.

Lo encontramos en Devarim 21 y plantea la eventualidad de que se hallare un muerto en el campo, sin que se sepa quién lo mató. En ese caso, la Torá establece el siguiente protocolo: los ancianos y los jueces de la ciudad más cercana al muerto debían tomar una becerra, llevarla hasta un arroyo y desnucarla. Después los sacerdotes y los ancianos de aquella ciudad debían lavar sus manos sobre la becerra desnucada y declarar: “Nuestras manos no han derramado esta sangre, ni nuestros ojos lo han visto. Oh Eterno, perdona a tu pueblo Israel al cual has redimido. No traigas culpa de sangre inocente en medio de tu pueblo Israel”.

Lo primero que llama la atención es que, cuando la Torá describe el caso habla de la aparición de un muerto “en la tierra que el Eterno tu Dios te da para que la tomes en posesión”. Esta aclaración viene a recordarnos dos cosas: desde lo particular, que el pueblo de Israel tiene un compromiso ético especial con la tierra de Israel y tenemos una responsabilidad muy fuerte con la conducta que practiquemos en esa tierra, que debe estar signada por la Torá de Israel. Desde lo universal, nos recuerda que los seres humanos estamos en la tierra que D´s nos da y tenemos responsabilidad sobre ella. El planeta nos pertenece y somos responsables de cómo vivamos en él.

El caso que nos ocupa es el de una persona asesinada en tierra de nadie. Dentro de una ciudad, los encargados de administrar justicia son los jueces, los ancianos, los levitas. Pero ¿qué ocurre si aparece un muerto en el campo? El campo no pertenece a nadie. Lo más simple sería que los habitantes de la ciudad digan “yo no fui”. No es nuestra jurisdicción, no tenemos nada que ver, no es asunto nuestro. Pero la Torá no puede dejar que eso suceda. La indicación, entonces, es que los ancianos y los jueces midan la distancia hasta las ciudades que están alrededor del muerto. La ciudad más cercana debe hacerse cargo del asunto. ¿Qué tiene que ver la gente de la ciudad, si el asesinato ocurrió fuera de ella? Si la persona venía de lejos, si era un forastero y casualmente lo mataron cerca, ¿acaso es responsable la ciudad? Parece que sí.

Los ancianos de la ciudad debían desnucar una becerra. Lo primero que llama la atención es el tipo de animal: una becerra necesariamente nos recuerda el episodio del Becerro de Oro. Estamos en presencia de un pecado que nadie cometió, pero del que todos debemos hacernos cargo. Y realizamos un rito con una becerra, que nos recuerda un pecado que todos cometieron, por lo que nadie fue específicamente. Un error colectivo evocando otro error colectivo.

Lo que hacen con la becerra es chocante. No deben degollarla, no la sacrifican: la desnucan. No debe ser un espectáculo agradable. Según el Talmud, el pueblo entero debía asistir al ritual. Quizás una de las razones para esto sería que la gente se angustie, comente, y quizás en el intertanto alguien hable de más y se sepa quién lo mató. De todos modos, lo importante viene después. Los ancianos debían lavar sus manos sobre la becerra desnucada.

La expresión “lavarse las manos” viene de este episodio de la Torá, y actualmente se asocia al hecho de desligarse de toda responsabilidad. Cuando Poncio Pilatos se lava las manos, efectivamente lo hace con esa intención. Sin embargo, este no es el caso. Acá los ancianos declaran: “Nuestras manos no han derramado esta sangre, ni nuestros ojos lo han visto”. E inmediatamente piden a D´s que perdone al pueblo para que no cargue con la culpa de sangre inocente.

Hay una contradicción. Primero se lavan las manos y dicen “nuestras manos no hicieron y nuestros ojos no vieron” e inmediatamente después, piden perdón. Si ellos no fueron, ¿para qué piden perdón? Si piden perdón, no están desligándose de la responsabilidad. ¿Por qué, entonces, se lavan las manos? Quizás la contradicción no existe. Los ancianos declaran: Nuestras manos no hicieron, nuestros ojos no vieron. Por eso, pedimos perdón. Pedimos perdón como comunidad por aquello que no hicimos o no vimos y que pudo haber ocasionado esta muerte. Quizás el hombre venía escapando de su agresor, pidió asilo en la ciudad y no se lo dimos. Quizás lo vimos en problemas y no hicimos nada al respecto. Pedimos perdón por nuestras omisiones. Por lo que nuestros ojos no vieron, por lo que nuestras manos no hicieron. No es un descargo, es la asunción de la responsabilidad social.

La responsabilidad social debe ser ejercida por los líderes y asumida por todo el pueblo. Es por eso que todos participan del ritual, se sientan involucrados o no. Una sociedad que se hace cargo de sus errores, sean por acción o por omisión, estará más preparada para sensibilizarse ante el dolor ajeno, para buscar la justicia y evitar la repetición de hechos que van haciendo mella en el tejido social. En la Torá hallamos una preocupación constante en la perfección del individuo y de la sociedad, porque cada uno moldea al otro de manera permanente. La influencia es mutua y cada uno debe cautelar la salud espiritual del otro.

Por Gachi Waingortin.